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Las mujeres del pueblo no celebramos nada el 14 de abril

Las mujeres del pueblo no
celebramos nada el 14 de abril



Es un buen momento para dejar de estar en silencio. De nuevo el 14 de abril nos volverán a bombardear con el sermón sobre las conquistas femeninas durante la II República, que vienen a sumarse a los enormes logros de las mujeres bajo el sistema actual de crecimiento monstruoso del Estado y del capitalismo. Las mujeres del pueblo no celebramos la tiranía política ni el crecimiento de las grandes empresas burguesas, no celebramos nada, solo lo sufrimos, y ahora, como entonces, deberíamos prepararnos para enfrentarnos a ese monstruo sin miedo a la derrota o a la muerte. ¡Ya está bien de vivir anestesiadas! ¡Ya basta de hacer de dóciles colaboradoras de nuestras amas y amos!
Para muestra de lo que fue la II República con las mujeres os dejo un extracto de “Feminicidio o auto-construcción de la mujer”.


En julio de 1932 las clases modestas de Villa de Don Fadrique (Toledo), de unos 5.000 habitantes en esas fechas, pueblo de próspera agricultura, se alzan en armas contra el régimen estatal-capitalista republicano, el cual manda a la Guardia Civil,  que toma por asalto la población matando e hiriendo a muchos de sus vecinos y vecinas. Veamos qué provocó todo esto. 




Fotografía de MARINA (Archivo Manacor)

Para ello nos guiaremos de un folleto redactado por un periodista madrileño, Francisco Mateos, sin militancia política ni particulares conocimientos sobre el mundo rural, que visitó de manera profesional la población unos días después y dejó su testimonio en “La tragedia de Villa de Don Fradique”, escrito en buena parte mientras recogía los alegatos orales de las (se refiere una y otra vez a mujeres) y los supervivientes.
La cosa fue de la manera que sigue. El campesinado de esa población toledana decide ponerse en huelga ante la inminencia de las tareas de la siega porque, atención a esto, se había dictado una orden que prohibía participar en dicho trabajo a las mujeres y a los menores de 18 años. Como explican al reportero testigos del suceso, “en Madrid se había dictado una ley para que no sieguen las mujeres ni los zagalones que no han cumplido los diez y ocho años... ellos (las vecinas y vecinos de Villa) creían que todos, mujeres, zagalones y los que pudieran segar ahora por primera vez, tenían derecho... a segar, a trabajar”. Comenzada la huelga, el día 6 se dan los primeros choques y la madrugada del 8 de julio una manifestación de trabajadoras y trabajadores, pero integrada en su gran mayoría por mujeres, se concentra en las afueras del pueblo para evitar la acción de los esquiroles.
La Guardia Civil carga con extraordinaria dureza contra las mujeres y, al ver el maltrato que éstas recibían por las fuerzas represivas de la II República, el pueblo todo, hirviente de legítimo furor y heroísmo, se alza en revolución, se arma, expulsa a tiros a la Guardia Civil, levanta los raíles del ferrocarril y cava zanjas en las carreteras para evitar la llegada de refuerzos, corta la línea telefónica y telegráfica, pasando además a la ofensiva, lo que ocasiona al menos un muerto (a menudo el aparato represivo oculta sus bajas, para dar impresión de invulnerabilidad, como señala algún estudioso de hechos de esta naturaleza) y numerosos heridos a las Guardia Civil. Ésta, como era de esperar, se rehace, recibe refuerzos, tomando al asalto Villa de Don Fadrique. El resultado oficial es cuatro vecinas y vecinos asesinados, muchos más heridos y muchísimos más detenidos. Mateos ofrece el número de víctimas, “setenta, entre muertos y heridos”, una carnicería.
Puntualiza el periodista que la chispa que desencadenó la batalla fue “el ataque a las mujeres (que) llenó de indignación a muchos, que quisieron abalanzarse, en actitud suicida, contra los que disparaban (la Guardia Civil y los ricos del pueblo)”. Uno de los guardias cuenta a Mateos que los vecinos “a pesar de estar desarmados, querían acercarse a nosotros para luchar cuerpo a cuerpo, con una valentía suicida”. Por el contrario, la Guardia Civil en el asalto, se valió de escudos humanos, obligando a avanzar delante de ellos a mujeres y hombres de la población, para no ser tiroteada, acción sobremanera cobarde y vil.
La represión posterior fue tremenda. Mateos habla del edificio del Ayuntamiento convertido en prisión, donde “iban llegando los detenidos, hombres jóvenes y mujeres jóvenes... las mujeres en el piso alto y los hombres en el patio”. Y da nombres de alguna de las féminas baleadas, Felipa Manzanedo. La enloquecida búsqueda por el pueblo de víctimas a las que torturar y matar una vez tomado al asalto llevó a la Guardia Civil a disparar contra Josefa Marín, que se había escondido, a la que atravesó los dos pechos de un disparo, en lo que probablemente fue un acto sádico y machista de denigración hacia las mujeres en respuesta a su coraje y combatividad, atacándolas en sus atributos externos más visibles.
Reflexionemos sobre los hechos. Prácticamente la totalidad de los manuales feministas dicen que la II República fue un momento de excepcional mejora de la condición femenina, se habla incluso de auténtica emancipación, pero lo cierto es que dictó leyes expulsándolas del trabajo productivo en masa en la siega, la labor campesina más importante, junto con la labranza, realizada desde tiempos inmemoriales por las mujeres en compañía de los varones. Eso con el agravante añadido de que aquéllas son equiparadas a los menores de edad en el texto legal prohibitivo: imposible encontrar una exposición de patriarcalismo más perfecta. Eso lo hizo no el clero ni la derecha sino el gobierno de Madrid, en 1932, formado por una coalición de partidos republicanos y el PSOE.
Fueron la izquierda y los republicanos, progresistas, modernos y anticlericales, los que se propusieron confinar a las féminas en el hogar y quienes, cuando éstas se manifestaron, dieron órdenes a la Guardia Civil de tirotearlas. Eso por un lado. Por otro sabemos que los varones del pueblo no se opusieron a que las mujeres trabajasen, sino todo lo contrario; Mateos indica que exigían un salario igual para unas y otros en la siega. Ni los hombres ni las mujeres consideraban el trabajo a salario como emancipatorio, sino como una necesidad que compartían, tal y como compartían todas las cosas de la vida. Es esa asociación vital y afectiva la que produce que los varones cuando conocen la agresión, enloquezcan y literalmente se lancen contra los fusiles de la Guardia Civil a pecho descubierto, sublime expresión del amor que tenían hacia las féminas, que era tan inmenso, intenso y sincero que no podían soportar verlas maltratadas. Ello es la manifestación material de la concepción propia de Occidente sobre la relación entre mujeres y hombres, ahora en fase de liquidación por la ultra-modernidad multicultural en curso, una vía más hacia un neo-machismo de proporciones pavorosas.
Dos reproches de gran calibre. ¿Qué decir de la Guardia Civil, capaz de disparar contra mujeres desarmadas, usar rehenes para resguardarse tras ellos al realizar el asalto y atravesar los pechos de un tiro a una muchacha que se estaba entregando como detenida? Una vez que las clases altas y sus sayones han abandonado lo más valioso e innovador de la cultura occidental, corresponde al pueblo revivirla y practicarla. Y ¿qué decir de libros como el más adelante analizado, de Mercedes Gómez Blesa, “Modernas y vanguardistas: Mujer y democracia en la II República”? Con su muy vistosa y sofisticada damisela burguesa en la portada, su defensa sobreexcitada de la II República, su completo olvido de las mujeres de las clases populares, es decir, de la mayoría de las mujeres, y su ciega pasión por las señoras y señoritas más adineradas, ese libro es una muestra, particularmente desvergonzada e incluso obscena, de lo que es y representa el feminismo, la apoteosis triunfal de la minoría de mujeres ricas y poderosas que tienen al Estado y al capital como cosa propia y al resto de las mujeres como neo-siervas.
 Finalmente: fue el Estado, no los varones, quien dictó las leyes de exclusión de la mujer del trabajo productivo y, por tanto, de recogimiento forzado en el hogar, y fueron los varones, no el Estado, quienes se opusieron a ello con la máxima energía, además de las mujeres, claro está.
El feminismo, al estudiar la II República, pone en primer plano a un grupo, siempre el mismo, de mujeres muy importantes y cargadas de poder, señoras de la burguesía, intelectuales con muchísima influencia, altas funcionarias del Estado, aristócratas metidas a redentoras de la plebe, políticas profesionales, intelectuales y similares, nunca a las féminas modestas y anónimas de las clases trabajadoras. Cita obsesivamente a María de Maeztu, María Teresa León, Elena Fortún, María Lejarreta, Constancia de la Mora, Victoria Kent, Maruja Mallo, Zenobia Camprubí, Margarita Nelken y a unas pocas más, y las presenta como modelos a seguir.
Para el feminismo las mujeres del pueblo no existen, salvo como masa anónima y gris a la que hay que manejar con una mezcla de represión policial y demagogia feminista. Para esas señoras mega-poderosas de la II República todo fueron premios y beneficios, para las anónimas mujeres de Arnedo, de Villa de Don Fradique, de Casas Viejas y tantas y tantas poblaciones quedaban las balas de la Guardia Civil, las torturas en los cuartelillos, las cárceles. Se observa el extraordinario clasismo del feminismo, su mundo es el de las mujeres acaudaladas y poderosas y en su análisis de la II República lo expone sin rubor. Aquí hemos querido citar a esas mujeres anónimas (cuando hemos podido con nombres y apellidos) que fueron las víctimas verdaderas del patriarcado, pues la patulea de señoronas susodichas eran sus usufructuarias y beneficiarias.
La norma legal citada prohibiendo a las mujeres el trabajo de la siega, que debería ser objeto de un estudio monográfico, muestra cómo el Estado hizo penetrar la misoginia en las clases populares.  Es verdad que en un cierto número de poblaciones aquélla fue resistida y combatida pero no en todas, de modo que paso a paso la idea de que las mujeres están para las tareas caseras y nada más fue calando en una porción de las conciencias. Hoy, cuando aparecen, aquí y allá, expresiones de marginación de las mujeres entre las clases populares, el feminismo se precipita a atribuirlo a “la tradición” y a prescribir su remedio sempiterno, más y más Estado feminista. Pero fue el mismo Estado el que en un pasado no muy remoto hizo machista a un sector del pueblo, a las mujeres tanto como a los varones, igual que hoy le hace neo-machista, a ellas y a ellos. El Estado es la causa del mal, no la solución.
Los sucesos analizados muestran, de nuevo, que la izquierda y el progresismo no son mejores que la derecha y el clero: los dos bloques son, en esencia, la misma realidad social contra el pueblo. En el asunto de la mujer la izquierda y el republicanismo han sido peores, sin duda, desde su emergencia en la revolución francesa.
Hay que decir, acabando ya, que lejos de ser unos hechos aislados, sucesos similares a los de Villa de Don Fadrique se dieron en esos años (los del gobierno republicano-socialista y la bandera tricolor al viento) en otras poblaciones toledanas, Corral de Almaguer, San Pablo de los Montes, Fuensalida, Villaseca de la Sagra y Santa Olalla, entre otras, aunque de ellos no poseemos un testimonio tan completo como sobre Villa, porque no acudió ningún audaz periodista como Francisco Mateos. Se ha de añadir que la despiadada represión la dirigió el gobernador civil republicano de Toledo, al que obedeció puntualmente la Guardia Civil, autoridad que estaba en contacto con el gobierno republicano-socialista de Madrid. En todos y cada uno de esos pueblos corrió la sangre de sus vecinas y vecinos. Esto da la razón a “CNT”, cuando en su edición de 4-7-1933 hace el siguiente balance de la II República, “trescientos muertos. Infinidad de penas de muerte. Más de cien mil obreros encarcelados desde el 14 de abril. Deportaciones. Apaleamientos y torturas”. Exacto. Esa fue la modernidad tricolor en acción, un remedo ensangrentado de la revolución francesa, en la misoginia, en el furor represivo y, cómo no, en la demagogia.
Tras traer a estas páginas tantos casos particulares, podemos preguntarnos finalmente, ¿dejarán alguna vez las y los agentes de la modernidad estatal y capitalista de mentir sobre el mundo rural popular, en particular sobre la situación de sus mujeres? Se nos presenta aquél agobiado por las enfermedades y devastado por la miseria, pero ya vemos que es una falsedad. Se nos dice que era rotundamente masculino, con la mujer confinada en el hogar, ahora hemos visto que eso es otro de los muchos embustes de la modernidad estatal-capitalista. Se habla de una enorme mortalidad de las mujeres en los partos y eso es muy pero muy inexacto, por decir lo menos. Se arguye que las mujeres y los varones llevaban vidas separadas, siempre enfrentados entre sí, y hemos logrado averiguar que tales asertos son paparruchas. Se pretende que las mujeres no hacían actividades productivas fuera del hogar, cuando lo cierto es que se ocupaban de docenas y docenas de ellas. Se vocifera que las gentes, en particular el elemento femenino, eran marionetas manejadas por la Iglesia, aunque la realidad era muy diferente y mucho más compleja. La mentira es hoy el fundamento del sistema de poder imperante, como instrumento para la destrucción de la vida social y del propio sujeto.” (“Feminicidio o auto-construcción de la mujer. Vol I. Recuperando la historia”)

Ésta fue únicamente una de los cientos de enfrentamientos que el pueblo tuvo con el régimen liberticida de la II República, en todos ellos las mujeres,  nuestras ancestras, estuvieron las primeras. Quienes quieren hacernos escupir sobre su memoria  tachándolas de bobas y sumisas son los nuevos defensores del capitalismo y el Estado los mismos que nos invitan a ser mansas en la empresa, con los superiores, y fieras en el hogar, con los pares.

El mal por elección

El mal por elección

De nuevo nace la polémica sobre si acusar a algunas mujeres de hacer el mal es machismo puro, tal y como nos dicen los las jerarcas de la cosa pública. Así, en tiempos en que la corrupción política y económica está empedrada de nombres femeninos, cuando en las cargas policiales más duras se emplean un número creciente de mujeres, y cuando en las empresas las jefas atropellan tanto o incluso más que los jefes la dignidad de las personas (hombres o mujeres) bajo su mando, no se puede decir que hay mujeres que ponen denuncias falsas en muchos casos por odio y en otros por seguidismo con las campañas institucionales e incompetencia para tomar decisiones propias; no, no se puede decir sin ser acusado de machista.
    
Es tanto el ruido que hacen los medios y los organismos estatales que apenas se puede oír la realidad, por eso cobra más importancia que en los últimos tiempos cada vez más mujeres hayamos tomado la iniciativa de desmontar con hechos y con argumentos esa deplorable construcción ideológica que usa la adulación para someternos. Es el caso del reciente libro de Mónica G. Álvarez, “Guardianas nazis. El lado femenino del mal”.  En este texto de investigación periodística se hace un recorrido por la biografía de 19 mujeres como representantes del mucho más nutrido grupo de las guardianas de los campos de concentración del Tercer Reich; mujeres como Ilse Koch, “La zorra de Buchenwald”, Irma Grese “El Ángel de Auschwitz”, María Mandel “La Bestia de Auschwitz”, Herta Bothe “La Sádica de Stutthof”, Dorothea Binz “La Binz”, Hermine Braunsteiner “La yegua de Majdanek” y Juana Bormann “La Mujer de los perros” a las que apoda “las siete Arcángeles del terror”, y  las otras doce a las que nombra en el epílogo como “Las Doce Apóstoles del Reich”, son retratadas por la autora a través de sus actos de barbarie y de maldad hacia mujeres y hombres por igual.

Estas son las personalidades elegidas por la periodista, un puñado de mujeres que representan a las muchas miles que participaron de la brutalidad del régimen nacional-socialista. Solo en el campo de Ravensbrük se llegaron a formar y preparar cerca de 3.600 mujeres para las tareas de control del resto de campos diseminados por la geografía europea bajo control del Estado nazi. No todas eran alemanas, también colaboraron muchas de otras nacionalidades como Hildegard Neumann y Ruth Elfriede, checas o Gerda Steinhofff, Irene Haschke y Therese Brandl, polacas, lo que demuestra que las mujeres, como los hombres, nos conducimos en el mundo por voluntad y por ideas y no por innatos condicionantes sexuales o étnicos.



Algunas eran madres, lo que no significó un obstáculo para llevar a la muerte, muchas veces por sus propias manos, a una enorme masa de niños y niñas. Esto demuestra que el hecho reproductivo, por sí mismo, no nos hace mejores, y sólo es un elemento de humanización cuando se inscribe entre los actos del amor y del compromiso con la vida; como trance biológico es un acto del cuerpo como cualquier otro, por lo tanto las ideas simplistas y los estereotipos sobre la maternidad tienen que ser puestos en duda dado que no se corresponden con la realidad.

Las mujeres que describe Mónica fueron tan crueles y bestiales como los guardianes hombres e incluso más que ellos en algunos casos, así lo declara una mujer húngara en el juicio contra María Mandel. Las atrocidades que perpetraron, las torturas inhumanas que infligieron representan las más crueles perversiones. Lanzar perros contra mujeres, hombres o niños hasta causarles la muerte o matarlos  a patadas, latigazos o palos. Asesinar a recién nacidos, exterminar por hambre, frío o agotamiento a miles. ¿Eran también ellas víctimas de la cultura machista? ¿Eran irresponsables de sus actos? ¿Estaban los prisioneros varones en una posición de superioridad histórica y cultural sobre estas féminas? La autora concluye que “con ellas se demuestra que la maldad y el sadismo es cosa del género humano, sin distinción de sexos, algo que han puesto en duda las feministas más radicales”. Sin embargo, esta verdad elemental es hoy negada por un nuevo fanatismo esencialista que ha sustituido el principio biológico racial nazi por el sexual, construyendo así un pensamiento religioso que toma lo femenino como bien universal y como argumento para el desarrollo de campañas de represión, manipulación y manejo de las masas.

Hoy, la ortodoxia sexista plantea que dudar de la palabra de la mujer es una aberración y se lanza el calificativo de terrorista y defensor de la violencia machista a quien se atreva a decir que existen denuncias falsas favorecidas por la Ley de Violencia de Género, puesto que esta ley considera que la palabra de la mujer es suficiente prueba y tiene valor para limitar el principio de presunción de inocencia.
            
Pues bien, si algunas mujeres han podido torturar, atormentar y sacrificar en los campos de concentración nazis a cientos de miles de hombres, niños y niñas y a otras mujeres ¿por qué motivo no podrían también poner denuncias falsas?, ¿por qué no buscarían sus intereses aprovechando las ventajas de la ley?, ¿por qué no iban a permitirse los privilegios del odio?
            
Cuando las campañas mediáticas de “sensibilización”, es decir, de propaganda y manipulación mental están dirigiendo a las mujeres hacia un estado de miedo-odio hacia los varones y una nueva ideología basada en las luchas por poder, y a la vez se ponen en sus manos instrumentos que permiten prevalecer sobre sus pares del otro sexo con la ayuda del Estado, ¿por qué habrían de usarse tales privilegios sólo de forma legítima?
            
Muchas vivimos el hartazgo del mito sobre la superioridad moral femenina que nos presenta como buenas por naturaleza aunque no por virtud, pues presupone nuestra incapacidad para hacer el bien por elección o por mérito, o el mal por libre albedrío. Nos sentimos aliviadas al comprobar que el mal está a nuestro alcance de la misma manera que lo está la grandeza y la excelencia, podemos pues, forjarnos por propia iniciativa a favor de la vida y de la libertad o de la barbarie y la muerte, lo que nos pone en la tensión de elegir y construir con conciencia y voluntad nuestra biografía y nuestras obras.
            
La realidad es que nuestras ideas y elecciones nos constituyen, por lo que la conversión a un ideario depravado o a unos intereses corrompidos está presente numerosas veces a lo largo de la vida y ello trueca a sujetos corrientes en monstruos, tal y como demuestra Mónica G. Álvarez al estudiar a ese grupo de carceleras. La mayor parte de ellas eran mujeres normales que hacían una vida normal y que fueron voluntarias, es decir, eligieron sumarse a la causa del Reich e involucrarse en los proyectos represivos y genocidas del régimen, ya fuera por convicción, por ansia de poder, por dinero  o por dar rienda suelta a sus instintos de odio y violencia; en cualquier caso lo hicieron por motivaciones propias y no únicamente prestadas o inducidas desde fuera, tampoco por desequilibrios psíquicos ni mentales. No eran solo víctimas del sistema, sino co-autoras de las monstruosidades que de él se derivaron.
            
Lo cierto es que la mayor parte de las 250.000 mujeres que trabajaron como voluntarias para el régimen nazi, en general, tenían trabajo, eran enfermeras, matronas, cobradoras de tranvía, peluqueras, profesoras o funcionarias de correos entre otros oficios; no eran pues mujeres dependientes económicamente, sino “liberadas” según el patrón de un feminismo que ha hecho del dinero y del salariado el culmen de la libertad. No estaban obligadas por ningún hombre a hacer lo que hicieron ni eran consideradas como segundonas o simples ayudantes a las órdenes de los varones; el propio Himmler señalaba que los guardias debían ver y tratar a las guardianas como sus iguales y camaradas[1]. Todas las interpretaciones causalistas que quieran explicar por impulsos exógenos las acciones de estas féminas caerán en contradicciones flagrantes al estudiar los hechos de sus biografías.
            
Las responsables de la brutalidad y la crueldad que desarrollaron contra los prisioneros y prisioneras son ellas mismas y no otros, ellas mutilaron, martirizaron y asesinaron a miles, en muchos casos por placer sádico.
            
De Dorothea Binz que dirigió una escuela de guardianas en Ravensbruck se dice que entrenó a sus alumnas en los puntos más finos del “placer malévolo”, que ella había aprendido a su vez de María Mandel, la colaboradora de Mengele en Auschwitz. En efecto, el sadismo fue un componente esencial de la ideología de las SS y de los fascismos, tal y como denuncia con una fuerza y un realismo aterrador Pasolini en “Saló o los 120 días de Sodoma”, y ese componente formó parte de la acción de los varones tanto como de las mujeres.
            
Cuando se ha convertido en lugar común codificar el pene como un arma y la sexualidad masculina primigenia como violación, cuando se ha construido el término hetero-patriarcado para definir un estado de sometimiento y abuso que han hecho los hombres históricamente sobre las mujeres, los sucesos que ocurrieron realmente en los campos de concentración nazis no encajan en esa versión maniquea y perversa del sexismo feminista. Allí varios miles de féminas se convirtieron en torturadoras y, en muchos casos, también en violadoras de otras mujeres y hombres. Violadoras, sí.
            
La feminista Joanna Burke  en “Los violadores. Historia del estupro de 1860 a nuestros días”, fue la primera que se atrevió en nuestros días a usar ese término para catalogar las acciones de un núcleo de mujeres, cierto que mayoritariamente militares, que abusan de hombres o mujeres usando el sexo como instrumento de sometimiento y dominación sobre sus rehenes. Después lo ha hecho el Tribunal Internacional de la Haya condenando a Pauline Nyiramasuhuko, la ministra ruandesa de mujer y familia en 1994, por genocidio y también por instigar la violación de más de 500.000 mujeres tutsis; y, recientemente, a Yvonne Basedya, la jefa de una unidad de la milicia hutu, por haber participado directamente en las violaciones y muerte de un número indeterminado de mujeres y hombres. Hay pues, mujeres violadoras.
            
De esa categoría forman parte las desalmadas que retrata Mónica. De Ilse Koch, “La zorra de Buchenwald” se dice que “organizaba orgías lésbicas con las esposas de los oficiales” y con los subordinados de su marido, organizando juegos perversos de seducción sexual con los prisioneros a los que incitaba para luego imponer castigos corporales brutales de su propia mano u ordenándolos a los guardias. Ella, que no era guardiana, sino esposa de un comandante, si participaba de la violencia contra los prisioneros era por gusto. Aunque no pudo demostrarse, se la acusó de seleccionar para ser ejecutados a hombres cuya piel tatuada se usó para fabricar objetos de diverso tipo como lámparas; aún sin ser esto probado, fue condenada a cadena perpetua por sus numerosos actos de brutalidad.
            
Más depravada incluso que la Koch fue Irma Grese, su belleza angelical -parecía una Madonna- ocultaba un monstruo capaz de las mayores atrocidades. Tenía tan solo 22 años cuando fue ejecutada en 1945. Grese formó parte del equipo del doctor Mengele con el que colaboraba en la selección de las víctimas para experimentos médicos o para morir gaseadas. Su persona causaba terror en los prisioneros y prisioneras de Auschwitz pues siempre se movía acompañada de sus feroces perros adiestrados para matar, a los que lanzaba sistemáticamente contra hombres, mujeres o niños, que eran devorados en presencia del resto de prisioneros.

Aunque tuvo amantes varones Irma prefería a las mujeres para saciar una sexualidad perversa volcada en el poder y la violencia sobre el otro. Entre las prisioneras buscaba mujeres bellas y exuberantes a las que destrozaba los pechos con su látigo, luego dejaba que las heridas se infectasen para poder llevarlas a amputar las mamas, operación que ella presenciaba y que se realizaba sin anestesia. Griselda Pearl, médico de los prisioneros lo cuenta y dice, “entonces ella se excitaba sexualmente con el sufrimiento de la mujer”. Otras internas declararon que Irma Grese tenía aventuras bisexuales y buscaba relaciones lésbicas con algunas internas a las que luego mandaba al crematorio.

La conclusión obvia es que la violencia sexual no es patrimonio de los hombres, que no hay una innata tendencia genética a la agresión y que no es necesario ser heterosexual para pertenecer a ese minoritario pero selecto rango de los y las violadores, y que son determinadas ideologías las que animan estas depravaciones, ideologías del odio que, es cierto, han sido patrimonio principalmente de los ejércitos y de las guerras y, por eso, en el pasado, mayoritariamente de los hombres, no por el hecho de ser hombres, sino por ser soldados. Sin embargo, siempre ha habido un núcleo de mujeres que se han implicado en esos lodazales, un número que será creciente en nuestros días por la mayor incorporación femenina a esas funciones tradicionalmente masculinas. Esto que parece obvio, no lo es para el grupo de los fanáticos de las nuevas religiones políticas que definen las categorías del bien y el mal asociadas a los rasgos sexuales o raciales o a la orientación erótica de las personas según el caso, culpando al hombre blanco heterosexual y exculpando, de paso a las estructuras del poder del Estado.

Con argumentos pueriles y mucha vehemencia han definido que el mal se encuentra contenido en el grupo de los hombres  blancos y heterosexuales, y que las mujeres, los no heterosexuales y los grupos raciales no blancos son siempre víctimas y portadores del bien social e histórico[2]. Su racismo, sexismo y esencialismo extremista ha generado una nueva fe religiosa, ciega y alucinada, que valora a las personas no por sus actos, por su obrar en el mundo, sino por raza, su sexo o su orientación erótica.

Al igual que las carceleras de Reich, convencidas de su superioridad por pertenecer a la raza aria, estos nuevos segregacionistas terminarán por constituirse en un nuevo linaje de superhombres (un concepto ultramachista  nietzscheano que adoran muchos feministas), una nueva aristocracia que gobierne implacable sobre las castas inferiores de hombres y mujeres-macho (todas las díscolas con la nueva fe) blancos y eróticamente inclinados al sexo contrario, por fin la realización de la profecía de Valerie Solanas en el manifiesto SCUM podrá cumplirse.

Los principales focos de la violación son las guerras, las estructuras del poder jerárquico e ilegítimo (lo son hoy principalmente la empresa capitalista y todas las instituciones estatales), los grupos de delincuentes y marginales (tanto más abundantes cuanto más destruida esté la sociedad popular y horizontal) y el ascenso en la sociedad de ideologías del odio, del apetito de poder y del victimismo agresivo. El hecho de ser varón o mujer, heterosexual, homosexual, lesbiana, bisexual, transexual, blanco o de otra raza son únicamente particularidades, formas de manifestarse esas infamias,  y son histórica y espacio-temporalmente  cambiantes.

El uso y abuso de los seres humanos con motivos sexuales o de puro sadismo y voluntad de poder es una lacra de las sociedades despóticas. Así, imitando a “la Binz” y a la “bestia de Auschwitz”, después de terminar la guerra, en 1955, escribió Simone de Beauvoir Faut-il brûler Sade?”, un panegírico del llamado divino marqués (tal vez por su condición de ateo que se investía con los atributos de dios) que demuestra la debilidad de la madre del feminismo moderno por el gran misógino y asesino de mujeres. Sólo por corrección política y por la necesidad de mantener su reputación de luchadora contra el nazismo (falsa toda ella) no pudo la francesa hacer el elogio de las atrocidades de Irma Grese, la cual puso en obra las fantasías del aristócrata de conquistar la completa “libertad” destruyendo a otros seres humanos.

En nuestros días el ascenso de una casta de mujeres poderosas y de otras colaboradoras del poder en sus ejércitos, policías e instituciones jerárquicas hará que crezcan las maltratadoras, agresoras y violadoras; las mujeres y los hombres sin poder seremos víctimas bajo la bota de ellos y ellas, cada vez más omnipotentes. Las nuevas Irma Greses elegirán sus víctimas; las eligen hoy en muchas empresas, en el ejército y en las jerarquías estatales, entre sus subordinadas y subordinados.

No podemos conocer los datos de las violaciones en las empresas capitalistas, no tenemos detalles de los estupros, abusos y acosos realizados por hombres contra mujeres, por hombres contra hombres, por mujeres sobre mujeres y sobre hombres, no las conocemos porque la mayor parte de ellas no se denuncian y las que son denunciadas no se registran asociadas al ámbito en el que se producen, y, por lo tanto, sus particularidades permanecen anónimas.

En la medida que sigan aumentando las actuales operaciones de enfrentar y aislar a las mujeres y los hombres, destruyendo todos los lazos horizontales y naturales que nos han unido, las formas de la esclavitud, que incluye la esclavitud laboral y la esclavitud sexual, se harán más y más presentes en la sociedad; convertidos en ganado humano seremos usados por las castas dominantes de mujeres y hombres poderosos.
           




[1] El libro Las mujeres de los nazis, de la historiadora austríaca Anna Maria Sigmund, ha sido publicado el pasado noviembre en Austria, donde se vendieron 25.000 ejemplares el primer mes. Según la autora, las mujeres del séquito de Hitler no respondían al ideal de mujer propagado por la doctrina nazi: no eran amas de casa, ni se esforzaban por procrear en abundancia (a excepción de Magda Goebbels, que tuvo seis hijos). En la misma dirección se encuentra el artículo de Sergi Vich Sáez "El tercer Reich en femenino" publicado en "Historia y Vida" nº 539, febrero, 2013.
[2]  Es deplorable leer cosas como un manifiesto en el 8 de marzo que asevera que “Una dona que estima i folla amb altres dones es converteix automàticament en una revolucionària.” (leer completo). Semejantes operaciones permiten que todo aquello que hagan las lesbianas se convierta, automáticamente en el bien. Para el próximo año les sugiero que hagan un homenaje a Irma Grese.

Señuelos sexuales en el discurso de Obama

Señuelos sexuales en
el discurso de Obama

En el País de hoy aparece reseñada la noticia de que el ejército norteamericano pone fin a la prohibición de que las mujeres entren en combate en primera fila. Leon Panetta, el jefe del Pentágono, ha abierto las puertas a que miles de ellas lleguen a la primera línea del frente y los comandos especiales en las muchas guerras que el imperio tiene abiertas en todo el planeta.



Quienes viven todavía amarrados a un discurso tan falso como  caduco sobre la ausencia de la mujer del “espacio público” tienen que felicitarse por este dato que permitirá a miles salir de la “invisibilidad” para alcanzar la notoriedad que les corresponde defendiendo a su país y violentando y matando a millones de mujeres, hombres y niños y niñas en todo el mundo.


En su discurso de toma de posesión Obama  dijo “Ahora es el deber de nuestra generación continuar lo que empezaron esos pioneros.  Porque nuestro recorrido no estará completo hasta que nuestras esposas, nuestras madres y nuestras hijas puedan ganarse la vida como corresponde a sus esfuerzos.  (Aplausos.)  Nuestro recorrido no estará completo hasta que a nuestros hermanos y hermanas gay se les trate igual que a todos los demás según la ley, (aplausos) porque, si nos han creado iguales de verdad, entonces el amor que profesamos debe ser también igual para todos” e inmediatamente el Pentágono se movilizó para recoger la cosecha de soldados y colaboradores correspondiente.


Ha sido una mujer precisamente, Zillah Eisenstein, quien en su libro “Señuelos sexuales. Género, raza y guerra en la democracia imperial” denuncia el uso estratégico que se está haciendo de la condición sexual, étnica o racial para reforzar y refundar el imperio en el siglo XXI con el apoyo de los sectores sociales previamente victimizados por el sistema.


Lo planteado por Zillah se hace evidente en el discurso de Obama en el que la cuestión racial, y, especialmente  la sexual ha pasado a ser el asunto estratégico vertebrador de su proyecto. Así es el ejército norteamericano, es el Pentágono, el auténtico valedor de la “emancipación de las mujeres”  y de la “libertad sexual”.

Esta situación es en realidad menos novedosa de lo que puede parecer pues ha sido desarrollada desde el final de la Segunda Guerra Mundial  dirigida siempre por la institución militar  como ya analicé en "La rentabilidad militar de movilizar a los oprimidos"
Estemos atentos pues...

Más sobre género y raza

Más sobre género y raza

Como decíamos hace poco es muy rentable para el sistema movilizar a los oprimidos. Como bien explica Carlos J. Álvarez, en la entrada que tenéis inmediatamente debajo de esta, el victimismo, aún cuando parte de una injusticia auténtica, se convierte en verdadero motor de mayores iniquidades que las que lo iniciaron cuando la víctima se deja enamorar por la seducción del Estado y sus instrumentos.

Las fotos que me ha mandado Alex son claras para quien no desee permanecer ciego. Deberíamos observarlas, penetrar en los detalles, intentar descifrar el fondo común de los rostros que se dirigen hacia el jefe negro con admiración e incluso fervor; es una adhesión a quien representa la exaltación de la raza, el pago de una deuda milenaria, la ascensión al paraíso. La inclinación de género y raza en el ejército imperial norteamericano lo hace mucho más potente, legitima su existencia y su práctica, forma parte, por ello, de su fondo esencial.

Vivimos en una sociedad profundamente racista y esencialista, fanática y prejuiciosa que cree que el color de la piel y el sexo marcan las líneas entre el bien y el mal, ese simplismo mental permite que la ignominia prospere envuelta en ese inane redentorismo biologicista.

Para quienes deploramos el racismo y el sexismo de viejo o nuevo cuño resulta a veces complicado desmontar argumentos tan necios como los que maneja esta nueva religión política; los dogmas resisten toda argumentación porque parten del paradigma de la fe y no de la sensatez. En cualquier caso conviene recordar, como ya explicábamos en “La rentabilidad política de movilizar a los oprimidos” que el uso de la cuestión racial en Norteamérica es antiguo.

En 1958 un jovencísimo muchacho negro, Colin Powell, era ya oficial del ejército, en 1962, con 25 años, fue uno de dieciséis mil asesores que Kennedy envió a Vietnam, en los años siguientes se le asignó la investigación de los sucesos de My Lai (la gran matanza de marzo de 1968) no encontrando motivos para acusar a nadie. De Powell se ha dicho que es el afroamericano más poderoso de la historia, su trayectoria explica la habilísima intervención estratégica que dirigió Stanley Resor al hacer del ejército la vanguardia para derribar el supremacismo blanco en la sociedad yanqui (no debemos olvidar que fue el ejército el primer lugar donde desaparecieron los urinarios sólo para blancos).












Militarismo y antimilitarismo en el siglo XXI

“Quienes deseen entender la guerra tienen que dirigir su
mirada atenta a los rasgos de la época en que viven”
Carl von Clausewitz

La visión economicista del mundo que predomina hoy en las llamadas fuerzas anti-sistema ha propiciado que, entregados a las luchas contra los “recortes” y obsesionados por las reformas que están modificando la sociedad de consumo de masas, haya pasado desapercibido que en octubre de 2011, un mes antes de las elecciones generales se desplegó en Rota un escudo antimisiles que forma parte de un nuevo sistema de defensa occidental frente a los misiles balísticos.

Comprobamos en este hecho, de nuevo, como la lucha antimilitarista, que tuvo una tradición magnífica en nuestra historia, ha quedado marginada y olvidada por esa vocación de mezquindad política, poquedad intelectual y confinamiento en lo doméstico que caracteriza las revueltas de nuestra época, que en su mayoría proceden, tanto las que se reclaman de ella como las que no, de la concepción del mundo de la izquierda, la misma, por cierto, que gobernaba en 2011 y negoció en secreto con EEUU el despliegue militar de Rota y que volvió a incrementar el gasto militar en 2011 en un 2,5%.
El estrechamiento de la mirada que se pone sobre la realidad impide, no sólo que se comprendan los grandes problemas de nuestro tiempo sino incluso los pequeños. No se advierte una verdad elemental, que los cambios sociales, económicos, políticos y de valores que se están produciendo forman parte del paquete de medidas estratégicas para recomponer el maltrecho imperio de Occidente frente al ascenso de China y los emergentes.

Descontextualizar las actuales medidas económicas y políticas de su origen nos condena a no entender nada y, por lo tanto, nos incapacita para la acción política. En primer lugar hay que reconocer que el ejército es el auténtico corazón del Estado. El crecimiento del aparato político de las elites desde la revolución liberal tiene, como demuestra Félix Rodrigo Mora en “La democracia y el triunfo del Estado”, su origen y su destinatario en la fuerza militar, cuestión elemental que se ha olvidado en aras de la visión deformada y alucinada que construyó el movimiento anti-globalización.

En “La casa de la guerra. El Pentágono es quien manda” (2006) James Carroll analiza la función central del ejército norteamericano, su verdadera condición de órgano rector de la política del imperio. Su influencia no es únicamente política pues el aparato militar de los Estados Unidos es la primera empresa por cantidad de empleados a escala planetaria. Efectivamente con sus 3,2 millones de empleados entre personal civil y militar no tiene parangón con ninguna otra multinacional.

Estos datos, con todo, no descifran la magnitud de los ejércitos en las sociedades actuales. El gasto militar no puede reflejar la auténtica dimensión de esa institución que, en realidad, es el núcleo sobre el que gira la actividad económica y política del país. Una gran parte del consumo social está supeditado a las necesidades militares. La industria agroquímica, la farmacéutica, la informática o internet son sectores que han impuesto el consumo de sus productos a las masas para mantener pujante un tejido industrial que es estratégico para el poder militar. Incluso la industria del entretenimiento como expone David L. Robb en “Operación Hollywood. La censura del Pentágono” (2006) tiene un compromiso real y material con las necesidades militares.

Lo mismo sucede con la universidad que, lejos de ser un centro del saber es, además de instrumento de anulación del pensamiento libre y de trituración de la juventud, un departamento más del aparato militar. Los centros universitarios de la Defensa están adscritos a las universidades públicas. Los programas de investigación vinculados a proyectos militares son crecientes, muchos directamente promovidos por el ministerio de Defensa (art. 55.1 Ley de Carrera Militar) y otros indirectamente. En muchos casos son secretos porque así lo permiten los estatutos de la mayor parte de los centros universitarios.

Presentar al ejército como una masa de descerebrados como hace cierto antimilitarismo indocumentado es impedir comprender esa institución y, por ello, liquidar la lucha contra ella. Es precisamente en los centros donde se elabora la estrategia y las líneas maestras de los proyectos del Estado donde existe el verdadero conocimiento de la realidad que nos es negada al pueblo. Por ejemplo, en la Academia General Militar de Zaragoza se enseña con una metodología rotundamente superior a la que padecen los millones de estudiantes universitarios obligados a la repetición de verdades dogmáticas, tópicos y lugares comunes. Un caso significativo es el del general Petraeus que dirigió las fuerzas norteamericanas en Afganistán, un hombre que tiene publicados numerosos ensayos pero que, ante todo, tiene experiencia directa y que, por ello, ha pasado a engrosar las filas de otro órgano fundamental en la dirección de los planes estratégicos de los Estados Unidos, la CIA.

Entender la verdadera naturaleza del ejército es uno de los pilares de cualquier acción antimilitarista, el otro es comprender la substancia del conflicto entre las potencias a escala planetaria. La crisis actual no es una crisis cíclica o coyuntural. Occidente, que ha sido el poder rector del mundo en los últimos quinientos años lo está dejando de ser en estos momentos. El ascenso de China que representa la irrupción de un despotismo estatal de nuevo cuño que promociona un capitalismo hiper-depredador, neo-esclavista y muy agresivo y la aparición en la escena mundial de las potencias emergentes ha generado un desequilibrio trascendental que se está desenvolviendo en estos momentos.

China ha pasado a ser el mayor inversor de capitales por encima del Banco Mundial, ha incrementado su gasto militar casi un 200% en los últimos diez años y superará por gasto militar a EEUU en 2025. Con ello se ha abierto una nueva etapa que se materializa en una escalada armaméntistica  sin precedentes desde la caída del muro de Berlín. Australia ha aumentado su gasto militar en un 50%, lo mismo que India y Vietnam, EEUU ha definido la cuenca del Pacífico como zona geoestratégica decisiva. Si la guerra ha sido siempre un hecho integral y político, hoy lo es más que nunca.

Digamos que el momento presente se caracteriza por una suma de conflictos o una sucesión de encrucijadas que tendrán que ser resueltas por el sistema a través de la definición de una estrategia, es decir, a través del pensamiento analítico  de gran alcance y proyección y la sucesión de decisiones en múltiples dimensiones: militar, económico, político, ideológico, social, axiológico etc. Entre los factores o fuerzas actuantes, en los planos del conflicto, las fuerzas populares contra el sistema deberíamos ser uno más pero, la lucha contra la guerra requiere un proyecto estratégico pues lo estratégico es decisivo en cualquier operación que implique acción con proyección de futuro, elemento que es obvio que hoy no existe.

Lo cierto es que construir un pensamiento y proyecto estratégico contra el sistema es una tarea que hoy nos supera, sin embargo las grandes epopeyas se han expresado como puro amor a la acción necesaria y desinteresada  pues como dijera Thomas Carlyle "Puede ser un héroe el que triunfa o el que sucumbe, pero jamás el que abandona el combate".

Audio: "El planeta militarizado: grandes ejércitos y situación geoestratégica mundial"



Audio charla en Salamanca: “El planeta militarizado: grandes ejércitos y situación geoestratégica mundial”
4 de mayo de 2012.

Tengo que hacer una corrección a lo dicho en Salamanca, cuando he mencionado la fecha de edición del libro de Paul Kennedy “Auge y caída de las grandes potencias” dije, erróneamente que era 1998, no es así, sino que fue publicado en 1988. Es pertinente la corrección porque su análisis sobre China se refiere a los años ochenta y no a finales de los noventa.
Por lo demás trato en esta ocasión de temas de enorme trascendencia de los que apenas he arañado la superficie, mi compromiso es seguir comprendiendo y analizando las enseñanzas de los procesos históricos y de los de la actualidad para comprender el mundo y participar en su transformación.

Un comentario y una valiosa aportación al debate


Un comentario y una valiosa
aportación al debate.


Escribe Asun este comentario a la entrada, es tan interesante que lo pongo como nueva entrada con enlace al video que comenta.

“Yo fui una soldado de infantería durante 6 años de mi vida. Estuve de misión en Bosnia en el 94 y en el 97. Corroboro todo lo que dices. Aquí te dejo un video de la cantante pop Katy Perry. En él verás cómo se “glamuriza” la profesión militar. El mensaje que transmite la cancioncita y el video es que es mejor para una mujer “hacerse novia” del ejército, que “nunca la va a defraudar” (ja,ja…), que hacerse novia de un hombre, porque, ya se sabe, los varones “no son de fiar”. En Estados Unidos ya ha recibido algunas críticas por parte de gente “despierta” ya que se ve claramente que es un spot publicitario de reclutamiento de los US Marines. La letra dice “esta es la parte de mi que nunca me podrás quitar”. O sea, “el enemigo es el hombre, y papá Estado me va a cuidar, y de paso voy a convertirme en una chica moderna, guay y muy lista”. Y qué decir del cartelito que reza “Todas las mujeres son creadas iguales. Después algunas se hacen marines”. En fin el video es autoexplicativo y confirma que todo lo que has expuesto en el artículo describe fielmente la realidad que llevamos viviendo desde hace ya varia décadas”.

Asun, te agradezco esta nota con toda el alma, el conocimiento directo de las cosas y su reflexión personal y no dirigida es un acto de un valor excepcional en esta sociedad de la propaganda, la liquidación del pensamiento autónomo y la consigna como “alimento” intelectual de las masas. Necesitamos pensar con nuestra propia cabeza, sacar conclusiones y orientar nuestra acción contra el monstruoso aparato de destrucción de la conciencia que nos aplasta.

La rentabilidad militar de movilizar a los oprimidos

La rentabilidad militar
de movilizar a los oprimidos.

Ayer aparecía en los obituarios de El País la necrológica de Stanley Resor, secretario del Ejército de EEUU durante los años de Vietnam, se dice de él que “combatió la segregación en la armada y nombró mujeres para la cúpula militar”.

Efectivamente la guerra de Vietnam fue el laboratorio en el que se fraguó el eficacísimo modelo de reforzar el estamento militar incorporando a los sectores sociales a los que previamente se había victimizado, en este caso los negros. El Estado emergió ante ellos como el artífice de su emancipación. Resor creó un departamento para resolver y castigar cualquier rasgo de segregación racial en el ejército, de modo que fue la institución militar la vanguardia de la “liberación” racial, es decir de un modelo de interesado antirracismo que todavía hoy tiene seguidores fanáticos que no desean ver la realidad.



Lo cierto es que 275.000 negros sirvieron en Vietnam, siendo el 11% de población americana constituyeron el 12,6% del total de soldados en el país asiático, el 25% de las unidades de combate y, entre 1965-1969, el 14,9 de las bajas, lo que da una idea de la eficiencia de esas operaciones de propaganda.

Resor también nombró a las dos primeras generales en la historia del Ejército de Tierra, fue, con todo ello, uno de los diseñadores del militarismo de nuevo cuño que ha hecho crecer el potencial de los ejércitos imperiales de forma extraordinaria. Zillah Eisenstein en “Señuelos sexuales, género, raza y guerra en la democracia imperial”, es capaz de mirar el verdadero rostro del imperio norteamericano que se nutre de personajes femeninos, de negros, de  homosexuales y lesbianas para renovarse y refundarse en el nuevo siglo y señalar que las mujeres “no solo son víctimas de las guerras, también participan en ellas”. Seguir proponiendo que el machismo de corte tradicional y la homofobia es la esencia de la institución militar es vivir de fantasías. Un caso significativo que demuestra que el sistema tiene una gran capacidad de cambio es el de Margarethe Cammermeyer , miembro del ejército norteamericano desde 1961 que fue expedientada por su condición de lesbiana y posteriormente readmitida por decisión judicial. Su historia  fue argumento de la película “Cammermeyer's story: Serving in Silence” que se emitió por televisión con gran éxito y audiencia en 1995 con Barbra Streisand como protagonista y que, es seguro, incrementó el alistamiento de miembros de esa minoría en la institución militar. David L. Robb en “Operación Hollywood. La censura del Pentágono” (2006) ha estudiado la estrecha colaboración del mundo del espectáculo con el ejército y la influencia sobre el reclutamiento del cine, también puede consultarse “La casa de la guerra. El Pentágono es quien manda”, James Carroll, (2006).

Ignorar que la victimización de diversos colectivos sociales es hoy un mecanismo de integración en el sistema es no comprender lo esencial. Precisamente a eso, a velar la realidad, se dirigen todas las grandes religiones políticas del momento: feminismo, antirracismo y antihomofobia.  Estas corrientes de pensamiento nada tienen que ver con la auténtica defensa de la tolerancia y la integración, la igualdad de trato y la buena convivencia, por el contrario los colectivos a que se dirigen pierden su libertad básica, la de ser y pensarse desde sí mismos.

Feminismo de porra y pistola


Feminismo de porra
y pistola



Me pasa una amiga el último periódico del 15m, lo leo con cariño porque es un proyecto autogestionado en el que hay depositado mucho esfuerzo e ilusión, pero el 15m no parece ser lo que fue, muchas cosas han cambiado en estos meses y, desgraciadamente, la cruda realidad se hace patente en la página 4.

Leo que la Asamblea de género de Alcalá comenzó la campaña “No ignores el problema” contra la violencia de género para “animar a las mujeres maltratadas a denunciar”, es decir, a resolver sus problemas poniéndose en manos de la policía. No se si se refieren a la misma policía que acomete contra las manifestaciones de estudiantes en Valencia (acontecimiento que, por cierto, aparece en la página 11 de la misma publicación), la que aparece todos los años en el Informe de Amnistía Internacional como institución para la tortura y el maltrato de numerosos detenidos, la que usa la violencia (no de género, porque se dirige por igual a hombres y a mujeres) en las manifestaciones populares, la que reprime al pueblo y defiende los intereses del Estado, la gran empresa y la Banca. Ese cuerpo de funcionarios para el atropello de las libertades y la coerción de los débiles ¿Es a la que deben entregarse las mujeres?

Es un asunto de enorme significación la emergencia de un feminismo de porra y pistola del que son expresión señera algunas mujeres como las delegadas del gobierno en Madrid y Valencia, Cristina Cifuentes y Paula Sánchez de León, que exhiben una chulería desvergonzada que hubiera encandilado a Simone de Beauvoir, también lo representan todos y todas los defensores de la LOVG y la solución represiva y policial a la violencia, como los integrantes de la asamblea de género de Alcalá.

En un momento de grave crisis social y política, la ampliación y fortalecimiento de los cuerpos represivos y de sus apoyos en la sociedad civil es cuestión cardinal para el sistema de dominación. No será la primera vez en la historia que un núcleo de mujeres actúe decididamente a favor de las fuerzas de la reacción. En el Madrid asediado por las tropas franquistas, en la guerra civil, la organización femenina clandestina Auxilio Azul, con más de 6000 integrantes, desplegó una actividad ingente e imprescindible para extender la acción de la Quinta Columna. No fueron las únicas, aunque sí unas de las más eficientes. Como ellas, la Sección Femenina de la Falange, las Margaritas y Auxilio Blanco bregaron con entusiasmo por la victoria de Franco.

Prácticas como las que promueve la asamblea de género de Alcalá son, objetivamente y con independencia de la intención de quienes las sostienen, un instrumento para la aparición de un somatén femenino de colaboradoras con la policía en la represión popular cuando sea necesario que emulará las gestas de aquellas que se afanaron a favor del franquismo.

No se limita la campaña de los feministas de Alcalá a fortalecer las relaciones de las mujeres con la policía sino que se complementa con la empresa, siempre rentable desde el punto de vista de las subvenciones, de culpar al pueblo de ser el origen de la violencia machista, con el argumento de que “parte de la sociedad opina que "lo de casa se queda en casa" y no considera legítimo intervenir en la vida privada de las personas”, argumento abominable que convierte en verdad algo nunca demostrado –que el pueblo sea tolerante con esos actos- para inmediatamente abogar por la creación de un ejército de funcionarios (en ello se concreta el “no a los recortes”) que intervenga en cada casa y cada dormitorio. Para los que sueñan con un régimen que supere al franquismo en dureza y crueldad, con un nuevo falangismo que pueda atropellar a placer a la sociedad civil, supongo que con ellos y ellas en la vanguardia, nunca hay suficiente mano dura, suficientes prohibiciones, juzgados y cárceles, siempre se desea ir un poco más allá.

Desgraciadamente el pueblo calla, calla porque tiene miedo (como lo tuvo de las hordas nazis y de los grupos de matones falangistas) pero también calla porque no tiene qué decir. El hecho real es que cada año hay más mujeres muertas, situación que se inscribe en el aumento de todas las violencias entre iguales y en la degradación de la vida social en general, una realidad que no hemos estudiado, no hemos comprendido y para la que no tenemos solución desde la estructura de vida horizontal. Así ellos ganan, solo queda la policía y el Estado como garantes de la vida de las mujeres.

Ellos, el Estado y el capitalismo, son los primeros beneficiarios de la guerra civil entre mujeres y hombres, de las víctimas sacan grandes rendimientos políticos, de modo que no interesa que mengüen. A más crimen más policía, más funcionariado, más intervención, más represión, más leyes de excepción… más poder.

Si queremos hacer frente a esta lacra social tenemos que abordar a la vez el problema real de la violencia y el de las soluciones policiacas a la violencia, tenemos que comprender las causas y dibujar soluciones desde el pueblo, desde la instituciones horizontales de vida.

Las mujeres no podemos permitir que nos sigan usando como peleles, no podemos someternos a la ortodoxia machista del feminismo que nos fija a un sentimiento de debilidad transcendental, nos hace flojas y necesitadas de permanente protección, situación que, por cierto, promueve las relaciones de maltrato, pues la mujer que se siente frágil e insegura, necesitada de amparo en todos los ámbitos de la vida, tiende a tolerar relaciones perversas.

No podemos permitir, como mujeres comprometidas con la emancipación, ser moneda de cambio para el sostenimiento del inicuo sistema de dominación de militares, jerarcas del Estado, banqueros, capitalistas y policías. ¡No debemos ser sus rehenes!