El mal por elección
De nuevo nace la
polémica sobre si acusar a algunas mujeres de hacer el mal es machismo puro, tal
y como nos dicen los las jerarcas de la cosa pública. Así, en tiempos en que la
corrupción política y económica está empedrada de nombres femeninos, cuando en
las cargas policiales más duras se emplean un número creciente de mujeres, y cuando
en las empresas las jefas atropellan tanto o incluso más que los jefes la
dignidad de las personas (hombres o mujeres) bajo su mando, no se puede decir
que hay mujeres que ponen denuncias falsas en muchos casos por odio y en otros
por seguidismo con las campañas institucionales e incompetencia para tomar
decisiones propias; no, no se puede decir sin ser acusado de machista.
Es
tanto el ruido que hacen los medios y los organismos estatales que apenas se
puede oír la realidad, por eso cobra más importancia que en los últimos tiempos
cada vez más mujeres hayamos tomado la iniciativa de desmontar con hechos y con
argumentos esa deplorable construcción ideológica que usa la adulación para
someternos. Es el caso del reciente libro de Mónica G. Álvarez, “Guardianas
nazis. El lado femenino del mal”. En este texto de investigación periodística se
hace un recorrido por la biografía de 19 mujeres como representantes del mucho
más nutrido grupo de las guardianas de los campos de concentración del Tercer Reich;
mujeres como Ilse Koch, “La zorra de
Buchenwald”, Irma Grese “El Ángel de
Auschwitz”, María Mandel “La Bestia
de Auschwitz”, Herta Bothe “La Sádica
de Stutthof”, Dorothea Binz “La Binz”,
Hermine Braunsteiner “La yegua de
Majdanek” y Juana Bormann “La Mujer
de los perros” a las que apoda “las
siete Arcángeles del terror”, y las otras doce a las que nombra en el epílogo como
“Las Doce Apóstoles del Reich”, son
retratadas por la autora a través de sus actos de barbarie y de maldad hacia
mujeres y hombres por igual.
Estas
son las personalidades elegidas por la periodista, un puñado de mujeres que
representan a las muchas miles que participaron de la brutalidad del régimen
nacional-socialista. Solo en el campo de Ravensbrük se llegaron a formar y
preparar cerca de 3.600 mujeres para las tareas de control del resto de campos
diseminados por la geografía europea bajo control del Estado nazi. No todas
eran alemanas, también colaboraron muchas de otras nacionalidades como
Hildegard Neumann y Ruth Elfriede, checas o Gerda Steinhofff, Irene Haschke y
Therese Brandl, polacas, lo que demuestra que las mujeres, como los hombres,
nos conducimos en el mundo por voluntad y por ideas y no por innatos
condicionantes sexuales o étnicos.


Algunas
eran madres, lo que no significó un obstáculo para llevar a la muerte, muchas
veces por sus propias manos, a una enorme masa de niños y niñas. Esto demuestra
que el hecho reproductivo, por sí mismo, no nos hace mejores, y sólo es un
elemento de humanización cuando se inscribe entre los actos del amor y del
compromiso con la vida; como trance biológico es un acto del cuerpo como
cualquier otro, por lo tanto las ideas simplistas y los estereotipos sobre la
maternidad tienen que ser puestos en duda dado que no se corresponden con la
realidad.
Las
mujeres que describe Mónica fueron tan crueles y bestiales como los guardianes
hombres e incluso más que ellos en algunos casos, así lo declara una mujer
húngara en el juicio contra María Mandel. Las atrocidades que perpetraron, las
torturas inhumanas que infligieron representan las más crueles perversiones.
Lanzar perros contra mujeres, hombres o niños hasta causarles la muerte o
matarlos a patadas, latigazos o palos.
Asesinar a recién nacidos, exterminar por hambre, frío o agotamiento a miles.
¿Eran también ellas víctimas de la cultura machista? ¿Eran irresponsables de
sus actos? ¿Estaban los prisioneros varones en una posición de superioridad
histórica y cultural sobre estas féminas? La autora concluye que “con ellas se demuestra que la maldad y el
sadismo es cosa del género humano, sin distinción de sexos, algo que han puesto
en duda las feministas más radicales”. Sin embargo, esta verdad elemental
es hoy negada por un nuevo fanatismo esencialista que ha sustituido el principio
biológico racial nazi por el sexual, construyendo así un pensamiento religioso
que toma lo femenino como bien universal y como argumento para el desarrollo de
campañas de represión, manipulación y manejo de las masas.
Hoy,
la ortodoxia sexista plantea que dudar de la palabra de la mujer es una
aberración y se lanza el calificativo de terrorista y defensor de la violencia
machista a quien se atreva a decir que existen denuncias falsas favorecidas por
la Ley de Violencia de Género, puesto que esta ley considera que la palabra de
la mujer es suficiente prueba y tiene valor para limitar el principio de
presunción de inocencia.
Pues
bien, si algunas mujeres han podido torturar, atormentar y sacrificar en los
campos de concentración nazis a cientos de miles de hombres, niños y niñas y a
otras mujeres ¿por qué motivo no podrían también poner denuncias falsas?, ¿por
qué no buscarían sus intereses aprovechando las ventajas de la ley?, ¿por qué
no iban a permitirse los privilegios del odio?
Cuando
las campañas mediáticas de “sensibilización”, es decir, de propaganda y manipulación
mental están dirigiendo a las mujeres hacia un estado de miedo-odio hacia los
varones y una nueva ideología basada en las luchas por poder, y a la vez se
ponen en sus manos instrumentos que permiten prevalecer sobre sus pares del
otro sexo con la ayuda del Estado, ¿por qué habrían de usarse tales privilegios
sólo de forma legítima?
Muchas
vivimos el hartazgo del mito sobre la superioridad moral femenina que nos
presenta como buenas por naturaleza aunque no por virtud, pues presupone
nuestra incapacidad para hacer el bien por elección o por mérito, o el mal por
libre albedrío. Nos sentimos aliviadas al comprobar que el mal está a nuestro
alcance de la misma manera que lo está la grandeza y la excelencia, podemos
pues, forjarnos por propia iniciativa a favor de la vida y de la libertad o de
la barbarie y la muerte, lo que nos pone en la tensión de elegir y construir
con conciencia y voluntad nuestra biografía y nuestras obras.
La
realidad es que nuestras ideas y elecciones nos constituyen, por lo que la conversión
a un ideario depravado o a unos intereses corrompidos está presente numerosas
veces a lo largo de la vida y ello trueca a sujetos corrientes en monstruos, tal
y como demuestra Mónica G. Álvarez al estudiar a ese grupo de carceleras. La
mayor parte de ellas eran mujeres normales que hacían una vida normal y que
fueron voluntarias, es decir, eligieron sumarse a la causa del Reich e
involucrarse en los proyectos represivos y genocidas del régimen, ya fuera por
convicción, por ansia de poder, por dinero o por dar rienda suelta a sus instintos de
odio y violencia; en cualquier caso lo hicieron por motivaciones propias y no únicamente
prestadas o inducidas desde fuera, tampoco por desequilibrios psíquicos ni
mentales. No eran solo víctimas del sistema, sino co-autoras de las
monstruosidades que de él se derivaron.
Lo
cierto es que la mayor parte de las 250.000 mujeres que trabajaron como voluntarias
para el régimen nazi, en general, tenían trabajo, eran enfermeras, matronas,
cobradoras de tranvía, peluqueras, profesoras o funcionarias de correos entre
otros oficios; no eran pues mujeres dependientes económicamente, sino
“liberadas” según el patrón de un feminismo que ha hecho del dinero y del salariado
el culmen de la libertad. No estaban obligadas por ningún hombre a hacer lo que
hicieron ni eran consideradas como segundonas o simples ayudantes a las órdenes
de los varones; el propio Himmler señalaba que los guardias debían ver y tratar
a las guardianas como sus iguales y camaradas[1]. Todas las
interpretaciones causalistas que quieran explicar por impulsos exógenos las
acciones de estas féminas caerán en contradicciones flagrantes al estudiar los
hechos de sus biografías.
Las
responsables de la brutalidad y la crueldad que desarrollaron contra los
prisioneros y prisioneras son ellas mismas y no otros, ellas mutilaron,
martirizaron y asesinaron a miles, en muchos casos por placer sádico.
De
Dorothea Binz que dirigió una escuela de guardianas en Ravensbruck se dice que
entrenó a sus alumnas en los puntos más finos del “placer malévolo”, que ella había aprendido a su vez de María
Mandel, la colaboradora de Mengele en Auschwitz. En efecto, el sadismo fue un
componente esencial de la ideología de las SS y de los fascismos, tal y como
denuncia con una fuerza y un realismo aterrador Pasolini en “Saló o los 120 días de Sodoma”, y ese
componente formó parte de la acción de los varones tanto como de las mujeres.
Cuando
se ha convertido en lugar común codificar el pene como un arma y la sexualidad
masculina primigenia como violación, cuando se ha construido el término
hetero-patriarcado para definir un estado de sometimiento y abuso que han hecho
los hombres históricamente sobre las mujeres, los sucesos que ocurrieron realmente en los campos de
concentración nazis no encajan en esa versión maniquea y perversa del sexismo
feminista. Allí varios miles de féminas se convirtieron en torturadoras y, en
muchos casos, también en violadoras de otras mujeres y hombres. Violadoras, sí.
La
feminista Joanna Burke en “Los violadores. Historia del estupro de 1860
a nuestros días”, fue la primera que se atrevió en nuestros días a usar ese
término para catalogar las acciones de un núcleo de mujeres, cierto que mayoritariamente
militares, que abusan de hombres o mujeres usando el sexo como instrumento de
sometimiento y dominación sobre sus rehenes. Después lo ha hecho el Tribunal
Internacional de la Haya condenando a Pauline
Nyiramasuhuko, la ministra ruandesa de mujer y familia en 1994, por genocidio y
también por instigar la violación de más de 500.000 mujeres tutsis; y, recientemente,
a Yvonne Basedya, la jefa de una unidad de la milicia hutu, por haber
participado directamente en las violaciones y muerte de un número indeterminado
de mujeres y hombres. Hay pues, mujeres violadoras.
De
esa categoría forman parte las desalmadas que retrata Mónica. De Ilse Koch, “La zorra de Buchenwald” se dice que “organizaba orgías lésbicas con las esposas
de los oficiales” y con los subordinados de su marido, organizando juegos
perversos de seducción sexual con los prisioneros a los que incitaba para luego
imponer castigos corporales brutales de su propia mano u ordenándolos a los
guardias. Ella, que no era guardiana, sino esposa de un comandante, si
participaba de la violencia contra los prisioneros era por gusto. Aunque no
pudo demostrarse, se la acusó de seleccionar para ser ejecutados a hombres cuya
piel tatuada se usó para fabricar objetos de diverso tipo como lámparas; aún
sin ser esto probado, fue condenada a cadena perpetua por sus numerosos actos
de brutalidad.
Más
depravada incluso que la Koch fue Irma Grese, su belleza angelical -parecía una
Madonna- ocultaba un monstruo capaz de las mayores atrocidades. Tenía tan solo 22
años cuando fue ejecutada en 1945. Grese formó parte del equipo del doctor
Mengele con el que colaboraba en la selección de las víctimas para experimentos
médicos o para morir gaseadas. Su persona causaba terror en los prisioneros y
prisioneras de Auschwitz pues siempre se movía acompañada de sus feroces perros
adiestrados para matar, a los que lanzaba sistemáticamente contra hombres,
mujeres o niños, que eran devorados en presencia del resto de prisioneros.
Aunque tuvo amantes
varones Irma prefería a las mujeres para saciar una sexualidad perversa volcada
en el poder y la violencia sobre el otro. Entre las prisioneras buscaba mujeres
bellas y exuberantes a las que destrozaba los pechos con su látigo, luego
dejaba que las heridas se infectasen para poder llevarlas a amputar las mamas,
operación que ella presenciaba y que se realizaba sin anestesia. Griselda
Pearl, médico de los prisioneros lo cuenta y dice, “entonces ella se excitaba sexualmente con el sufrimiento de la mujer”.
Otras internas declararon que Irma Grese tenía aventuras bisexuales y buscaba
relaciones lésbicas con algunas internas a las que luego mandaba al crematorio.
La conclusión obvia
es que la violencia sexual no es patrimonio de los hombres, que no hay una
innata tendencia genética a la agresión y que no es necesario ser heterosexual
para pertenecer a ese minoritario pero selecto rango de los y las violadores, y
que son determinadas ideologías las que animan estas depravaciones, ideologías
del odio que, es cierto, han sido patrimonio principalmente de los ejércitos y
de las guerras y, por eso, en el pasado, mayoritariamente de los hombres, no
por el hecho de ser hombres, sino por ser soldados. Sin embargo, siempre ha
habido un núcleo de mujeres que se han implicado en esos lodazales, un número
que será creciente en nuestros días por la mayor incorporación femenina a esas
funciones tradicionalmente masculinas. Esto que parece obvio, no lo es para el
grupo de los fanáticos de las nuevas religiones políticas que definen las
categorías del bien y el mal asociadas a los rasgos sexuales o raciales o a la
orientación erótica de las personas según el caso, culpando al hombre blanco
heterosexual y exculpando, de paso a las estructuras del poder del Estado.
Con argumentos pueriles
y mucha vehemencia han definido que el mal se encuentra contenido en el grupo
de los hombres blancos y heterosexuales,
y que las mujeres, los no heterosexuales y los grupos raciales no blancos son
siempre víctimas y portadores del bien social e histórico[2]. Su racismo, sexismo y
esencialismo extremista ha generado una nueva fe religiosa, ciega y alucinada,
que valora a las personas no por sus actos, por su obrar en el mundo, sino por
raza, su sexo o su orientación erótica.
Al igual que las
carceleras de Reich, convencidas de su superioridad por pertenecer a la raza
aria, estos nuevos segregacionistas terminarán por constituirse en un nuevo
linaje de superhombres (un concepto ultramachista nietzscheano que adoran muchos feministas), una
nueva aristocracia que gobierne implacable sobre las castas inferiores de
hombres y mujeres-macho (todas las díscolas con la nueva fe) blancos y
eróticamente inclinados al sexo contrario, por fin la realización de la profecía de Valerie Solanas en el manifiesto SCUM podrá cumplirse.
Los principales focos
de la violación son las guerras, las estructuras del poder jerárquico e
ilegítimo (lo son hoy principalmente la empresa capitalista y todas las
instituciones estatales), los grupos de delincuentes y marginales (tanto más
abundantes cuanto más destruida esté la sociedad popular y horizontal) y el
ascenso en la sociedad de ideologías del odio, del apetito de poder y del
victimismo agresivo. El hecho de ser varón o mujer, heterosexual, homosexual,
lesbiana, bisexual, transexual, blanco o de otra raza son únicamente
particularidades, formas de manifestarse esas infamias, y son histórica y espacio-temporalmente cambiantes.
El uso y abuso de los
seres humanos con motivos sexuales o de puro sadismo y voluntad de poder es una
lacra de las sociedades despóticas. Así, imitando a “la Binz” y a la “bestia de
Auschwitz”, después de terminar la guerra, en 1955, escribió Simone de Beauvoir “Faut-il
brûler Sade?”, un panegírico del llamado divino marqués (tal vez por su
condición de ateo que se investía con los atributos de dios) que demuestra la
debilidad de la madre del feminismo moderno por el gran misógino y asesino de
mujeres. Sólo por corrección política y por la necesidad de mantener su
reputación de luchadora contra el nazismo (falsa toda ella) no pudo la francesa
hacer el elogio de las atrocidades de Irma Grese, la cual puso en obra las
fantasías del aristócrata de conquistar la completa “libertad” destruyendo a
otros seres humanos.
En nuestros días el
ascenso de una casta de mujeres poderosas y de otras colaboradoras del poder en
sus ejércitos, policías e instituciones jerárquicas hará que crezcan las
maltratadoras, agresoras y violadoras; las mujeres y los hombres sin poder
seremos víctimas bajo la bota de ellos y ellas, cada vez más omnipotentes. Las
nuevas Irma Greses elegirán sus víctimas; las eligen hoy en muchas empresas,
en el ejército y en las jerarquías estatales, entre sus subordinadas y
subordinados.
No podemos conocer
los datos de las violaciones en las empresas capitalistas, no tenemos detalles de
los estupros, abusos y acosos realizados por hombres contra mujeres, por
hombres contra hombres, por mujeres sobre mujeres y sobre hombres, no las
conocemos porque la mayor parte de ellas no se denuncian y las que son
denunciadas no se registran asociadas al ámbito en el que se producen, y, por
lo tanto, sus particularidades permanecen anónimas.
En la medida que sigan
aumentando las actuales operaciones de enfrentar y aislar a las mujeres y los hombres,
destruyendo todos los lazos horizontales y naturales que nos han unido, las
formas de la esclavitud, que incluye la esclavitud laboral y la esclavitud sexual,
se harán más y más presentes en la sociedad; convertidos en ganado humano
seremos usados por las castas dominantes de mujeres y hombres poderosos.
[1] El libro Las mujeres
de los nazis, de la historiadora austríaca Anna Maria Sigmund, ha sido
publicado el pasado noviembre en Austria, donde se vendieron 25.000 ejemplares
el primer mes. Según la autora, las mujeres del séquito de Hitler no respondían
al ideal de mujer propagado por la doctrina nazi: no eran amas de casa, ni se
esforzaban por procrear en abundancia (a excepción de Magda Goebbels, que tuvo
seis hijos). En la misma dirección se encuentra el artículo de Sergi Vich Sáez "El tercer Reich en femenino" publicado en "Historia y Vida" nº 539, febrero, 2013.
[2] Es deplorable leer cosas como un manifiesto en el 8 de
marzo que asevera que “Una dona que estima i folla amb altres dones es
converteix automàticament en una revolucionària.” (leer completo). Semejantes
operaciones permiten que todo aquello que hagan las lesbianas se convierta,
automáticamente en el bien. Para el próximo año les sugiero que hagan un
homenaje a Irma Grese.