“El alma humana tiene necesidad de verdad y libertad de expresión” Simone Weil

"Ni cogeré las flores, ni temeré las fieras” Juan de Yepes

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Vivir, amar y criar en la realidad del mundo



VIVIR, AMAR Y CRIAR EN
LA REALIDAD DEL MUNDO
Una pedagogía para tiempos de crisis y desolación

                                                                                          

                                                                                    “No hay posadas de felicidad
                                                                                      ni de descanso.
                                                                                      Se va siempre por un camino heroico 
                                                                                       hacia la dignidad y la  superación de la vida”
                                                                                                                                León Felipe



           

Cada criatura que llega al mundo comparte con las generaciones anteriores la carga de los problemas de su sociedad, nacemos en un momento de la historia, en un espacio concreto y eso condicionará nuestra existencia, no se nace en el vacío ni en la nada sino en el  mundo como ha sido construido por las generaciones anteriores. Ésta es una de las complejidades de nuestra condición, pues no hay libertad ni elección en esos hechos que definirán, más que ningún otro, nuestra existencia individual. Explica Xavier Zubiri en “Tres dimensiones del ser humano, individual, social, histórica” que la herencia que recibe cada individuo no es únicamente psico-genética, cada nacido humano, para instalarse en la vida necesita situarse en una realidad. Ese nicho de cultura e historia es el medio en el que la criatura deviene persona. En ese recorrido recoge una tradición, se impregna del tiempo como tiempo realizado en la continuidad biológica e histórica que ella misma habrá de alimentar con su acción. En el texto que cito, Zubiri da una gran importancia a la maternidad  como elemento que conecta la realidad bio-psico-social-histórica de lo humano, esa indivisible entidad que une la vida orgánica y espiritual.
Nada puede ser más desolador y angustioso que reconocer en las circunstancias de este tiempo el hábitat de nuestra prole. La crisis, que algunos se empeñan en definir como crisis de lo dinerario y consumista únicamente, oculta una realidad sangrante y terrible, la de una ruina de los fundamentos más esenciales de la vida social e individual e incluso, más allá, de nuestra civilización como construcción singular de nuestros ancestros. El desmoronamiento de la vida social, de las estructuras de vida horizontal elegidas y dirigidas por el propio sujeto es una de las lacras más terribles de este momento pero no la única, la pérdida de la libertad, de la tradición como conjunto de conocimientos y acontecimientos que son bagaje experiencial para la existencia humana, de la autonomía personal y social, de los conocimientos y habilidades para la vida, del lenguaje, de la inteligencia práctica, del sentido de la realidad, de la capacidad para la supervivencia, del sentido común, de los valores éticos y convivenciales y de la capacidad proyectiva para bosquejar un futuro son  las huellas de una mutación que no es coyuntural ni somera sino que afecta a los elementos cardinales de la condición humana y de las instituciones naturales de convivencia y corre pareja al ascenso del Estado y la institucionalización de la vida  que están devastando al sujeto medio y que, de seguir su curso, transformarán de forma ingénita la sociedad como la hemos conocido.
A estas tribulaciones hay que sumar el ecocidio en proceso, la desertificación, la contaminación de las tierras y las aguas, la caída de la fertilidad de la tierra, la acumulación de tóxicos en el ambiente, la pérdida de biodiversidad y el crecimiento de las mega-urbes entre otros y, además, el desastre demográfico acelerado que se expresa  aquí en la terrorífica cifra de 1,3 hijos por mujer que continúa descendiendo, testimonio de la falta de vitalidad y anhelo de muerte del cuerpo social, esta última cuestión será tal vez una de las más atroces calamidades que hemos de legar a nuestros hijos porque deberán cargar sobre sí tareas tan descomunales para la propia supervivencia, la protección de la vida y de la condición humana[1] que sobrepasarán, con mucho, las fuerzas materiales y espirituales de estas menguadas generaciones.
Quienes elegimos tener hijos (cada vez somos menos, no lo olvidemos) deberíamos ser los primeros en la brega por el futuro de la sociedad, al que nos sentimos atados, no de forma abstracta e inconcreta sino de manera íntima y personal pues el mañana es el destino de nuestra prole. No es así, tal vez porque la corriente social dominante sigue siendo “mirar para otro lado” o buscar fórmulas escapistas  para evadirse de la realidad. Los refugios para huir del rostro descarnado del mundo son muchos, lo son el trabajo, el consumo, la diversión, las drogas, los viajes, las relaciones superficiales, los paraísos virtuales o el cine y la novela, hay cientos si no miles de agujeros en los que vegetar una vida tranquila a la espera del desastre. Curiosamente para un sector social la maternidad/paternidad se ha convertido también en un recurso escapista, devenir padres es la ocasión para abandonar todo compromiso social, político o cultural. Muchos se adhieren así a dos de los principios más venenosos de nuestra sociedad, la búsqueda de salidas individuales con olvido del resto de la comunidad y la  mutación de los procesos que antes se realizaban en la horizontalidad en mercancías. Esta nueva maternidad ecológica se materializa en un renovado consumismo e intercambio de servicios monetizados que, por supuesto, no están al alcance de la mayoría de las madres, aquellas que pertenecen a las clases bajas, ocupan los trabajos más precarios y acceden a la maternidad a pesar de la presión de las empresas en condiciones de grandes conflictos y carencias[2].  Esto explica que la natalidad entre las mujeres de las clases más menesterosas caiga mucho más significativamente, estas mujeres están siendo convertidas en ganado de labor, seres estériles en todo lo que no sea producir en el mercado capitalista y consumir para que crezca ese mercado.
En esta situación la maternidad ha defenderse como libertad básica y un bien en sí mismo incluso cuando las condiciones de crianza no sean las que dictan los manuales. En el pasado se pensaba que se necesitaban pocas cosas para criar a los hijos y el principal motivo para acometer la maternidad/paternidad era el deseo con independencia de otras consideraciones. Hoy, en cambio, la extraordinaria complejidad de los requisitos que se consideran imprescindibles para la crianza hacen que muchas personas renuncien a tener hijos. Por el contrario mi idea es que la maternidad/paternidad es un gran bien aunque se acometan en la forma de grandes sacrificios por parte de los padres y las criaturas y en un entorno hostil como el mundo actual porque forman parte de la construcción de un futuro humano.
Imbuir a nuestros hijos la idea de que han de huir de los problemas del mundo en lugar de enfrentarse a ellos no solo no es una crianza buena sino que, en las actuales condiciones, es suicida. Los años de bonanza económica y auge del Estado del bienestar han tenido como consecuencia que un gran número de personas adecuaran su cosmovisión al ideal de recibir servicios y cuidados por parte de las instituciones y trasladaran ese patrón, considerado el modelo de la excelencia, a la educación y la crianza de su prole.
Lo que se ha llamado crianza natural responde más a una visión ideologizada del mundo que a una naturaleza original de la especie. En primer lugar lo natural en el ser humano es ser un complejo de funciones y situaciones orgánicas, psíquicas, relacionales, sociales, culturales e históricas inseparables e indivisibles. Lo natural, como explica Zubiri, es que cada nueva criatura inscriba su vida en el nicho de su cultura, su tradición y su linaje que son las raíces que le permiten crecer y constituirse como ser singular y creativo, esas raíces han de ser las auténticas del entorno en el que nace y no un mundo artificial creado para ella pues es en la realidad donde tendrá que desplegar su acción, es decir, materializar su libertad.
Al ejercer la maternidad/paternidad estamos obligados a entregar a nuestros hijos la realidad del mundo, a reconstruir con ellos el sentido de lo humano y su proyección hacia el futuro, difícilmente puede acometerse tal tarea en el tiempo presente si no es en conflicto con el poder establecido, un combate que exigirá personalidades vigorosas y esforzadas. Si declinamos nuestra responsabilidad como padres y  buscamos soluciones personales para esquivar los problemas en lugar de enfrentarnos a ellos estaremos equivocando el camino.
En el mundo moderno cada vez más niños y niñas viven fuera de la realidad, se les ofrecen otros entornos que se consideran menos ásperos, más agradables que el mundo real, así viven de sucedáneos de ínfima calidad a través de la televisión y el cine, en lo que llaman el mundo de la fantasía infantil[3] o en entornos seguros y protegidos,  adecuados a cubrir todas sus necesidades al instante y sin espera, en los que no les toque el mal del mundo e incluso se superen las limitaciones inherentes a la condición humana. En todos los casos se les obliga a vivir en la mentira, en el mundo como no es.
He conocido muchas criaturas que se desarrollan en ese ambiente de irrealidad y ficción, suelen ser personas aparentemente felices aunque, si son sacadas de ese contexto “seguro” y utópico, se paralizan y se agarrotan, no son capaces de adecuarse a circunstancias nuevas, sufren y se angustian o se evaden y se inhiben pero no intervienen  con ímpetu transformador. Su capacidad de comunicación está muy limitada por la falta de autenticidad de sus experiencias vitales, sus sistemas de relación con los otros son disfuncionales porque carecen de conocimiento de la alteridad y por miedo al  conflicto o al abandono emocional.
La crianza sin conflicto y sin prohibiciones basada en la satisfacción de los deseos de las criaturas es menos nueva de lo que se dice. Una experiencia histórica ilustrativa es la que se recoge en el informe de William E. Mayer, director de psiquiatría del ejército de Estados Unidos encargado de investigar el altísimo número de bajas que los soldados norteamericanos tuvieron en los campos de prisioneros en la guerra de Corea (1950) cuya cifra, en comparación con la tenida por los prisioneros turcos en esos mismos campos fue desorbitada. El examen de los hechos le llevó a concluir que esos muchachos eran el producto de una crianza sin contrariedades, de una infancia en la que nunca tuvieron que enfrentarse a obstáculos ni situaciones complicadas por sí mismos, de una figura maternal siempre presente y siempre protectora que, en realidad absorbía emocionalmente a sus hijos[4].
Lo más importante es la descripción que hace de las situaciones que vivieron estos prisioneros. Enfatiza que no hubo intentos de fuga aunque en los campos no había alambradas ni guardas armados. A diferencia de otros prisioneros como los turcos que permanecieron unidos y organizados, los norteamericanos carecían de disciplina, se enfrentaban entre ellos y establecían a menudo relaciones de cooperación con su captores.
Muy pocos forjaron relaciones de amistad en los campos o mantuvieron el recuerdo de sus seres queridos como aliciente moral y emocional (cuando a los supervivientes que fueron liberados se les ofreció llamar a sus familias muy pocos lo hicieron), vivieron encerrados en una celda de aislamiento mental. Cada vez menos de ellos estaban dispuestos a hacer el esfuerzo de voluntad, inteligencia, creatividad y socialidad que la supervivencia necesitaba y comenzó a ser común que un soldado se sentara en una esquina y tapándose se cabeza con una manta y se dejara morir (los soldados denominaron a ese acto “abandonitis”). En otros casos, cuando algún  hombre estaba enfermo, sus propios compañeros eran los que le sacaban de los barracones y le abandonaban a la intemperie donde perecía. No hubo resistencia y combate contra la guerra como guerra injusta ni contra el enemigo, prácticamente ningún hecho que pueda describirse como acto de conciencia y dignidad, la indiferencia y el abandono fueron el estado dominante.
Se mostraron como seres ineptos para cuidar de sí mismos ni de otros, capaces de la mayor crueldad con sus semejantes y del mayor desapego a la propia vida, es decir, construidos como seres deshumanizados de forma extrema.
Los valores básicos para la supervivencia en un campo de prisioneros no son demasiado diferentes que los que se necesitan para sobrevivir en cualquier circunstancia de la vida real cuando esta es vida plena y no sucedáneo como acontece en las sociedades de Estado del bienestar en las que  el sujeto no es ya sujeto de su propia biografía sino objeto de la protección de las instituciones, usuario de bienes y servicios y dócil animal doméstico que trabaja para su amo. La forma como un individuo deviene persona y se enfrenta al mundo es una cuestión que trasciende con mucho la psicología pues afecta más a los valores y el sentido que se otorga a la vida, al concepto del bien y del mal[5] y la idea del futuro. Eliminar los grandes problemas de la existencia humana y del momento histórico concreto para  alejar el dolor y el esfuerzo no solo no es posible sino que crea  un vacío existencial que hoy es demasiado común en las generaciones más jóvenes y que se  realiza a través de conductas suicidas (alcohol, drogas, trastornos alimenticios, prácticas aventureras dislocadas, violencia entre iguales y otros) y un derrumbamiento de la personalidad que los hace inmaduros, incapaces para el acto de pensar, sin voluntad para actuar, sin capacidad de esfuerzo, pobres e indiferentes afectivamente, insociables y herméticos para los otros.
La deriva de la situación actual es que todos los problemas enunciados se agravarán en el futuro, si somos coherentes y lúcidos tendremos que comprometernos en el combate por el mañana, si creemos en la crianza en el amor deberemos llevar a nuestras criaturas con nosotros en esos trances. El mundo no necesitará de héroes individuales sino de  una comunidad heroica capaz de arrostrar las calamidades del presente y construir un porvenir humano lo que nos compromete a todos.
La maternidad/paternidad ha de ser rescatada no como una flor de invernadero, un acto ornamental y decorativo sino como impulso vital, como acto supremo del amor por la especie y por el futuro contenida de forma concreta y singular en cada una de nuestras criaturas.
No deberíamos aceptar que la humanización de la crianza pueda ser reducida al consumo de algunos servicios especializados de mayor calidad que los que ofrece el sistema y a la dedicación en exclusiva del  padre y madre a las criaturas durante toda su infancia, por el contrario, es necesario que el impulso genésico vuelva a ser natural y ajeno a los condicionantes económicos y políticos, es decir, íntimo y genuino.
Se precisa hoy de una maternidad de batalla cuyas señas de identidad sean la fortaleza y la solidez. Podemos parir en casa o en los hospitales, pero el acto de parir ha de ser dignificado por nosotras mismas incluso en las condiciones más desfavorables, porque solo así será posible frenar el impulso a la deshumanización y rotura del acto genésico,  debemos amamantar en todas partes, hacer habitables todos los ambientes para la infancia, compartir con las criaturas todos los momentos e integrar la crianza en todas las dimensiones de la vida.
Pero ante todo la crianza no puede ser argumento para mutilar en las mujeres (y a menudo también en los hombres) los otros planos de la vida, no puede alejarnos de la realidad del mundo porque eso cercena nuestras capacidades y posibilidades, no puede retirarnos del compromiso y el combate por el bien, la verdad, la libertad, la convivencia y la vida horizontal, la propia auto-construcción, la recuperación de las raíces y la construcción de una sociedad de ascenso de la excelencia. Si se abandona toda acción sobre el mundo y los grandes problemas de una época ¿cómo se ha de educar?  ¿cómo se ha de ofrecer un camino al crecimiento a otros cuando se limita en una misma?
Hemos de vivir entre las ruinas de la civilización del bienestar, podemos hacerlo dejándonos morir en un rincón como aquellos soldados de Corea o entregándonos a la construcción del futuro que depende, antes que nada, de nuestra propia acción. En última instancia el acto de la crianza ha de ser un gran acto de creación y compromiso que sirva como ejemplo a las generaciones venideras.






[1] La tasa de dependencia, es decir la que relaciona la población activa y el grupo de los menores de 16 y los mayores de 64 no ha dejado de crecer y se espera que para 2021 se sitúe en el 57,3%,  es decir casi 6 personas inactivas por cada 10 activas, una cifra difícil de sostener para unas generaciones que para invertir la catastrófica situación presente tendrían que hacerse cargo de un grupo tan numeroso de ancianos y tener muchos más hijos que sus padres. Se dice que el exceso de población es el causante de los grandes problemas ecológicos del planeta, eso no solo no es verdad pues no es la población sino el desquiciado sistema capitalista y su ansia depredadora de  recursos el causante de tales males, por el contrario, poner coto a la gran devastación medioambiental solo será posible bajo una demografía pujante porque los grandes problemas como la reforestación ¿pueden acometerse si no es por una ingente y enérgica población juvenil?
[2] La injerencia de las empresas y el funcionariado en la vida privada y la  libertad básica de las personas en estos asuntos abre una etapa de gran incertidumbre y alarma. La acción biopolítica, es decir, la imposición de prácticas y costumbres basadas en las necesidades políticas y económicas de los Estados que conculcan la autonomía más esencial de las personas es creciente en todo el planeta. La foto de Feng Jianmei yaciendo en la cama de un hospital junto a su hijo, no abortado sino asesinado a los siete meses de gestación por orden de los funcionarios del Partido Comunista Chino que cumplieron así la ley que obliga a abortar a aquellas familias que no tienen dinero para pagar la multa por tener un segundo hijo, es un indicador de lo que podría ser el futuro en otras partes del planeta. Hay que tener en cuenta la preeminencia de China en lo económico y político y su ascenso militar que con mucha probabilidad cambiará el equilibrio de las potencias mundiales en los próximos tiempos y el hecho, inquietante, de que la ONU haya presentado la política de “planificación familiar” del gobierno chino como modélica.

[3] Un mundo infantil creado por adultos y lanzado por los gigantescos emporios de la industria del espectáculo y el adoctrinamiento. El modelo de sociedad de la diversión y sus consecuencias nefastas es una importación de Norteamérica que tiene efectos devastadores para el sujeto y el cuerpo social, un análisis de su formación y sus efectos se hace en “Divertirse hasta morir” Neil Postman
[4] Este suceso es citado por Betty Friedan en “La mística de la feminidad”.
[5] El pensamiento sobre cuestiones ha caído en desuso en nuestra época a la vez que lo ha hecho la lectura y reflexión de la filosofía clásica, pienso por ejemplo en el texto de Cicerón “Del supremo bien y del supremo mal”, que da cabida a un debate que ha sido durante milenios objeto de controversia y cavilación en Occidente. La desaparición de estos temas del pensamiento ahogados por la frivolidad y el vacío del imaginario de la modernidad tardía es un desastre de proporciones colosales.

Una pedagogía para tiempos de crisis y desolación

Imagen Nicoletta Tomás

UNA PEDAGOGÍA PARA TIEMPOS
DE CRISIS Y DESOLACIÓN


“Un saco de trigo siempre se puede sustituir por otro. El alimento que una colectividad suministra al alma de sus miembros no tiene equivalente en todo el universo. Además, por su duración, la colectividad penetra en el futuro. Es alimento no solo para las almas de los vivos sino también para las de los aún no nacidos, que llegarán al mundo en los siglos venideros”
                                                                                   Simone Weil






La mayor parte de la sociedad vive ajena a la infancia a la que no escucha ni comprende porque no tiene experiencias de convivencia cercana y densa con niños y niñas hasta que no tienen hijos. Pero, puesto que el número de los que eligen no tener descendencia es cada vez mayor, la infancia será, en pocos años una región inexplorada de la sociedad y de la biografía de las personas. A pesar de ello, o tal vez por ello, la educación y la crianza se han convertido en temas de gran preocupación.
Por mi oficio de educadora he conocido y me he vinculado de forma singular y afectiva, aún con la limitación temporal de estas relaciones, a cientos de criaturas en sus primeros años y a sus madres y padres. Incluso en las condiciones llenas de inconvenientes que impone la estructura educativa institucional, mi trabajo me ha permitido acumular unas vivencias de enorme significación como material reflexivo, mi experiencia como madre de tres hijas me ha ayudado a matizar estereotipos y dogmatismos  y a ser indulgente con los padres y madres al ver su práctica a través del prisma de la mía y tomar conciencia de mis propias limitaciones. Además he dedicado bastante tiempo a observar, recoger y meditar sobre acontecimientos y conflictos en los que me he visto implicada o que se han producido en mi presencia y sobre mi propia actividad y a buscar en las reflexiones de otros, en la historia y en la filosofía, apoyo a mi propio pensamiento. Este recorrido es el que me gustaría ir volcando en textos que, para ser útiles, no deberían ser tomados como manuales de instrucciones sino como acervo compartido para elaborar cada quien su camino en la intrincada realidad presente. En los próximos meses me propongo abordar en un conjunto de artículos distintos aspectos de la educación y la crianza.


VIVIR, AMAR Y CRIAR EN
LA REALIDAD DEL MUNDO
Una pedagogía para tiempos de crisis y desolación



“Ni cogeré las flores
ni temeré las fieras”
Juan de Yepes

               

Cada criatura que llega al mundo comparte con las generaciones anteriores la carga de los problemas de su sociedad, nacemos en un momento de la historia, en un espacio concreto y eso condicionará nuestra existencia, no se nace en el vacío ni en la nada sino en el  mundo como ha sido construido por las generaciones anteriores. Ésta es una de las complejidades de nuestra condición, pues no hay libertad ni elección en esos hechos que definirán, más que ningún otro, nuestra existencia individual. Explica Xavier Zubiri en “Tres dimensiones del ser humano, individual, social, histórica” que la herencia que recibe cada individuo no es únicamente psico-genética, cada nacido humano, para instalarse en la vida necesita situarse en una realidad. Ese nicho de cultura e historia es el medio en el que la criatura deviene persona. En ese recorrido recoge una tradición, se impregna del tiempo como tiempo realizado en la continuidad biológica e histórica que ella misma habrá de alimentar con su acción. En el texto que cito, Zubiri da una gran importancia a la maternidad  como elemento que conecta la realidad bio-psico-social-histórica de lo humano, esa indivisible entidad que une la vida orgánica y espiritual.
Nada puede ser más desolador y angustioso que reconocer en las circunstancias de este tiempo el hábitat de nuestra prole. La crisis, que algunos se empeñan en definir como crisis de lo dinerario y consumista únicamente, oculta una realidad sangrante y terrible, la de una ruina de los fundamentos más esenciales de la vida social e individual e incluso, más allá, de nuestra civilización como construcción singular de nuestros ancestros. El desmoronamiento de la vida social, de las estructuras de vida horizontal elegidas y dirigidas por el propio sujeto es una de las lacras más terribles de este momento pero no la única, la pérdida de la libertad, de la tradición como conjunto de conocimientos y acontecimientos que son bagaje experiencial para la existencia humana, de la autonomía personal y social, de los conocimientos y habilidades para la vida, del lenguaje, de la inteligencia práctica, del sentido de la realidad, de la capacidad para la supervivencia, del sentido común, de los valores éticos y convivenciales y de la capacidad proyectiva para bosquejar un futuro son  las huellas de una mutación que no es coyuntural ni somera sino que afecta a los elementos cardinales de la condición humana y de las instituciones naturales de convivencia y corre pareja al ascenso del Estado y la institucionalización de la vida  que están devastando al sujeto medio y que, de seguir su curso, transformarán de forma ingénita la sociedad como la hemos conocido.
A estas tribulaciones hay que sumar el ecocidio en proceso, la desertificación, la contaminación de las tierras y las aguas, la caída de la fertilidad de la tierra, la acumulación de tóxicos en el ambiente, la pérdida de biodiversidad y el crecimiento de las mega-urbes entre otros y, además, el desastre demográfico acelerado que se expresa  aquí en la terrorífica cifra de 1,3 hijos por mujer que continúa descendiendo, testimonio de la falta de vitalidad y anhelo de muerte del cuerpo social, esta última cuestión será tal vez una de las más atroces calamidades que hemos de legar a nuestros hijos porque deberán cargar sobre sí tareas tan descomunales para la propia supervivencia, la protección de la vida y de la condición humana[1] que sobrepasarán, con mucho, las fuerzas materiales y espirituales de estas menguadas generaciones.
Quienes elegimos tener hijos (cada vez somos menos, no lo olvidemos) deberíamos ser los primeros en la brega por el futuro de la sociedad, al que nos sentimos atados, no de forma abstracta e inconcreta sino de manera íntima y personal pues el mañana es el destino de nuestra prole. No es así, tal vez porque la corriente social dominante sigue siendo “mirar para otro lado” o buscar fórmulas escapistas  para evadirse de la realidad. Los refugios para huir del rostro descarnado del mundo son muchos, lo son el trabajo, el consumo, la diversión, las drogas, los viajes, las relaciones superficiales, los paraísos virtuales o el cine y la novela, hay cientos si no miles de agujeros en los que vegetar una vida tranquila a la espera del desastre. Curiosamente para un sector social la maternidad/paternidad se ha convertido también en un recurso escapista, devenir padres es la ocasión para abandonar todo compromiso social, político o cultural. Muchos se adhieren así a dos de los principios más venenosos de nuestra sociedad, la búsqueda de salidas individuales con olvido del resto de la comunidad y la  mutación de los procesos que antes se realizaban en la horizontalidad en mercancías. Esta nueva maternidad ecológica se materializa en un renovado consumismo e intercambio de servicios monetizados que, por supuesto, no están al alcance de la mayoría de las madres, aquellas que pertenecen a las clases bajas, ocupan los trabajos más precarios y acceden a la maternidad a pesar de la presión de las empresas en condiciones de grandes conflictos y carencias[2].  Esto explica que la natalidad entre las mujeres de las clases más menesterosas caiga mucho más significativamente, estas mujeres están siendo convertidas en ganado de labor, seres estériles en todo lo que no sea producir en el mercado capitalista y consumir para que crezca ese mercado.
En esta situación la maternidad ha defenderse como libertad básica y un bien en sí mismo incluso cuando las condiciones de crianza no sean las que dictan los manuales. En el pasado se pensaba que se necesitaban pocas cosas para criar a los hijos y el principal motivo para acometer la maternidad/paternidad era el deseo con independencia de otras consideraciones. Hoy, en cambio, la extraordinaria complejidad de los requisitos que se consideran imprescindibles para la crianza hacen que muchas personas renuncien a tener hijos. Por el contrario mi idea es que la maternidad/paternidad es un gran bien aunque se acometan en la forma de grandes sacrificios por parte de los padres y las criaturas y en un entorno hostil como el mundo actual porque forman parte de la construcción de un futuro humano.
Imbuir a nuestros hijos la idea de que han de huir de los problemas del mundo en lugar de enfrentarse a ellos no solo no es una crianza buena sino que, en las actuales condiciones, es suicida. Los años de bonanza económica y auge del Estado del bienestar han tenido como consecuencia que un gran número de personas adecuaran su cosmovisión al ideal de recibir servicios y cuidados por parte de las instituciones y trasladaran ese patrón, considerado el modelo de la excelencia, a la educación y la crianza de su prole.
Lo que se ha llamado crianza natural responde más a una visión ideologizada del mundo que a una naturaleza original de la especie. En primer lugar lo natural en el ser humano es ser un complejo de funciones y situaciones orgánicas, psíquicas, relacionales, sociales, culturales e históricas inseparables e indivisibles. Lo natural, como explica Zubiri, es que cada nueva criatura inscriba su vida en el nicho de su cultura, su tradición y su linaje que son las raíces que le permiten crecer y constituirse como ser singular y creativo, esas raíces han de ser las auténticas del entorno en el que nace y no un mundo artificial creado para ella pues es en la realidad donde tendrá que desplegar su acción, es decir, materializar su libertad.
Al ejercer la maternidad/paternidad estamos obligados a entregar a nuestros hijos la realidad del mundo, a reconstruir con ellos el sentido de lo humano y su proyección hacia el futuro, difícilmente puede acometerse tal tarea en el tiempo presente si no es en conflicto con el poder establecido, un combate que exigirá personalidades vigorosas y esforzadas. Si declinamos nuestra responsabilidad como padres y  buscamos soluciones personales para esquivar los problemas en lugar de enfrentarnos a ellos estaremos equivocando el camino.
En el mundo moderno cada vez más niños y niñas viven fuera de la realidad, se les ofrecen otros entornos que se consideran menos ásperos, más agradables que el mundo real, así viven de sucedáneos de ínfima calidad a través de la televisión y el cine, en lo que llaman el mundo de la fantasía infantil[3] o en entornos seguros y protegidos,  adecuados a cubrir todas sus necesidades al instante y sin espera, en los que no les toque el mal del mundo e incluso se superen las limitaciones inherentes a la condición humana. En todos los casos se les obliga a vivir en la mentira, en el mundo como no es.
He conocido muchas criaturas que se desarrollan en ese ambiente de irrealidad y ficción, suelen ser personas aparentemente felices aunque, si son sacadas de ese contexto “seguro” y utópico, se paralizan y se agarrotan, no son capaces de adecuarse a circunstancias nuevas, sufren y se angustian o se evaden y se inhiben pero no intervienen  con ímpetu transformador. Su capacidad de comunicación está muy limitada por la falta de autenticidad de sus experiencias vitales, sus sistemas de relación con los otros son disfuncionales porque carecen de conocimiento de la alteridad y por miedo al  conflicto o al abandono emocional.
La crianza sin conflicto y sin prohibiciones basada en la satisfacción de los deseos de las criaturas es menos nueva de lo que se dice. Una experiencia histórica ilustrativa es la que se recoge en el informe de William E. Mayer, director de psiquiatría del ejército de Estados Unidos encargado de investigar el altísimo número de bajas que los soldados norteamericanos tuvieron en los campos de prisioneros en la guerra de Corea (1950) cuya cifra, en comparación con la tenida por los prisioneros turcos en esos mismos campos fue desorbitada. El examen de los hechos le llevó a concluir que esos muchachos eran el producto de una crianza sin contrariedades, de una infancia en la que nunca tuvieron que enfrentarse a obstáculos ni situaciones complicadas por sí mismos, de una figura maternal siempre presente y siempre protectora que, en realidad absorbía emocionalmente a sus hijos[4].
Lo más importante es la descripción que hace de las situaciones que vivieron estos prisioneros. Enfatiza que no hubo intentos de fuga aunque en los campos no había alambradas ni guardas armados. A diferencia de otros prisioneros como los turcos que permanecieron unidos y organizados, los norteamericanos carecían de disciplina, se enfrentaban entre ellos y establecían a menudo relaciones de cooperación con su captores.
Muy pocos forjaron relaciones de amistad en los campos o mantuvieron el recuerdo de sus seres queridos como aliciente moral y emocional (cuando a los supervivientes que fueron liberados se les ofreció llamar a sus familias muy pocos lo hicieron), vivieron encerrados en una celda de aislamiento mental. Cada vez menos de ellos estaban dispuestos a hacer el esfuerzo de voluntad, inteligencia, creatividad y socialidad que la supervivencia necesitaba y comenzó a ser común que un soldado se sentara en una esquina y tapándose se cabeza con una manta y se dejara morir (los soldados denominaron a ese acto “abandonitis”). En otros casos, cuando algún  hombre estaba enfermo, sus propios compañeros eran los que le sacaban de los barracones y le abandonaban a la intemperie donde perecía. No hubo resistencia y combate contra la guerra como guerra injusta ni contra el enemigo, prácticamente ningún hecho que pueda describirse como acto de conciencia y dignidad, la indiferencia y el abandono fueron el estado dominante.
Se mostraron como seres ineptos para cuidar de sí mismos ni de otros, capaces de la mayor crueldad con sus semejantes y del mayor desapego a la propia vida, es decir, construidos como seres deshumanizados de forma extrema.
Los valores básicos para la supervivencia en un campo de prisioneros no son demasiado diferentes que los que se necesitan para sobrevivir en cualquier circunstancia de la vida real cuando esta es vida plena y no sucedáneo como acontece en las sociedades de Estado del bienestar en las que  el sujeto no es ya sujeto de su propia biografía sino objeto de la protección de las instituciones, usuario de bienes y servicios y dócil animal doméstico que trabaja para su amo. La forma como un individuo deviene persona y se enfrenta al mundo es una cuestión que trasciende con mucho la psicología pues afecta más a los valores y el sentido que se otorga a la vida, al concepto del bien y del mal[5] y la idea del futuro. Eliminar los grandes problemas de la existencia humana y del momento histórico concreto para  alejar el dolor y el esfuerzo no solo no es posible sino que crea  un vacío existencial que hoy es demasiado común en las generaciones más jóvenes y que se  realiza a través de conductas suicidas (alcohol, drogas, trastornos alimenticios, prácticas aventureras dislocadas, violencia entre iguales y otros) y un derrumbamiento de la personalidad que los hace inmaduros, incapaces para el acto de pensar, sin voluntad para actuar, sin capacidad de esfuerzo, pobres e indiferentes afectivamente, insociables y herméticos para los otros.
La deriva de la situación actual es que todos los problemas enunciados se agravarán en el futuro, si somos coherentes y lúcidos tendremos que comprometernos en el combate por el mañana, si creemos en la crianza en el amor deberemos llevar a nuestras criaturas con nosotros en esos trances. El mundo no necesitará de héroes individuales sino de  una comunidad heroica capaz de arrostrar las calamidades del presente y construir un porvenir humano lo que nos compromete a todos.
La maternidad/paternidad ha de ser rescatada no como una flor de invernadero, un acto ornamental y decorativo sino como impulso vital, como acto supremo del amor por la especie y por el futuro contenida de forma concreta y singular en cada una de nuestras criaturas.
No deberíamos aceptar que la humanización de la crianza pueda ser reducida al consumo de algunos servicios especializados de mayor calidad que los que ofrece el sistema y a la dedicación en exclusiva del  padre y madre a las criaturas durante toda su infancia, por el contrario, es necesario que el impulso genésico vuelva a ser natural y ajeno a los condicionantes económicos y políticos, es decir, íntimo y genuino.
Se precisa hoy de una maternidad de batalla cuyas señas de identidad sean la fortaleza y la solidez. Podemos parir en casa o en los hospitales, pero el acto de parir ha de ser dignificado por nosotras mismas incluso en las condiciones más desfavorables, porque solo así será posible frenar el impulso a la deshumanización y rotura del acto genésico,  debemos amamantar en todas partes, hacer habitables todos los ambientes para la infancia, compartir con las criaturas todos los momentos e integrar la crianza en todas las dimensiones de la vida.
La crianza no puede ser argumento para mutilar en las mujeres (y a menudo también en los hombres) los otros planos de la vida, no puede alejarnos de la realidad del mundo porque eso cercena nuestras capacidades y posibilidades y ¿cómo se ha de ofrecer un camino al crecimiento a otros cuando se limita en uno mismo? Hemos de vivir entre las ruinas de la civilización del bienestar, podemos hacerlo dejándonos morir en un rincón como aquellos soldados de Corea o entregándonos a la construcción del futuro que depende, antes que nada, de nuestra propia acción. En última instancia el acto de la crianza ha de ser un gran acto de creación y compromiso que sirva como ejemplo a las generaciones venideras.
                                                                                       




[1] La tasa de dependencia, es decir la que relaciona la población activa y el grupo de los menores de 16 y los mayores de 64 no ha dejado de crecer y se espera que para 2021 se sitúe en el 57,3%,  es decir casi 6 personas inactivas por cada 10 activas, una cifra difícil de sostener para unas generaciones que para invertir la catastrófica situación presente tendrían que hacerse cargo de un grupo tan numeroso de ancianos y tener muchos más hijos que sus padres. Se dice que el exceso de población es el causante de los grandes problemas ecológicos del planeta, eso no solo no es verdad pues no es la población sino el desquiciado sistema capitalista y su ansia depredadora de  recursos el causante de tales males, por el contrario, poner coto a la gran devastación medioambiental solo será posible bajo una demografía pujante porque los grandes problemas como la reforestación ¿pueden acometerse si no es por una ingente y enérgica población juvenil?

[2] La injerencia de las empresas y el funcionariado en la vida privada y la  libertad básica de las personas en estos asuntos abre una etapa de gran incertidumbre y alarma. La acción biopolítica, es decir, la imposición de prácticas y costumbres basadas en las necesidades políticas y económicas de los Estados que conculcan la autonomía más esencial de las personas es creciente en todo el planeta. La foto de Feng Jianmei yaciendo en la cama de un hospital junto a su hijo, no abortado sino asesinado a los siete meses de gestación por orden de los funcionarios del Partido Comunista Chino que cumplieron así la ley que obliga a abortar a aquellas familias que no tienen dinero para pagar la multa por tener un segundo hijo, es un indicador de lo que podría ser el futuro en otras partes del planeta. Hay que tener en cuenta la preeminencia de China en lo económico y político y su ascenso militar que con mucha probabilidad cambiará el equilibrio de las potencias mundiales en los próximos tiempos y el hecho, inquietante, de que la ONU haya presentado la política de “planificación familiar” del gobierno chino como modélica.

[3] Un mundo infantil creado por adultos y lanzado por los gigantescos emporios de la industria del espectáculo y el adoctrinamiento. El modelo de sociedad de la diversión y sus consecuencias nefastas es una importación de Norteamérica que tiene efectos devastadores para el sujeto y el cuerpo social, un análisis de su formación y sus efectos se hace en “Divertirse hasta morir” Neil Postman.

[4] Este suceso es citado por Betty Friedan en “La mística de la feminidad”.

[5] El pensamiento sobre cuestiones ha caído en desuso en nuestra época a la vez que lo ha hecho la lectura y reflexión de la filosofía clásica, pienso por ejemplo en el texto de Cicerón “Del supremo bien y del supremo mal”, que da cabida a un debate que ha sido durante milenios objeto de controversia y cavilación en Occidente. La desaparición de estos temas del pensamiento ahogados por la frivolidad y el vacío del imaginario de la modernidad tardía es un desastre de proporciones colosales.


Suicidas, asesinos y otras desventuras

Suicidas, asesinos
y otras desventuras
La desaparición de la familia como
fuente de destrucción social.


“Me voy sin haber visto el Amor”
León Felipe




Un informe publicado a finales de 2011 por el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia informa que Rusia ocupa el tercer puesto internacional en suicidios adolescentes, las primeras posiciones corresponden a Kazajistán y Bielorrusia, dos antiguas repúblicas soviéticas. En el pasado abril se habló de epidemia cuando durante 24 horas se produjeron al menos seis muertes de chicas y chicos entre 15 y 19 años. La desestructuración familiar aparece entre las causas cardinales de estos hechos.

Cuando Alejandra Kollontai imaginó la futura sociedad socialista la definió sin familia. La liberación de la mujer, según su ideario, pasaba por que el Estado se hiciera cargo de la crianza mientras los individuos, con independencia de su sexo, destinaban todas sus energías a la producción. La utopía  de la aristócrata rusa no pudo sostenerse mucho tiempo y en los años treinta se volvió a una concepción patriarcal clásica, pero la estructura social no era recuperable, es decir, se devolvieron al ámbito de lo privado las tareas de crianza pero en condiciones completamente diferentes porque en esa sociedad hiper-productivista, deshumanizada y burocratizada el sujeto había ya dejado de ser sujeto humano para transmutarse en instrumento puro, aparejo de la formidable máquina estatal que desarrollaba un capitalismo de Estado sin trabas ni límites, de ese modo se iniciaba un experimento social cuyo alcance estamos descubriendo hoy.

Al otro lado del planeta, en Medellín, sicarios de 11 o 12 años matan o mueren por dos euros; el padre Velásquez, que ha convivido con ellos, afirma que el problema no es el económico como pensó en un principio, sino la falta de afectos y referentes en que han crecido. El desarrollo del capitalismo en Latinoamérica ha triturado lo poco que quedaba de la institución familiar, Colombia es hoy la cuarta economía del continente y su consumo interno empieza a ser motor eficiente de un crecimiento sostenido, ese “milagro” proviene, no en su totalidad pero sí en gran medida, de que en los últimos decenios millones de mujeres se han incorporado a las fábricas y los servicios afluyendo en aluvión a las ciudades, incrementando de forma extraordinaria tanto la producción mercantil como los ingresos del Estado. Madres solteras, sin red de apoyo en un espacio hostil y dañino, sus hijos crecieron en condiciones de un consumo básico garantizado, es decir físicamente atendidos, pero afectiva y emocionalmente famélicos.

En sus formas extremas la crianza sin amor hace la vida humana carente de significados y sentido y por lo tanto de valor, la muerte es anhelada inconscientemente como salida a esa espeluznante existencia. Cuando Rene Spitz (1887-1974) estudió los altísimos índices de mortalidad infantil en los orfanatos durante los años treinta y cuarenta del siglo XX descubrió que los cuidados físicos en ellos eran adecuados y, sin embargo, casi la mitad de los bebés (en algunas instituciones llegaba al 90%) morían antes de cumplir los dos años. Los que sobrevivían tenían, en su mayoría, retraso mental, motor o comunicativo grave. Explicó este hecho porque la necesidad de vínculos, apego y seguridad afectiva son elementos tan básicos en el desarrollo del bebé como el alimento, la higiene y el sueño; los recién nacidos institucionalizados eran atendidos de forma impersonal, eficiente pero con indiferencia y con un contacto físico, verbal y emocional mínimo. Nombró con el término “marasmo” ese estado de estupor y repliegue sobre sí mismos, ausencia de demandas de atención y rechazo del contacto físico, detención del crecimiento y caída grave de las defensas que precedía a la muerte; describió el estado del bebé abandonado como “ojos abiertos de par en par sin emoción, cara congelada con una expresión distante, como si estuviera aturdido”.

En Occidente han sido la izquierda, la contracultura y la mayor parte de los feminismos los que han vulgarizado la oposición a la familia presentándola como fuente de un sinfín de males sociales y limitaciones al desarrollo de la personalidad de los individuos. Según su modelo teórico la opresión de la mujer y de los niños y niñas tiene su raíz en la institución familiar. El Estado, la crianza acometida por profesionales, la generalización de los servicios mercantilizados (públicos o privados) dedicados a los cuidados a la infancia, han sido por ello presentados como auténticos instrumentos de liberación. Hoy siguen con su letanía de pedir más dinero, más guarderías, más  crianza por expertos, más titulaciones como sinónimo de mayor calidad. Las familias, cuando existen, han quedado limitadas a la función de proveedores de los fondos que pagan esos servicios.

Quienes han moldeado el mundo presente ignoran y ocultan que las principales víctimas de estos experimentos han sido los niños, el crecimiento aterrador de los desórdenes psíquicos infantiles, el aumento de las alteraciones neurológicas, las dificultades de aprendizaje, el autismo y la desestructuración psíquica son el resultado de la vida desquiciada de las sociedades modernas. Las instituciones acometen estos problemas creando cada vez más etiquetas y nombres para toda conducta que se desvíe de la norma y promocionando el uso inmoderado de drogas y funcionarios a sueldo del Estado o profesionales de pago que no solo no remedian el mal sino que crean otros nuevos como la exclusión, el aplastamiento de los individuos bajo el nombre de alguno de los infinitos síndromes y la medicalización y burocratización de su existencia.
Un caso significativo es la epidemia que hoy se vive del llamado Síndrome de Deficiencia de Atención e Hiperactividad cuyo tratamiento con metilfenidato (bajo el nombre comercial de Ritalín o Rubifén) es un auténtico crimen. Esta sustancia que pertenece a la categoría de los estimulantes cercanos por sus efectos a la cocaína tiene consecuencias muy similares a los de ésta y a las anfetaminas, incluidos los comportamientos psicóticos, violentos y suicidas.
La obsesión de la izquierda por la mercantilización y la burocratización de todas las funciones vitales, vehículo de la hipertrofia estatal, su absoluto desprecio por las necesidades más básicas de la persona y en especial de la infancia, como la necesidad de amor, de contacto humano, de vida espiritual, de relación con el mundo exterior, de apego y separación seguros, de exigencia y límites, de observación del mundo, de descubrimiento de los otros como otros cercanos y distintos y en el mismo proceso de sí mismos como seres singulares y únicos, la reducción, en el ideario progresista, del ser humano a criatura fisiológica cuyo centro son las funciones corporales que, separadas de su intrínseca fusión con aquellas espirituales y afectivas básicas, convierten al individuo en autómata, replicante o monstruo, ser a la vez doliente y dañino, condenado a una existencia sin sentido, abocado a su ruina, es el origen del descarrilamiento social del presente.

Viendo la descompuesta situación actual se lanzan a culpar a las familias ¡de nuevo! de todos los conflictos y a pedir más dinero, más mercancías, más funcionarios y más servicios estatales, es decir a solicitar el aumento de los agentes creadores del problema, abriendo así una espiral de devastación sin límites.

Los servicios del Estado del bienestar son causa eficiente y principal de la destrucción de la infancia y pedir más  de esas mercancías es colaborar en sus funestas consecuencias.

El Estado no puede sustituir a las instituciones naturales humanas. El amor es el alimento auténtico del desarrollo infantil, el  crecimiento de la humanidad en las criaturas no es posible sino a través de los vínculos afectivos que no son una técnica, no pertenecen al ámbito de los conocimientos especializados y no pueden ser comprados o vendidos porque forman parte de otro ámbito. La familia, cuando es institución humana y no espurio producto del despotismo estatal es el lugar donde esos procesos se han desarrollado de forma natural de manera no perfecta pero sí genuinamente humana como procesos enraizados, además, en la cultura y en la historia.

Donde asciende el Estado y el capitalismo, progresa la profesionalización de los cuidados, los expertos dictan las normas sobre las que se desarrolla la vida, se convierten las necesidades básicas en servicios o mercancías, donde la familia es desaparecida o bien despojada de sus funciones para convertirse en célula de consumo y experiencias frívolas e intrascendentes, la infancia queda expuesta a la más horrible de la torturas, la carencia de amor verdadero, la soledad más destructiva, la falta de sentido de la vida y, por lo tanto, de futuro.

En “Refugio en un mundo despiadado. Reflexión sobre la familia contemporánea” Christopher Lasch anota que “La tensión entre la familia y el orden político, que en una etapa anterior de la sociedad burguesa protegía a los niños y los adolescentes de la influencia del mercado, disminuye gradualmente”, si en el pasado el grupo familiar fue el santuario emocional que permitía crecer en un entorno seguro a las criaturas y proporcionaba las herramientas básicas para enfrentar la vida con lucidez y decisión, hoy los niños y niñas crecen sin resguardo ni abrigo humano.

Lasch, que conocía de primera mano los movimientos contraculturales de los años sesenta del siglo XX,  tuvo la clarividencia de ver su carácter destructivo muy tempranamente y dibuja la imagen de una sociedad que se despeña a la barbarie tanto en el texto citado como en “La cultura del narcisismo”.

El trabajo asalariado ha sido otro factor fundamental de destrucción de la institución familiar, los padres y madres no viven ya con sus hijos sino algunos momentos de ocio, consumo y, cada vez más, actividades mercantilizadas, no comparten la vida en todas sus dimensiones por lo que terminan siendo unos desconocidos los unos para los otros. Dice Bruno Bettelheim  (“No hay padres perfectos”) que “la sociedad opulenta ha separado las actividades vitales del niño de las de sus padres, además ha puesto mucha distancia física entre ellos (…) entonces todos sufren porque viven emotivamente distanciados unos de otros”.

Las personas no podemos vivir sin vínculos, al menos no como humanas, la satisfacción de las necesidades vitales como indivisible unidad de necesidades físicas, psíquicas y espirituales es la base material de los lazos afectivos, no es sustituible por servicios y  mercancías. La familia, sobre todo cuando es familia extensa y compleja, trama orgánica sustentada en la continuidad genética del parentesco y a la vez abierta y disuelta en la comunidad de los iguales, es la mejor forma de crecer humanamente, hasta hoy no ha sido superada por ninguna otra forma de agrupamiento humano. La sublime comunión de las generaciones que nos fija a la línea de continuidad del tiempo es el modelo ideal para una sociedad que aspire a ser sustento de las formas humanas de vida.

El triunfo del desamor. El repudio de la infancia en la sociedad moderna


La continua caída de la natalidad es la expresión más clara de la desafección de la sociedad actual hacia los niños y las niñas, su ausencia en la experiencia cotidiana de millones de personas, la desaparición del deseo de maternidad-paternidad en un grupo creciente de mujeres y hombres, será un elemento importante en la destrucción de la civilización humana tal como la conocemos.

Los niños y niñas viven hoy segregados socialmente, molestan en casi todas partes, son ajenos al mundo de sus mayores, no comparten lenguaje, proyectos, intereses, problemas ni conflictos, en muchos casos ni siquiera comen lo mismo. En las sociedades de la modernidad tardía las criaturas están condenadas a llevar una existencia falsa, nutrirse de actividades, espacios, experiencias y diversiones especiales para ellos de manera que adultos e infantes casi parecen especies diferentes. Convertidos en objetos exóticos, no se les comprende lo que hace más fácil que ni se deseen ni se les ame.

No puede considerarse la desnatalidad en occidente como el resultado de la elección de los sujetos, o del aumento de la libertad de las mujeres como se dice sino de un proceso inducido desde arriba por el feminismo de Estado que es instrumento esencial de las instituciones coercitivas del poder(1). Las directrices institucionales han conseguido modificar de forma sustancial la conciencia de millones de mujeres y hombres que han pasado a considerar a los niños y niñas un elemento de opresión y explotación de sus madres, que se ven, según dicen, sometidas y limitadas en su independencia y pierden ventajas materiales así como posibilidades de consumo y diversión. En general, se considera que los hijos roban a sus madres la satisfacción de sus propias necesidades y deseos. Los derechos de las mujeres se presentan enfrentados a los de las criaturas e incompatibles con ellos.

La adhesión al trabajo asalariado y su derivado, el dinero y lo que se consigue a través de él, por parte de un sector decisivo de las mujeres es el factor de más peso en la renuncia e incluso el repudio de la experiencia maternal. El sistema educativo es un agente principal del adoctrinamiento contra la maternidad por ello el nivel académico es inversamente proporcional al número de hijos (en las clases bajas y medias, pues en la clase alta, en la actualidad, la fecundidad es más alta).

La caída demográfica no es pues el resultado de las dificultades económicas, la falta de ayudas estatales ni la elección autodeterminada de los individuos sino de la eficacia arrolladora de la maquinaria de dominación mental del Estado moderno que ha conseguido intervenir de forma decisiva en los impulsos más primarios de los sujetos, someter a sus designios las emociones, conductas y relaciones más íntimas instalándose un policía en la conciencia de cada individuo.

Un feminismo antimaternalista(2) que es anterior, pero que ha sido incorporado al feminismo de Estado) ha conseguido destruir en un sector significativo de las féminas el deseo de tener hijos (que afecta también a muchos varones). La falta de amor e interés por las criaturas produce un ascenso imparable del egoísmo como inevitable estado de quienes no tienen otra preocupación que su propia persona, se pierde la capacidad de apreciar los valores inmateriales como son los afectos, las relaciones, la comunicación con los otros, la ayuda, la colaboración, la convivencia, los vínculos o la simple alegría que las niñas y niños proporcionan a su entorno. La falta de obligaciones, responsabilidades y problemas, la ausencia de reflexión para solucionar los escollos de la educación y guiar el desarrollo de los hijos, tiende, a no ser que otras metas trascendentes sustituyan estas tareas, a embotar la inteligencia y arruinar la creatividad.

La exclusión social a que están sometidos los niños y niñas, que no participan de las conversaciones ni las reuniones sociales de sus mayores, ni de sus trabajos, obligaciones y diversiones, su aislamiento del mundo de los adultos, impide que puedan aprender de la vida real y los convierte, en muchas ocasiones, en seres fastidiosos y cargantes, incapaces de respetar las más elementales normas de la convivencia con los otros, ajenos a las necesidades y problemas de sus padres, egocéntricos y egoístas, esclavos de sus caprichos o apetencias, inconscientes y violentos. De este modo se cierra el círculo argumental y se confirma, para muchos, la máxima de que la crianza es una penosa experiencia.

Todas estas situaciones son solo una forma de materialización de los profundos conflictos que afectan a la práctica del acto genésico humano, acto que ha sido caotizado de modo trascendental por el aparato de adoctrinamiento de los poderosos.

Quienes se arriesgan a ser padres o madres en la sociedad presente carecen de certezas acerca de la tarea de criar, proteger y educar a sus hijos. En la sociedad tradicional los sujetos tenían contacto con los niños de forma cotidiana, compartían con la infancia momentos y situaciones vitales de todas las clases, observaban la forma como ejercían la maternidad las mujeres del entorno y también la manera como los hombres practicaban la paternidad, se incorporaban al acerbo de juegos, canciones, retahílas y poesías de la tradición oral que estaban basadas en el conocimiento profundo de los hitos del desarrollo infantil en todos sus aspectos: afectivo, comunicativo, motriz, relacional etc. En el mundo rural tradicional, por ello, el cariño hacia las criaturas se producía de manera natural(3) paralelamente al conocimiento de la idiosincrasia y singularidad de esta etapa de la vida, conocimiento que se transmitía de forma horizontal creando vínculos inquebrantables entre las generaciones.

En la actualidad la crianza ha sido enajenada de la comunidad de los iguales para ser dominio de los expertos(4), extendiendo la idea de que las madres y los padres no son competentes para educar a sus hijos, que no pueden guiarles ni comprenderles si no se ponen en manos de las autoridades del sistema. Se explica tal acontecimiento, no como lo que es, una pérdida, sino como una adquisición, argumentando que las familias tienen derecho a recibir del Estado la asistencia a las necesidades de sus hijos, embelleciendo el rostro de la máquina estatal capitalista que aparece como la locomotora del progreso social y la emancipación de los ciudadanos, sobre todo de las ciudadanas que se ven “liberadas” de la carga de sus hijos e hijas, para poder entregarse al trabajo productivo y el consumo de productos y diversiones.

Las relaciones materno-filiales (y, por extensión también las paterno-filiales) se construyen hoy a través de un intrincado revoltijo de teorías, casi todas ellas ajenas a la realidad y a la experiencia práctica. La madre, tan importante en el desarrollo infantil, es ahora, en muchos casos, una mujer angustiada por el conflicto entre sus intereses (no siempre auténticos) y los de sus hijos. Encuentra una enorme dificultad para conciliar el trabajo productivo y la crianza de manera que oscila entre las conductas de abandono y de hiperprotección convirtiéndose así en una figura ambivalente que genera una enorme inseguridad, miedo y dependencia en las criaturas.

Algunas corrientes del feminismo maternalista, no solo no han resuelto estos problemas, sino que han venido a embrollar aún más la experiencia de la maternidad convirtiendo a la mujer en sujeto de impulsos, pulsiones e instintos de búsqueda de placer a través de la reproducción (lo que puede definirse como una forma de neomachismo que nos reduce a nuestro útero) y al hijo o hija en objeto gratificante de consumo fisiológico-emocional, a la vez que sujeto de la protección inefable de una madre cuyo vínculo deviene, inevitablemente, en patológico. Concebidos ambos como entes dominados por sus pulsiones y deseos, básicamente físicos, que han de ser satisfechos de inmediato y despojados de los atributos humanos de la conciencia y la capacidad de elección de fines, su relación daña a los dos. Exacerbando el componente libidinal de la experiencia de la reproducción la adulteran y falsifican, pues la maternidad-paternidad es un acontecimiento de una gran complejidad que integra impulsos sexuales primarios, procesos afectivos, categorías morales y axiológicas, satisfacción de necesidades básicas y esenciales y elementos culturales y sociales, pero es, ante todo, un acto de amor, pues el vínculo afectivo hacia los hijos es el más desinteresado de los lazos que nos unen a los otros, y, por ello, el más humano. No es casual que la arqueología defina el carácter humano de las sociedades a través de la huella que en el registro arqueológico dejan las relaciones de afecto, de cuidado y dedicación a los dependientes, que están más allá de la crianza física (que es común a todos los mamíferos).

Así mismo se niega la fundamental singularidad de la paternidad y su aportación esencial y no sustituible a la crianza, expulsando a los hombres del hecho reproductivo tanto en la calidad de agentes participantes en la decisión, como en su contribución educativa.

Como resultado de todo ello se está transformando de forma radical, no solo la relación con los niños y niñas sino la concepción esencial de las personas, pues ya los infantes no son considerados seres humanos completos, dotados por ello de un valor intrínseco y una consideración primaria en tanto que individuos(5). De sus necesidades son excluidas la conciencia de sí mismos y del mundo-ambiente, la capacidad de elección en cuestiones limitadas pero muy reales y todas las demandas del espíritu. Al negarles los valores que son atributos de la humanidad se inicia un escabroso camino hacia la creación de una sociedad deshumanizada compuesta de individuos capaces de servir con diligencia en el trabajo, los ejércitos y las tareas que les sean encomendadas pero incompetentes para la libertad y la gestión autodeterminada de sí mismos y la sociedad.

En el pasado, a través de la educación como proceso social, lo humano, su sentido y significado, se reconstruía generación tras generación. El esfuerzo que empleaba la comunidad de los adultos en su labor educativa, incluía tanto la recogida de la experiencia acumulada cuanto su mejora a través de la propia práctica. Esta actividad, además precisaba de la reflexión sobre numerosos aspectos reales y concretos de la existencia humana y, por ello, estimulaba el ejercicio del análisis tanto como la capacidad práctica de tomar decisiones y obrar en consecuencia. Es obvio que el desafío vital de la maternidad-paternidad ayuda a superar, de alguna manera, las limitaciones inherentes a nuestra condición humana que nos arrastra muchas veces a la mezquindad y el egoísmo. Los niños se convierten así en agentes activos del desarrollo de la sociedad y gran potencia unitiva de los adultos pues ellos no son solamente el objeto de la educación sino también educadores en tanto que mejoran el entorno en que crecen y se convierten en instrumento de enriquecimiento personal de aquellos que les cuidan.

De la experiencia de la crianza y cuidado de los hijos resulta un crecimiento innegable de la capacidad individual y social para la convivencia, para crear vínculos y lazos comunitarios y desarrollar formas humanas de vida, su ausencia es expresión material (no la única pero sí importante) de una crisis civilizatoria de impredecibles consecuencias.


NOTAS:

(1) La inmigración es hoy el gran negocio del sistema, pues permite trasladar los costes de la crianza de los seres humanos a las mujeres de los países de Tercer Mundo. España tiene una población extranjera diez veces superior a su crecimiento natural por nacimientos, y gracias a ello el país se puede permitir una natalidad muy lejana a la tasa de reposición de la población. Por ello el antiguo sistema de opresión femenina que se basaba en inducir la alta natalidad para nutrir los ejércitos de los Estado ha sido radicalmente transformado hoy y sustituido por nuevas formas de opresión que consisten en destinar a las féminas a las obligaciones laborales y las propiamente militares con su incorporación a los ejércitos.

(2) Simone de Beauvoir, en “El segundo sexo”, dice que las mujeres “encierran dentro de sí un elemento hostil, la especie, que las roe” y apostilla que “la gestación es un trabajo fatigoso que no ofrece a la mujer ningún beneficio individual (sic)”, pensamiento monstruoso que es mera ideología de extrema derecha, un atentado a los fundamentos de la condición humana.

(3) En “Los desiertos de la cultura. Una crisis agraria” Santiago Araúz de Robles enfatiza la ternura del grupo hacia los niños y niñas y el lugar propio que estos tienen en la comunidad.

(4) En 1949, Benjamin M. Spock publicó “Tu hijo” puede considerarse este texto el hito de inicio, en el mundo anglosajón, de la gran perturbación que destruiría la transmisión cultural de los conocimientos acerca de la crianza. De ese texto se han vendido cincuenta millones de ejemplares y ha sido traducido a cuarenta y dos idiomas.

(5) Con argumentos como los que se pueden leer en un diario de gran tirada, “se limita (el bebé) a estrujar las ubres que le sostienen. Pero aparte de un calor humano animal, no produce un intercambio, sólo recibe. Pero se mitifica la maternidad para que nadie pueda racionalizar el proceso… esta gratificación impide muchas veces a las mujeres que su carrera profesional… pueda a su vez ser gratificante” El País 9-01-2001 “El precio de un hijo”, Josune Aguinaga. Con seguridad la persona que esto escribe no ha tenido nunca contacto con un bebé y no ha podido vivir y apreciar la capacidad afectiva, comunicativa, relacional e intelectual que desarrolla el ser humano desde su nacimiento. Si así es, no debería atreverse a componer frases tan rotundas como pérfidas.


(texto publicado en la revista digital de pedagogía “En la fila de atrás”)


Prado Esteban Diezma
pradoesteban@hotmail.com