“El alma humana tiene necesidad de verdad y libertad de expresión” Simone Weil

"Ni cogeré las flores, ni temeré las fieras” Juan de Yepes

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La celebración de la vida. Apología del parto

LA CELEBRACIÓN DE LA VIDA
APOLOGÍA DEL PARTO

Las mujeres del presente hemos sido tan separadas de nuestra naturaleza, de nuestro cuerpo, de nuestra experiencia, que para muchas la realidad del parto supone una conmoción profunda.  


Hay que agradecer a Ana Álvarez-Errecalde el haber puesto imágenes a ese acto, dando un mazazo en la conciencia, liberando de la cárcel y la invisibilidad nuestro origen.

Esta narración contiene elementos de una trascendencia única, recupera una feminidad no devenida de la manipulación moderna sino rescatada desde la vivencia consciente de nuestra realidad corpóreo-espiritual, pero no se queda ahí, no es un documento de la experiencia de la mujer, es la plasmación visual de nuestro origen, de nuestra realidad, pues todos, mujeres y hombres, venimos de un parto, pertenecemos a una verdad que nos es negada, la criatura es tan protagonista del nacimiento como la madre, lo que es bien visible en este documento único y bellísimo.

Cuando hace dos años el azar nos puso en contacto sentí que la vida me hacía un regalo, que la fortuna, misteriosamente, va tejiendo una red de vínculos profundos que deberíamos cuidar como lo más sagrado. Te agradezco Ana, este regalo, lo cuido y lo comparto.

Pincha aquí para ver el vídeo.

La exaltación de lo femenino en la tradición

LA EXALTACIÓN DE
LO FEMENINO EN LA
TRADICIÓN

En “As Crabetas. Libro-museo sobre la infancia tradicional del Pirineo” Enrique Satué Oliván  recoge y reproduce en unos esmerados dibujos la representación simbólica que se hace de la mujer en una “rueca de capacico” para hilar el cáñamo, tarea tradicionalmente femenina.

Lo primero que llama la atención es la belleza del utensilio de trabajo, un dato que nos informa de la dignidad que tenían en esa sociedad las labores humanas asociadas a la satisfacción de las necesidades de la vida.

El trabajo fue en la comunidad tradicional  un elemento que integraba en sí valores de muy diversa índole; en primer lugar estaba destinado a atender las necesidades materiales del colectivo y por ello era una actividad útil  y valiosa que proporcionaba un enorme contento y afirmación personal al individuo, porque el ser útil a otros es, para la persona social, una necesidad primaria y sustantiva.

Además el trabajo era espacio de encuentro y convivencia, en este caso territorio femenino, ámbito especial de comunicación entre mujeres en el que se compartían intimidades y reflexiones, saberes, acervo de cultura y tradiciones; una esfera de construcción horizontal de la feminidad a través de compartir la vivencia singular de ese elemento multidimensional y complejo que es ser sujeto único y sexuado a la par que una más del común. Este carácter social y socializador de las tareas productivas daba a las faenas tradicionales un potencial enormemente  civilizador e integrador.

La alta valoración del trabajo, en este caso del trabajo de las mujeres, fue la base material de la estimación social de las personas que eran respetadas por su aportación singular al común, es decir, por sus méritos y obras propios y no por cortesía, por compasión o benevolencia.

Es evidente, cuando se observa la iconografía de las tallas de la rueca, que estas tareas femeninas estaban asociadas a la construcción colectiva y horizontal de la feminidad, no como esencia abstracta o platónica sino como vivencia compartida del valor que proveen las mujeres a la comunidad. Aparece en ella la mujer sexuada en la que destacan los pechos y el pez que emerge entre sus piernas. El pez, que fue símbolo del primer cristianismo, es también en algunas culturas paganas la representación de la erótica y la fertilidad femenina, así como una metáfora de la vulva. Es, en definitiva, la afirmación enérgica de sus atributos físicos y de su sexualidad, del contento de ser mujer.

Pero junto a ella aparece la imagen de Santa Orosia que representa, según Enrique Satué, a la mujer espiritual perpetuadora de la tradición, explicación que comparto pero a la que hay que añadir, yendo más allá, que no solo es depositaria de las tradiciones sino que la figura de la santa encarna a la mujer combatiente, valerosa y heroica que porta la espada y la palma del martirio. Es la mujer preparada para los desafíos más difíciles, para las batallas más penosas, mujer bizarra y esforzada.

He aquí la evidencia de que la cultura del pueblo no consideraba a la mujer como un ser plano destinado a agotarse en sus funciones sexuales sino como ser complejo, multidimensional, integral y no fragmentado. La potencia que alcanzó la feminidad  (y en correspondencia la virilidad) en esta cultura expresa mejor que nada la capacidad que esa sociedad tuvo para elevar y dotar de excelencia a los individuos que la habitaban.

El que existieran algunos espacios de lo femenino no significaba segregación ni encierro de la mujer pues se limitaban a ciertos momentos y ayudaban a dotar de fuerza y mismidad a las féminas que participaban igualmente en todas las demás tareas colectivas de forma activa y resuelta. Fueron un territorio de vínculos y relaciones en una civilización que proporcionaba una abundancia y complejidad de  ámbitos de socialización que permitían la creación de personalidades vigorosas  y cargadas de virtud.

La fuerza de lo colectivo, en esta sociedad, no fue el producto de la homogeneidad y la uniformidad sino de la concurrencia de las singularidades, de la celebración de la diferencia, de la expansión de la idiosincrasia de los sujetos.

Todo esto nos proporciona la oportunidad de reflexionar sobre la triste condición femenina del presente. La mujer de esta sociedad vive despojada de la vivencia de su naturaleza sexual[1], convertida en sujeto neutro, indefinido y ambiguo, así deviene en no-persona sino trabajadora pura, mano de obra en un mercado de esclavitud disfrazada, tropa para los ejércitos del sistema, obediente y cumplidora súbdita.

Los actuales espacios de mujeres se convierten fácilmente en ámbitos para la victimización, el resentimiento y la androfobia, lugares en los que la magnanimidad, el respeto de sí mismas y de la feminidad que exigen la consideración de la virilidad natural como un bien, tan excelente como nuestra propia condición sexuada, están excluidos. Son por ello espacios para la desfeminización, para el desarraigo de nuestra idiosincrasia auténtica, para la liquidación de nuestra originalidad y la exaltación de la condición de oprimidas, subordinadas y no-sujetos.

La necesidad de regenerar lo femenino, y por ende lo viril o masculino, en nuestra época es tarea que debemos asumir cada sexo de forma propia, pero no enfrentada, sino unidos en la tarea de encontrar caminos a la recuperación del tejido social de la convivencia, al respeto y dignificación de nuestras diferencias como un bien inapreciable para el desarrollo y creatividad de la comunidad.

Lo femenino de nuestra época habrá de construirse haciendo frente a los conflictos que este tiempo y esta sociedad nos han legado, es decir, desde el compromiso con el mundo, con el aquí y ahora de la humanidad, a ello debemos entregarnos con determinación  y bravura de mujeres y hombres de virtud.





[1] Entiendo que la mujer comparte con el varón la mayor parte de los problemas que se derivan de un sistema perverso y desquiciado pero que cada sexo tiene, como añadidos, aquellos que provienen de la manipulación de la idiosincrasia  sexuada y de la intimidad. De ello es de lo que hablo en este caso, sin pretender que aquellos otros problemas no tengan entidad e importancia, pero, cuando la nadificación del sujeto es hoy el principal escollo a la regeneración de la sociedad horizontal la cuestión sexual se ha convertido en un asunto de la mayor trascendencia porque permite operaciones de gran envergadura en el interior del individuo.

Piedra sola (Atahualpa Yupanqui)

PIEDRA SOLA

Atahualpa Yupanqui
Un canto a la fuerza y la determinación de ser.

"En la montaña toda fuerza definida se convierte en ejemplo. A la vera del camino hay una piedra enorme, mostrando a los vientos la grandeza de su soledad.
Quién sabe qué tempestades desataron los genios de la montaña para arrancar ese pedazo de cumbre y hacerlo rodar hasta el valle. Y esa piedra conserva en el llano la misma solemnidad de cuando era cumbre, de cuando ofrecía su atalaya de granito a los cóndores.
Piedra sola supo de cielos claros, de soles ardientes y de lunas vagabundas, de nieves implacables, de vientos libres, de alas potentes y de vertientes misteriosas.
Piedra sola no cayó para ser olvidada. Tal vez comenzara ahí, en el valle, su verdadera misión, su verdadero destino, a la par de los cardones, protegiendo a los arrieros con su sombra. Para el viajero que pase y la mire con ojos de turista, Piedra sola es un peñasco enorme, parado junto al camino, y que no tiene ninguna significación.
No servirán los ojos para mirar hacia arriba y descubrir el hueco dejado en la cumbre desde donde rodara la noche del huracán. No alcanzarán los ojos a ver las cenizas junto a la piedra, donde tantos viajeros de la vida levantaron sus fuegos para protegerse del frío. No alcanzarán los ojos a penetrar la grandeza del peñasco, que en el valle no es una piedra más, sino la Piedra sola, que es fuerza, definición, ejemplo y símbolo.
Más que una derrota, su posición es un triunfo. Hay que creer en la Verdad de todas las cosas de la naturaleza. Las piedras cuando son de un solo bloque tienen un alma grande. En esa alma, la montaña guarda todo su secreto, todo su silencio, toda su fuerza...
Piedra sola es el símbolo de una vida. Es la fuerza de un espíritu que se ha mantenido firme a través de todas las angustias.
Hay seres contra quienes la vida desata de pronto un vendaval de sombras y abismo, y los derrumba sin cauce ni ritmo, dejándolos ahí, junto a un camino cualquiera, como una Piedra sola... Pero no son cosa muerta en el paisaje. El dolor, cuando se lo sabe sufrir con dignidad, crea fuerzas que agigantan el espíritu y aclaran el horizonte. Hay seres que pueden mostrar su entereza y dar, en la cumbre o en el llano, el ejemplo de un valor puro, de una emoción pura.
Muchos destinos que parecen llamados a darse a la vida en un gran continente, terminan realizándose de verdad en un terreno humilde y claro, en un espacio pequeño, pero lo suficientemente apto para que se cumpla la misión de vivir con el pensamiento y con el corazón. Es la Verdad que se va realizando en el silencio de una pena bien guardada. Es el símbolo de un espíritu que ha llegado a la serenidad por los caminos del dolor. Eso es Piedra sola."

                      PIEDRA SOLA
                  Parada junto al camino

                  Piedra sola,
                  ¿qué vientos te derribaron
                  de la cumbre?

                  ¡Cómo vives tu destino!

                  Piedra sola,
                  grandeza que no ha
                  quebrado tu derrumbe...

                  Hondas penas me trajeron

                  Piedra sola,
                  largos caminos andando,
                  donde ti.

                  ¡Qué bien cumples tu destino!

                  Piedra sola,
                  ¡cómo quisiera tu fuerza para mí...!




El arte es útil

El arte existe hoy como mercancía de lujo, un valor seguro en el que se refugian las grandes fortunas, también existe como propaganda de aquellas ideas que forman parte de las entrañas del sistema, como espacio del narcisismo y la egolatría de un puñado de sujetos vendidos al poder y como instrumento para alentar la papanatería de algunas minorías que desean pasar por “cultas”, pero el arte, como experiencia estética y espiritual trascendente y necesaria está en vías de desaparecer en nuestra sociedad.

Hoy, por eso, es más necesario que nunca el combate por regenerar la práctica artística como experiencia no dirigida, no mercantilizada, no mediada por la academia, no sometida a la tiranía de alguna minoría ilustrada y exquisita.
Por eso es tan importante hoy la reflexión sobre la utilidad del arte como hace Irene en el texto que enlazo.



EL ARTE ES ÚTIL

Irene García-Inés

Si tuviera que definir el tiempo que nos ha tocado vivir sin duda hablaría de la guerra, ese tipo de gestión que Todo subyaga, que todo lo subsidia. Pero existe algo que incluso resulta más significativo y brutal que la misma guerra y es el hecho de que, al menos los españoles, No somos conscientes de que estamos en guerra. O No queremos ser conscientes de que sostenemos la guerra (seguir leyendo...)




Agradecimiento al Instituto Simone Weil



Tengo que agradecer a las queridas amigas que gestionan la página del Instituto Simone Weil que hayan considerado de utilidad y valor mi artículo “La función de la belleza en la vida” y lo hayan enlazado.

Me emociona encontrar mis reflexiones en ese espacio asociado a una figura de gigante en su humanidad como fue Weil.

Canción para un duelo

Canción para un duelo


Lloro lágrimas de hielo
por la luna que cae
sobre los desolados cuernos de la noche.
Lloro por la distancia de los cuerpos,
por el eco de las palabras olvidadas,
por las deshabitadas constelaciones.
Lloro por la canción que permanece
Abandonada en un rincón
De la casa común que es la memoria humana.
Lloro por las risas que, sin dueño,
nunca fueron la carne de mi carne.
Pero la vida empuja
el universo nunca se detiene;
el camino es, al fin,
el único propósito  conforme
a la naturaleza de quien busca
una ruta a la propia coherencia.

                    Prado Esteban Diezma

La función de la belleza en la vida. Brevísimas reflexiones sobre estética y estrategia

“Breve y raro es lo bello en su delicadeza y vulnerabilidad” 
Max Scheller

La belleza, la trascendencia y la sublimidad forman parte de las necesidades básicas, las más primarias si se desea conservar la civilización, sin embargo lo peculiar de la condición humana es que ésta se ubica entre lo sórdido y bestial y lo sublime y grandioso. Muchas corrientes filosóficas han intentado superar esa condición enfrentando el cuerpo y la conciencia, presentando al sabio, al que es capaz de la vida buena, desvinculado de todo lo bajo y lo vil de nuestra naturaleza. Tal proyecto solo es posible para una minoría pues exige descargar sobre la mayoría lo considerado degradado pero que es imprescindible para la vida, es decir, solo es posible en una sociedad  de la esclavitud.

Pero además esa idea descarriada descompone y pervierte la naturaleza de lo humano tanto, o incluso más, que las otras corrientes bestialistas que toman nuestro ser sensorial más elemental como único factor a tener en cuenta y el alimento de los impulsos y las satisfacciones groseras del cuerpo como meta esencial de la vida.

Lo cierto es que ambas son ideologías de la negación de nuestra naturaleza auténtica que es indisolublemente bipartida y ambas reniegan de lo humano de igual manera, es decir, nos deshumanizan. 


Si defendemos la rehumanización como factor de recuperación de nuestro potencial como sujetos tenemos que aprender a aceptar y afirmar nuestra humanidad tal cual es, con todos sus constituyentes.


Lo común es asumir que si se desea una sociedad sin castas gobernantes ésta vivirá volcada hacia las necesidades materiales y ajena a la belleza y la sublimidad, así los movimientos populares del presente han decretado la centralidad de lo doméstico y fisiológico, de lo pequeño y funcional, tildando de burgués todo lo que se aparte de lo inmediato y lo somático.

Nada hay más falso que considerar herederas de la tradición popular a estas novísimas corrientes que son hijas significadas de la modernidad y entroncan también con otros momentos de la historia en los que el pueblo desapareció para tornarse plebe o populacho, grupo marginal y humillado asido a su condición de esclavo y dependiente de sus amos.

Cuando el  pueblo fue pueblo, lo que en nuestro entorno ha sido una situación común por un espacio de tiempo muy dilatado, se dotó de una cultura material y espiritual propia que se nucleaba sobre la idea de realzar lo humano y sus necesidades en todas sus dimensiones y complejidad. Por eso las necesidades físicas y espirituales de la especie eran tomadas en su conjunto como fundamentos de su dignidad.





Así un acto tan primario y elemental como el comer ni fue considerado el centro de la existencia ni despreciado por su carácter de necesidad fisiológica, por el contrario fue elevado y dotado de respeto en tanto que acto humano. Basta observar la belleza de los  utensilios más humildes como las cucharas de madera del arte pastoril, o los cuernos tallados tan bellamente para contener las modestas aceitunas.



                                                                         



Además se añadió a ese acto sencillo la distinción de hacerlo el centro de la ceremonia convivencial, la mesa como centro de encuentro, lugar privilegiado para la comunicación afectiva y vivencial de los cercanos, las familias, los amigos y los vecinos, hechura de la hospitalidad y de los rituales festivos. La costumbre de bendecir la mesa, de recogerse interiormente antes de comer daba un carácter sagrado a esa función corporal.

La sociedad moderna en su afán de desacralizar la vida humana ha convertido en comer en un acto plenamente animal y fisiológico, el modelo de individuo que engulle en la calle una hamburguesa, en soledad, sin más objeto que llenar el estómago, casi siempre con más calorías de las recomendables, es el paradigma de una sociedad que aspira a la animalidad, a convertir a los seres humanos en animales de labor.













El pueblo hizo lo cotidiano, lo corporal y lo doméstico trascendentes  y sublimes y dotó a lo divino de anatomía haciéndolo descender a la escala de la persona, dándole forma humana. Un modelo ejemplar de este hecho es el arte románico en el que lo sagrado y lo corpóreo se enlazan de forma sustancial como meta-representación de nuestra condición auténtica.

Esto se hace por un sentido de la dignidad de la vida y de la persona, que necesita realizarse materialmente y lo hace, entre otras vías, a través de la belleza, de la capacidad para reconocerla (por ejemplo en la naturaleza) y para crearla y dotar de valor estético los objetos más cotidianos y humildes, un azulejo, un bordado, un llamador de puerta o, incluso un cencerro.



La modernidad quiso destruir esa cultura cuya singularidad dotaba a los sujetos que pertenecían a ella de un enorme potencial y energía, de una gran fuerza personal y colectiva y por ello separó la belleza de la vida. Hoy “arte” es lo que hacen los artistas, una ínfima minoría de “inspirados” que producen mercancías cuyo valor es otorgado por las convenciones políticas y las fluctuaciones de un mercado dirigido. Pero para el pueblo este término tuvo una acepción mucho más amplia y divergente, mucho más abierta, las artes se referían a las habilidades, destrezas y técnicas para crear nuevos objetos o materiales necesarios para la vida, algo que comprometía a casi toda la comunidad de una u otra manera y se componía de una extraordinaria abundancia de obras en múltiples órdenes. No negaron la existencia del genio natural en ciertas personas para crear en distintos planos, los dones, naturales o construidos, como atributos de la singularidad humana eran muy valorados por la comunidad popular.


Para romper ese mundo en primer lugar se impuso el funcionalismo de la fabricación en serie que desalojó de la vida común la belleza para dar preeminencia a lo práctico y utilitario, se decretó que la experiencia estética estaría separada de la existencia cotidiana de las personas y habitaría en espacios especiales (que estos espacios fueran sistémicos o alternativos no cambiaría sustancialmente la cuestión). En segundo lugar, establecida la figura del artista como ser genial e iluminado se entró a destruir todo lo bello y elevado para imponer el arte de lo feo, lo estrafalario,  lo soez, lo ridículo, lo estúpido, lo cretino… el arte-nada presentado como el colmo de lo crítico y anti-burgués.

La vida real de las clases populares se había de tornar obligatoriamente degradada y sórdida, exacerbando la miseria espiritual, separando el cuerpo, la mente y el corazón, desgajando la equilibrada unidad conseguida a lo largo de siglos y heredada de generación en generación.

Con ello se preparó un individuo, varón o mujer, capaz de someterse a la nadificación y el menoscabo brutal del salariado, al sometimiento permanente y a la obediencia ciega de las consignas del sistema, un individuo capaz de vivir sin grandeza, sin belleza y sin dignidad.

Nuestros ancestros comprendían, no de una forma verbosa sino práctica, que las necesidades corporales, las afectivas, las intelectivas y espirituales debían anudarse sustancial y efectivamente, la belleza de los objetos útiles otorgaba trascendencia a los elementos más primarios de la existencia y además representaba la creatividad, autonomía, singularidad, maestría y gracia del autor. Pero no cayeron en el absurdo de considerar la estética como un atributo únicamente de los objetos, de las cosas, se valoró especialmente la belleza de las personas, de las relaciones y de las instituciones humanas.

Cada cual ofrecía a la vida social sus atributos naturales, físicos, intelectivos, espirituales, convivenciales, comunicativos etc. de manera que las virtudes o cualidades humanas eran materializadas en las personas y el aprecio por las facultades singulares de cada una fue la norma.

Se cultivó la elegancia, el ingenio, la fuerza física, la energía vital, la cordialidad, la alegría, el buen lenguaje, las habilidades manuales, la creatividad artística, la valentía, la entrega, la capacidad amorosa, la belleza física, la sublimidad espiritual, la galanura, el buen humor, cada cual en la forma y manera en que se lo permitían su temperamento y disposición peculiar.


Este sentido de propia valía y de dignidad se aprecia por ejemplo en la foto de los lagarteranos en traje de  boda, realizada en Oropesa en 1858, la belleza de las personas, de la composición del grupo, la nobleza de la expresión es un conjunto que  sobrecoge por su belleza.





También los ritos convivenciales, las ceremonias de la vida política comunitaria y, por supuesto, la fiesta son elementos dotados de trascendencia y belleza, vitalidad y fuerza.

Es curioso que muchos elementos profundos de la cultura popular se compartan con acervos tradicionales tan lejanos como el de los gauchos, sin embargo las palabras de Atahualpa Yupanqui resuenan como si hubieran sido dichas bajo el olmo centenario de una aldea castellana.La sabiduría vital, práctica, que piensa sobre todo en hacer de la persona, persona en toda su extensión y persona para la convivencia, para la comunidad, para el ascenso de todo lo que humaniza. Esta reflexión de Yupanqui sobre la diferencia entre la fiesta y la farra, entre el bien hablar y el saber callar… ¡Qué difícil en nuestra época en que nada tiene equilibrio y todo es desmedido y excesivo!

¡Como se duele el gaucho de la destrucción del lenguaje que es la destrucción de la belleza, de la persona y de la comunidad!



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Y sin embargo hasta este hombre íntegro y sabio duda de su valor intrínseco y sustancial en un momento, en el valor de su acervo y su civilizada forma de vida y dice que fue demasiado pobre para probar la universidad sin darse cuenta que si hubiera probado ese lugar no sería sino una más  de las mentes uniformados y vacías que en ella se construyen.

Si pensamos en una estrategia para la regeneración social no podemos dejar a un lado la necesidad de belleza en las cosas, en las relaciones, en las personas y en las instituciones, la necesidad de estética y de entrega de valor a cada acto humano. Solo una sociedad que sea capaz de estar en un permanente esfuerzo de creación, en una inquebrantable decisión de constituirse cada uno y cada una en un exponente de la excelencia y la virtud humana puede ser una sociedad del ascenso de la civilización como compendio de las mejores posibilidades de nuestra especie.

Prado Esteban Diezma
enero 2013

El arte contemporáneo es una farsa

Se necesitan personalidades valientes que se atrevan a denunciar las grandes estafas de las religiones políticas. Muy poca gente osa hacerlo con el sexismo político feminista pero muchas menos se aventuran a desafiar al dogma del "arte moderno". En una sociedad de acobardados, brilla Avelina con luz propia.

El arte contemporáneo es una farsa: 

Avelina Lésper

            
   Fuente: El Semanario Sin Limites


30-agosto-2012

"La carencia de rigor (en las obras) ha permitido que el vacío de creación, la ocurrencia, la falta de inteligencia sean los valores de este falso arte, y que cualquier cosa se muestre en los museos", afirmó Lesper.


Ciudad de México.- Con la finalidad de dar a conocer sus argumentos sobre el por qué el arte contemporáneo es un "falso arte", la crítica de arte Avelina Lésper ofreció la conferencia "El Arte Contemporáneo- El dogma incuestionable" en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP) en donde fue ovacionada por los estudiantes.

"La carencia de rigor (en las obras) ha permitido que el vacío de creación, la ocurrencia, la falta de inteligencia sean los valores de este falso arte, y que cualquier cosa se muestre en los museos", afirmó Lésper.

Explicó que los Los objetos y valores estéticos que se presentan como arte, son aceptados, en completa sumisión a los principios que una autoridad que impone.

Lo que ocasiona que cada día se formen sociedades menos inteligentes y llevándolos a la barbarie. También abordó el tema del Ready Made, sobre el que expresó que mediante esta corriente "artística", se ha regresado a lo más elemental e irracional del pensamiento humano, al pensamiento mágico, negando la realidad. El arte queda reducido a una creencia fantasiosa y su presencia en un significado. "Necesitamos arte y no creencias".

Un poema (Canción para un duelo)



Agradezco a los amigos que me publican este modesto poema, no es gran cosa, pero pienso como Simone Weil, que “el pueblo tiene tanta necesidad de poesía como de pan”