La feminidad del siglo XXI

“El alma humana tiene necesidad de verdad y libertad de expresión” Simone Weil

"Ni cogeré las flores, ni temeré las fieras” Juan de Yepes



Humanización y revolución


Siempre me he sentido enormemente fascinada por esta imagen que representa un mundo del que tenemos mucho que aprender si deseamos reconquistar nuestra condición humana. La imagen de la pareja que baila y el contexto en que se presenta encarna la fusión de estados emocionales de gran valía e intensidad y valores y prácticas convivenciales de enorme significación. La pasión y arrebato erótico que muestra la pareja que nos mira y que intuimos en la que vemos de espaldas, La fuerza de comunicación corporal que expresan, de fusión con la música que casi aparece en la imagen, la potencia de la integración de la vida comunitaria, en la que mayores y pequeños, mujeres y hombres están unidos porque pertenecen al mismo mundo.

La foto está tomada en Albacete en 1900 y podría decirse que el autor captó el alma de la fiesta popular como experiencia excepcionalmente humanizadora.

COMPROMETERSE Y LUCHAR
PARA REHUMANIZARSE:
LAS MUJERES Y LA REVOLUCIÓN

“Solo en la adversidad se hallan las
grandes lecciones del heroísmo”
Lucio Anneo Séneca

Como cada 8 de marzo el bombardeo mediático-institucional entona, monótona y maquinal, la obsesiva letanía sobre la única y verdadera religión de las mujeres. Nadie cree ya en ella, pero nadie alza la voz contra la doctrina devenida en Confesión de Estado. Todas y todos cumplimos, ritual y mecánicamente, con la observancia de la liturgia sexista impuesta por las instituciones. Como el catolicismo durante el régimen de Franco, el sexismo político feminista se ha convertido en una pústula que emponzoña, por un lado, la vida social que se derrumba en la hipocresía y el guardar las apariencias y por otro, a cada uno de nosotros convertidos seres encogidos, pusilánimes y serviles.
Pero no se trata de reprobar la miseria moral y existencial de estos tiempos, escupir reproches y sarcasmos o exhibir una refinada misantropía, no hay nada de revolucionario en ese espíritu “crítico” y catastrofista, al contrario, como suele suceder con lo excesivo, el hipercriticismo es uno de los cimientos que sustentan el propio sistema. Si aspiramos a una acción transformadora, a la existencia de la revolución, al menos como proyecto, hay que aplicar la recomendación de Spinoza: “ante las cosas humanas, ni llorar, ni reír, ni indignarse, comprender”.
Es ese entender y penetrar lo real el meollo auténtico de la acción revolucionaria en el presente. Pues bien, los hechos son que las relaciones entre las mujeres y los hombres están gravemente dañadas por la política de género del Estado y que, con ello, toda la estructura de las relaciones sociales horizontales se está desmoronando. En ese contexto el sujeto medio, igual si es mujer o varón, se torna extremadamente débil e inseguro pues carece de redes y apoyos no sólo para relacionarse y socorrerse sino también para recibir los conocimientos socialmente construidos y aprehender lo real pues, dado lo limitado de la naturaleza humana, solo es posible acercarse a la multiplicidad y complejidad del mundo por la aportación de muchos.
Las mujeres, además, recibimos una cuota extra de ideas, conductas y formas de existencia dañinas a través del sexismo político, con ello se pretende que aprendamos a amar las cadenas y detestar la emancipación lo que explica que estemos desapareciendo de la brega por regenerar la sociedad y componer la oportunidad de una transformación revolucionaria.
Hemos perdido en primer lugar la más sagrada de las libertades, la de conciencia porque el permanente bombardeo de consignas está destruyendo en nosotras el pensamiento reflexivo. La imagen mental del mundo y el juicio sobre éste es sustituida por informaciones procesadas por la otra parte[1], vivimos así en la irrealidad y completamente manipulables.
Una de las más torcidas maniobras de desustanciación de la mujer es la reescritura de la historia que ha realizado el feminismo haciendo buena la profecía de Orwell, pues muy cierto que “quien controla el pasado controla el futuro, y quien controla el presente controla el pasado”. Legiones de reclutas teóricos han construido un mito sobre el patriarcado que ignora la realidad fáctica, concreta, temporal e histórica de éste, da origen a una fabulación sobre nuestro pasado que se presenta como una suma de horrores y sevicias, de ferocidad y encarnizamiento hacia la mujer llevada a cabo por los varones, ello tiene dos resultados de enorme destructividad, por un lado impone a las mujeres creer por fe una narración nunca demostrada, hecha de afirmaciones no verificables, datos descontextualizados o falsificados y consignas y órdenes, un relato que, en muchos casos, niega incluso su propia experiencia y exige a la mujer reinterpretar su biografía según el canon de la ortodoxia institucional. La obligación política de vivir en la mentira intoxica la psique, reprime de forma brutal e inmisericorde el juicio autónomo, nos aleja del mundo real y nos confina en un universo de ficciones y novelerías.
Por otro lado, puesto que todo lo que queda atrás es el mal, estamos forzadas a adherirnos al sistema presente que, al ser su negación, se justifica como el bien. Con ello se realiza un proceso de aculturación de masas al obligarnos a negar en bloque la tradición, es decir, la historia y la cultura de las clases preteridas, y acusar al pueblo de ser el reservorio del machismo y la violencia contra la mujer. Esto nos convierte en personas desarraigadas, compelidas a romper el vínculo con las generaciones pasadas, escupiendo sobre nuestros ancestros y vaciadas del sustrato cultural heredado, haciéndonos seres aislados de forma trascendental, sin raíces, desestructurados, sin sentido de pertenencia, avergonzados, débiles, desamparados y con una identidad tan frágil que es completamente maleable.
De este modo queda la mujer sumida en la confusión, la inseguridad y la parálisis; vaciada y preparada para ser reconstruida según los designios del poder. Se nos hace mucho más permeables a todas las formas de adoctrinamiento y manipulación mental que hoy son múltiples y de una eficacia aterradora, algunas diseñadas específicamente para nosotras[2].
Más este proceso no se impone únicamente a través de las armas metafísicas de las ideas, la modernidad ha hecho toda nuestra existencia regulada y dirigida desde fuera. La mujer vive entregada al trabajo asalariado con el sentimiento de que es el único camino a su liberación. Así, una actividad que Aristóteles consideró una forma peculiar de esclavitud, y de la que Simone Weil dice que es tan demoledora para la psique humana que solo se puede soportar si se renuncia al pensamiento, se legitima y se expande.
El trabajo a salario, prácticamente en su totalidad, es destructivo y cosificante, la mujer no solo no puede emanciparse por él, sino que es anulada y triturada en lo más esencial. La rutina laboral es una pedagogía para interiorizar el hábito de ser gobernadas desde fuera, dar carta de naturaleza a la jerarquía como forma más acabada del orden social, poner el dinero y lo monetario en el centro de la vida y renunciar a toda iniciativa personal en cualquier ámbito de la existencia. Frente a este sujeto encogido y dócil, la empresa cobra un poder inmoderado, las trabajadoras quedan en manos de sus jefes y jefas hasta en las cuestiones más íntimas y privadas.
Para encadenar a la mujer de forma más completa y permanente a ese nuevo estatuto de esclava feliz se promociona su estancia, lo más larga posible, en el sistema educativo, donde se la adoctrina y disciplina en lo intelectivo, matando la creatividad, la actividad reflexiva e incluso la curiosidad por el mundo real.
Todo aquello que conforma lo substancialmente humano es hoy tachado de opresivo. El amor ha sido demonizado tildándolo de “opio de la mujer”. Para las que no estén dispuestas a ignorar por completo la aspiración a un vínculo personal se ha elaborado un subproducto de consumo de masas al que llaman amor, que no pasa de ser una superficial adhesión al otro como objeto de consumo emocional o, algunas veces, un puro impulso narcisista que busca al otro como espejo de sí mismo. Además, la victimización femenina instigada por el poder envenena el diálogo amoroso; así, la fragilidad de las relaciones humanas en ese ámbito se convierte en otro desgarro en la ya debilitada red de la convivencia social.
La forma como se produce la existencia del sujeto medio de las sociedades de la modernidad tardía es también, propiamente, contraria al amor. El sustrato material de los afectos que son los cuidados, la interdependencia y la entrega desinteresada para cubrir las necesidades del otro ha sido arrasado por el crecimiento monstruoso del Estado del bienestar, la abundancia de derechos de los ciudadanos y ciudadanas y las llamadas conquistas obreras, son, en puridad, el camino a la degradación y deshumanización más completa. Las necesidades vitales, no pueden ser cubiertas por los servicios del Estado asistencial, es decir, convertidos en mercancías, sin generar un grado de frustración y vaciamiento afectivo severo, porque las necesidades físicas básicas están, en el sujeto humano, indisolublemente enraizadas en la vida afectiva. No es casual que en los países donde la asistencia institucionalizada es más eficaz, la violencia social se incremente, incluida la violencia contra la mujer.
El amor no puede existir si no es como obra, como hacer amoroso y no puede sustanciarse sino en las instituciones libres de la convivencia humana. El modelo de vida que ofrece el moderno Estado de Occidente es la negación más completa de ese principio, que fue el eje vertebrador de la cultura occidental en el pasado, de ahí que la aculturación, como liquidación de esa tradición, sea central para el poder en el presente. La desaparición de la familia corre pareja a la liquidación de la trama de la comunidad horizontal, la sustitución de los lazos comunitarios por la oferta de servicios profesionales dirigidos a las necesidades vitales es una abominación, porque vacía de contenido humano ese acto. Con todo ello el ideal de estar vitalmente con el otro, del compromiso sublime con nuestros semejantes de forma personal y singular en el amor sexuado, y de modo convivencial y comunitario en el amor social, experiencias que son intrínsecamente civilizadas, están desapareciendo ante nuestros ojos.
El vaciamiento interior de mujeres y hombres tiene otro hito fundamental en la intervención estatal sobre la vida sexual. El sexo, especialmente el heterosexual es hoy perseguido con saña por las instituciones, el uso del término heteropatriarcal es un ejemplo de la acometida contra la pulsión venérea que se dirige al sexo contrario. El constreñimiento y represión del ímpetu libidinoso en lo que tiene de espontáneo, natural y autoconstruido es la esencia del nuevo orden erótico que aspira a deshacer completamente el sujeto hasta sus raíces rompiendo las últimas fronteras del alma humana para colonizar absolutamente a unos seres que no podrán volver a ser llamados, cabalmente, personas.
El sexo es el paradigma de la unidad esencial que en el ser humano tienen el sustrato biológico y el psíquico y espiritual. En esa experiencia confluyen, cuando no está desustanciada, la brama del cuerpo, el apetito genésico, la socialidad básica, la pasión y, en su forma más soberbia, los afectos y los sentimientos más puros de amor; una integralidad en la que las necesidades más físicas se arraigan orgánicamente en las más espirituales. Hoy la ubicuidad del poder ha llegado a todos los rincones del alma y a los impulsos más radicales de las personas, con ello se produce una rotura fundamental en el sujeto, que queda desgarrado y dividido, es decir, deshumanizado.
El feminismo ha sido el vehículo privilegiado para imponer el nuevo orden sexual, fiscalizando de forma permanente la vida erótica de las mujeres y, a través de ello, la de los hombres, impidiendo la libertad sexual básica que implica que tal quehacer humano permanezca en el espacio de la vida no regulado, salvo por los principios más elementales de la voluntariedad, es decir la ausencia de coacción y de mercantilización. Así, el sexo libre está en trance de desaparecer, lo hará para reaparecer en forma de mercancía, es decir, vinculado a la prostitución y el mercadeo de objetos y utensilios para el placer solitario.
La unión carnal entre mujeres y hombres es aún más atropellada cuando se dirige a la reproducción. La libertad reproductiva de la mujer (y del hombre, por lógica) no existe en el presente. La maternidad ha sido, de facto, prohibida y sólo en condiciones precarias y conflictivas accede la mujer a este proyecto vital. De todos los lazos interhumanos el vínculo más complejo, profundo, humanizador, sublime y trascendente es el genésico, hay pocos actos más integrales y que anuden con más potencia la plenitud de lo humano.
La limitación a la reproducción se impone hoy como ideología dominante, vertida desde todos los medios ilegítimos destinados a la ingeniería psíquica. El bombardeo mediático liquida, en un número creciente de mujeres, la libertad para decidir en esta cuestión decisiva. Más allá de las ideas, actúa la represión directa de la que se encargan principalmente las empresas y los funcionarios del Estado del bienestar, que controlan y vigilan la observancia de la norma. A esa destrucción colaboran, de manera decisiva, la pobreza afectiva de la sociedad actual, el desencuentro entre las mujeres y los hombres, que se temen o se ignoran, la represión estatal de las relaciones amorosas intersexuales (por la ley positiva en el caso de la LOVG), la ausencia de la infancia que ha sido recluida en espacios ajenos a lo común y por lo tanto apartada del entorno integrado de la comunidad, la presión económica sobre los sujetos (una vez que el dinero ha tomado una posición central en la vida es usado para dirigir a la sociedad en función de los proyectos de quienes lo controlan) y la coacción de los grupos organizados de influencia, como el feminismo.
La génesis, la gestación y la crianza representan la fusión más perfecta de todas las dimensiones humanas. El carácter personal de esta función es incuestionable, en primer lugar por su singularidad biológica, al ser exaltadamente corpórea a la par que espiritual e incluso mística, pues funde, de forma real y material, dos seres humanos distintos en otro nuevo plenamente único y original, acto que, vivido con conciencia, es absolutamente humanizador y creativo. Además, en la labor educadora, el sujeto se autoconstruye y mejora sustancialmente, de modo que el crecimiento de la personalidad y la arquitectura de la propia identidad avanzan. Ayudar a crecer y auto-crearse a una persona es una labor que nos pone en contacto con nuestro ser más profundo y nos invita al auto-conocimiento.
En la dimensión social aporta el vínculo más sublime que puede vivirse, la fusión personal físico-psíquica más perfecta, es el paradigma en el que se inscriben todas las demás relaciones sociales, por eso la idea de fraternidad, de origen común, volcado hacia la vida social es el ideal más anhelado por el ser humano.
El ser histórico de la persona está también presente en esta experiencia que estructura el tiempo, lo hace presente como continuidad esencial entre generaciones, como proceso que enlaza el pasado, el presente y el futuro y como arraigo en la tradición viva de la comunidad, la historia tiene entonces, en palabras de Zubiri la labor de la “transmisión de sentido”, es decir, da significado a la vida, aúna la multiplicidad de la acción humana en el mundo.
La deconstrucción de la mujer integra su desmantelamiento como ser humano y la alienación de su singularidad sexuada, es decir, de su feminidad. Lo femenino es reescrito hoy como patética sombra de lo que fue, dándole la forma y substancia que al poder interesa.
Pero no es la mujer la única víctima de estas operaciones de demolición planificada del sujeto, paralelamente el varón es sometido a procesos muy similares en el resultado, aunque de diferente manera. En primer lugar se le somete a una maniobra de culpabilización, haciéndole responsable del desmoronamiento de la mujer[3], no de forma personal sino colectiva y, por lo tanto, estructuralmente determinada. El sentimiento de vergüenza por la masculinidad se hace patente en un número cada vez mayor de hombres, mientras en otros el conflicto interior degenera en un rebrote del machismo, la violencia, la degradación personal y la misoginia. El machismo, como detritus del patriarcado coexiste hoy con el sexismo feminista con el que compite y a la vez coopera en la destrucción de lo femenino y lo masculino auto-creado libremente.
El proceso iniciado llevará, si no se revierte, a que la masculinidad sólo exista en sus formas patológicas, como humillación de lo varonil y auto-negación o como machismo obsesivo, ambos modos son muy aprovechables para el sistema de dominación, pues degradan y destruyen al hombre como ser humano y como varón.
Lo que subyace en esto es la realidad de una catástrofe histórica. La deshumanización en curso, cuyo proceso tiene dimensiones más amplias y complejas que las aquí expuestas, que tan solo se refieren a las operaciones vinculadas a la política de sexos, está modificando radicalmente la sociedad como la hemos conocido en Occidente, una sociedad que estuvo históricamente bipartida entre el Estado como órgano del poder político de las elites y el pueblo que mantuvo siempre algún nivel de autonomía (mayor o menor según épocas), pero que limitó la capacidad de expansión del despotismo de las clases altas.
En la fenomenología de la deshumanización, la intervención sobre el mundo femenino es un factor fundamental, de ahí la rabiosa acción del poder para imponer el credo feminista, o al menos su programa, a toda la sociedad. El sometimiento, aún cuando es no activo, a la ortodoxia institucional es otro de los agentes de envilecimiento y degradación personal del sujeto. La resignación y la sumisión con que hoy se aceptan las formas más perversas de despotismo y dominación es parte sustancial de nuestra destrucción como seres humanos.
Sin la mujer ningún cambio revolucionario es pensable. Si la mujer desaparece de la brega por la regeneración de la sociedad, de la lucha contra la iniquidad y el despotismo este pervivirá durante milenios. Nuestra responsabilidad es grande y no debemos ignorarla.
Tomar conciencia de la trágica realidad en que vivimos ya es, por sí, un elemento de regeneración, porque el entendimiento y el juicio son formas señeras del quehacer humano, y su uso es factor esencial de la libertad más primaria. Comprender la realidad y comprendernos en el mismo proceso, es la tarea más apremiante para las mujeres, la más urgente e inexcusable, pues sin recuperar la conciencia como imagen auto-construida del mundo no podremos recuperar nuestra dignidad como personas.
El restablecimiento de la amalgama indivisible del ser personal en todas sus dimensiones, física, intelectiva, moral, convivencial, afectiva, volitiva, social e histórica, es el fundamento de cualquier revolución, un basamento que es anterior a la acción política, pero primario e indispensable porque constituye al sujeto capaz de engendrar en sí mismo ese proceso. Para la mujer significa auto-regenerarnos como seres humanos sin ninguna tara por razón de sexo, restituirnos como seres completos en nuestra singularidad sexuada, rehacernos sin la carga del complejo femenino, inculcado antaño por el machismo, y hoy por el feminismo dominante, es decir, plenas y soberanas.
Pensar que tal tarea puede hacerse despreocupada y cómodamente es un disparate, lo más básico, lo más primordial y elemental es lo más difícil de recuperar, la reconquista de nuestra humanidad como camino auténtico a la liberación, que no podrá ser liberación de la mujer sino de toda la sociedad, pues es ilusoria una emancipación que no contenga la totalidad de sujeto que se emancipa, que no se refiera a seres humanos completos e integrales también en su singularidad.
Tan importante como construir es olvidar, en cuanto a ello hemos de disponernos a abandonar la letanía de los derechos de la mujer (siempre otorgados por el poder); de la deuda histórica que la sociedad tiene con nosotras y que impone la discriminación positiva, es decir, el privilegio; renunciar a cuotas, ventajas, gracias y dispensas porque todo ello nos roba la soberanía sobre nosotras mismas, es decir, nos esclaviza y nos somete y, además, anula nuestra capacidad para ocupar un lugar en el mundo por nuestros propios méritos. Para crecer tenemos que aferrarnos a los deberes, elegir las tareas más difíciles, las más comprometidas, las más desinteresadas, como esforzado camino de regreso a la humanidad.
Tenemos, igualmente, que aceptar el sufrimiento y la angustia de transitar un itinerario lleno de conflictos, de incertidumbres y dificultades. Admitir el desasosiego que implica poner en cuestión las “verdades” fáciles por conocidas y otorgadas, para internarse en las ignaras regiones del conocimiento de realidades complejas, veladas por el poder y disminuidas por los saberes académicos y tolerar la desazón de situar nuestra propia persona como objeto de crítica y auto-transformación.
En esas tareas habremos de encontrar las grandes lecciones del heroísmo de las que habla Séneca, pues sin virtudes heroicas no podrá la mujer recuperar la excelencia de la propia humanidad. El heroísmo es hoy muy necesario, porque si la mujer no participa íntegramente en el combate por la emancipación la revolución será imposible.



[1] Estos procedimientos son parte del bagaje de la estrategia militar que hoy apunta a ampliar el escenario de la guerra a todos los ámbitos de la vida social, especialmente a la modificación de la conciencia del enemigo. Puede consultarse, para este tema, “Entender la guerra en el siglo XXI”, escrito por el oficial de la Armada Federico Aznar Fernández-Montesinos y prologado por Carme Chacón (Editorial Complutense 2011), efectivamente, comprender la guerra ayuda a comprender nuestra situación y nuestra vida que en realidad se desarrolla en un contexto de guerra abierta, asimétrica, del Estado contra un enemigo difuso y ya prácticamente vencido, el pueblo.

[2] Lo fue, en tiempos no tan lejanos, la radio, cuya programación se dirigía sobre todo a un público femenino y que tuvo una importancia decisiva en la destrucción el mundo rural en los años cincuenta y sesenta del siglo XX. Esto es una constatación de que la influencia de la mujer en las decisiones familiares fue considerable en el mundo tradicional, hecho conocido por las elites, que utilizaron la autoridad de las féminas en provecho propio. Así lo reconoce Cristina Borderías en “Historia Social” nº 17 aseverando que “muchas mujeres rurales eran las que iniciaban, diseñaban y apoyaban las estrategias migratorias propias y de otros miembros de la familia”. Hoy, son medios volcados en la feminidad, casi toda la novela y gran parte del cine. Pero el principal instrumento para la creación y difusión de la mentira política y la modificación ilegítima de la conciencia es, sin duda, la universidad en la que la presencia de la mujer ya es mayoritaria.

[3] Estas operaciones de ingeniería social no son nuevas. Al final de la II Guerra Mundial se ensayó con gran éxito contra el pueblo alemán. Con el apoyo de intelectuales pagados por las grandes grupos empresariales americanos como T. Adorno, se intervino masivamente sobre la conciencia de las clases preteridas alemanas culpándolas del nazismo, acusando a la tradición y a toda la cultura popular de ser nazi y culpable del genocidio, los procesos de vergüenza colectiva prepararon el terreno para la transformación más radical de la sociedad que, vaciada de su propia tradición no sólo fue ocupada militarmente sino aniquilada en su identidad e historicidad.

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