La feminidad del siglo XXI

“El alma humana tiene necesidad de verdad y libertad de expresión” Simone Weil

"Ni cogeré las flores, ni temeré las fieras” Juan de Yepes



8 de marzo, ritos para las nuevas religiones











8 DE MARZO, RITOS
PARA LAS NUEVAS RELIGIONES

“Es bello morir luchando”
Virgilio

Hay quien pretende presentar el 8 de marzo como una jornada de lucha de las mujeres. Lo cierto es que las manifestaciones que celebran esta fecha nunca han sido, en nuestro entorno, actos significativos por la participación popular pero, especialmente en los últimos años, se han convertido en patéticas procesiones que apenas congregan a unos pocos miles de personas en todo el territorio de lo que se llama España. Es curiosa esta ínfima representatividad callejera del movimiento que se autotitula como la mayor revolución de la historia.
Más nutridos son los numerosos actos institucionales que se ofician por doquier, en Universidades, Ministerios, Ayuntamientos etc., lo que es lógico porque el crecimiento del número de funcionarios, paniaguados y subvencionados en lo que cabría denominar la industria del género, es exponencial. Pero el episodio más simbólico a mi entender, es la ceremonia que se lleva a cabo cada año en un acuartelamiento del ejército español (en las últimas ocasiones se ha elegido alguna de las unidades desplegadas en misiones de agresión en el exterior) pues pone negro sobre blanco una verdad indiscutible, que el ejército es fundamento cardinal del Estado feminista .
La autenticidad de esta conmemoración queda muy en entredicho si tenemos en cuenta que fue la ONU la que, en 1977, declaró el día 8 de marzo como día internacional de las mujeres. Para dotar ese evento de identidad, se buscó una efeméride (el incendio de una fábrica en EEUU, del que se da una fecha errónea) y se fabricó una narración de las luchas femeninas desde principios del siglo XX, incorporando a esa falsa genealogía, hechos de escasa entidad como las acciones de las sufragistas o los proyectos de los partidos socialistas, en el primer cuarto del siglo XX, de dedicar un día a la mujer trabajadora (acción que, en la mayoría de los casos, pretendía ocultar su ideología misógina que actuaba los restantes 364 días del año y remarcar que la mujer solo contó, para estas formaciones, en cuanto trabajadora), a la vez que se apropian de numerosas luchas obreras y populares, con participación de mujeres, que nada tuvieron que ver con reivindicaciones feministas. Por supuesto todas estas efemérides pertenecen al mundo anglosajón, lo que es lógico, porque el feminismo se ha gestado en el mismo vientre del imperialismo mundial.
Lo anterior viene a corroborar algo que ya sabíamos. En primer lugar que casi todas las llamadas luchas feministas, y “conquistas” de la mujer, descontando las limitadas acciones del sufragismo, son construcciones a posteriori cuyo origen no es la actividad combativa de las féminas, verdaderamente existente en la historia y hoy olvidada, sino los designios de las elites mandantes, impuestos desde arriba a través de los organismos que representan a las principales potencias del planeta, como la ONU, y las fundaciones señeras del capitalismo mundial, siendo replicadas luego en cada Estado según sus intereses y necesidades, porque incorporar a un núcleo de mujeres a las elites políticas, económicas, militares, policiales, mediáticas, académicas o judiciales , es decir, a las más altas jerarquías del poder estatal, es un elemento irrenunciable del orden político presente. En segundo lugar, que la mentira es el cimiento en el que se asienta esta ideología que es hoy religión política de Estado, cuyos fundamentos doctrinales estamos obligados a obedecer.
Puestos a proponer celebraciones, sería más coherente y lúcido acercarnos a nuestra propia historia y conmemorar, por ejemplo, la magnífica gesta popular, con amplia participación femenina, en el motín contra Esquilache, iniciado en Madrid a finales de marzo de 1766. Aquellos grupos de aguerridas mujeres armadas que humillaron al embajador de Francia, al virrey de México y al nuncio papal, a las que un anónimo llamó “amazonas arrabaleras”, no dedicaban sus energías a la queja ni al enfrentamiento con los hombres sino que desafiaron a los poderosos con dignidad arrogante. Los hombres del pueblo no solo no dificultaron su presencia en la lucha sino que, cuando marchaba un escuadrón de féminas por las calles de Madrid, armadas, formadas en orden marcial, exclamaban embelesados, según cuentan las crónicas, que “daba gusto ver desfilar a aquellas mujeres”.
Podríamos tomar también cualquiera de los motines contra las Quintas que acometieron mujeres y hombres en común desde la instauración de la conscripción masculina, o los hitos de la presencia femenina en la lucha contra Napoleón, o, más cerca de nosotros, la valiente presencia de las milicianas en la Guerra Civil, que tuvo episodios de gran heroísmo hasta que la acción conjunta de republicanos, socialistas y proto-feministas consiguió expulsarlas del frente.
Puestos a celebrar, deberíamos festejar no el voto, que no ha significado nada ni para las mujeres ni para los hombres, no el trabajo a salario que ha sido carga y penalidad compartida con los varones, pero jamás instrumento de libertad, no la soledad obligada y la esterilidad forzosa sino nuestra capacidad de lucha, la fuerza y energía que tuvieron nuestras instituciones de convivencia horizontal, la orgullosa dignidad de nuestras ancestras, como legado inmaterial de enorme significación y el arraigo en lo bueno y noble que nos ha donado nuestra historia (no la de las élites ni la reescrita y deformada por el aparato académico).
Pero más que de exaltar el pasado de lo que se trata es de construir el presente y proyectar el futuro, la mujer ha de volverse a ver a sí misma no como objeto, sino como sujeto de la historia y de su propia vida, y, como tal, recuperar la determinación a contribuir en la tarea de la emancipación social, la de todos. Debemos considerar que la aportación de cada una de nosotras es insustituible y vital pues una sociedad sin Estado no se puede fundar sino en ese compromiso personal de todo el colectivo por el bien común.
Propongo que, en lugar del acostumbrado paseíllo entonando consignas del tipo “fuera vuestros rosarios de nuestros ovarios”, convoquemos una jornada para exaltar el heroísmo, la grandeza y la dignidad que han sido patrimonio de muchas generaciones de mujeres del pueblo y que hoy estamos en trance de perder, ahogadas por el alud de mediocridad, domesticidad, egoísmo y servilismo que impone la ortodoxia feminista, que nos condena a obedecer sin entender, no pensar, envilecernos por el privilegio otorgado por el poder y dedicar nuestra vida a lo pequeño (y a las cosas de mujeres) y lo degradante, el trabajo asalariado envilecedor en lo intelectivo tanto como en lo moral, el enfrentamiento con los hombres, la vida en soledad y la renuncia a la maternidad. Ello significa desprendernos de nuestra parte más humana para devenir en hembras, animales humanos, criaturas destinadas a la esclavitud.
Si verdaderamente amamos la libertad tendremos que asumir las responsabilidades que ello implica. Si tomamos en nuestras manos lo más difícil, lo más arriesgado, lo más comprometido ¿Quién podrá someternos?

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