“El alma humana tiene necesidad de verdad y libertad de expresión” Simone Weil

"Ni cogeré las flores, ni temeré las fieras” Juan de Yepes

Mostrando entradas con la etiqueta Masculinidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Masculinidad. Mostrar todas las entradas

La exaltación de lo femenino en la tradición

LA EXALTACIÓN DE
LO FEMENINO EN LA
TRADICIÓN

En “As Crabetas. Libro-museo sobre la infancia tradicional del Pirineo” Enrique Satué Oliván  recoge y reproduce en unos esmerados dibujos la representación simbólica que se hace de la mujer en una “rueca de capacico” para hilar el cáñamo, tarea tradicionalmente femenina.

Lo primero que llama la atención es la belleza del utensilio de trabajo, un dato que nos informa de la dignidad que tenían en esa sociedad las labores humanas asociadas a la satisfacción de las necesidades de la vida.

El trabajo fue en la comunidad tradicional  un elemento que integraba en sí valores de muy diversa índole; en primer lugar estaba destinado a atender las necesidades materiales del colectivo y por ello era una actividad útil  y valiosa que proporcionaba un enorme contento y afirmación personal al individuo, porque el ser útil a otros es, para la persona social, una necesidad primaria y sustantiva.

Además el trabajo era espacio de encuentro y convivencia, en este caso territorio femenino, ámbito especial de comunicación entre mujeres en el que se compartían intimidades y reflexiones, saberes, acervo de cultura y tradiciones; una esfera de construcción horizontal de la feminidad a través de compartir la vivencia singular de ese elemento multidimensional y complejo que es ser sujeto único y sexuado a la par que una más del común. Este carácter social y socializador de las tareas productivas daba a las faenas tradicionales un potencial enormemente  civilizador e integrador.

La alta valoración del trabajo, en este caso del trabajo de las mujeres, fue la base material de la estimación social de las personas que eran respetadas por su aportación singular al común, es decir, por sus méritos y obras propios y no por cortesía, por compasión o benevolencia.

Es evidente, cuando se observa la iconografía de las tallas de la rueca, que estas tareas femeninas estaban asociadas a la construcción colectiva y horizontal de la feminidad, no como esencia abstracta o platónica sino como vivencia compartida del valor que proveen las mujeres a la comunidad. Aparece en ella la mujer sexuada en la que destacan los pechos y el pez que emerge entre sus piernas. El pez, que fue símbolo del primer cristianismo, es también en algunas culturas paganas la representación de la erótica y la fertilidad femenina, así como una metáfora de la vulva. Es, en definitiva, la afirmación enérgica de sus atributos físicos y de su sexualidad, del contento de ser mujer.

Pero junto a ella aparece la imagen de Santa Orosia que representa, según Enrique Satué, a la mujer espiritual perpetuadora de la tradición, explicación que comparto pero a la que hay que añadir, yendo más allá, que no solo es depositaria de las tradiciones sino que la figura de la santa encarna a la mujer combatiente, valerosa y heroica que porta la espada y la palma del martirio. Es la mujer preparada para los desafíos más difíciles, para las batallas más penosas, mujer bizarra y esforzada.

He aquí la evidencia de que la cultura del pueblo no consideraba a la mujer como un ser plano destinado a agotarse en sus funciones sexuales sino como ser complejo, multidimensional, integral y no fragmentado. La potencia que alcanzó la feminidad  (y en correspondencia la virilidad) en esta cultura expresa mejor que nada la capacidad que esa sociedad tuvo para elevar y dotar de excelencia a los individuos que la habitaban.

El que existieran algunos espacios de lo femenino no significaba segregación ni encierro de la mujer pues se limitaban a ciertos momentos y ayudaban a dotar de fuerza y mismidad a las féminas que participaban igualmente en todas las demás tareas colectivas de forma activa y resuelta. Fueron un territorio de vínculos y relaciones en una civilización que proporcionaba una abundancia y complejidad de  ámbitos de socialización que permitían la creación de personalidades vigorosas  y cargadas de virtud.

La fuerza de lo colectivo, en esta sociedad, no fue el producto de la homogeneidad y la uniformidad sino de la concurrencia de las singularidades, de la celebración de la diferencia, de la expansión de la idiosincrasia de los sujetos.

Todo esto nos proporciona la oportunidad de reflexionar sobre la triste condición femenina del presente. La mujer de esta sociedad vive despojada de la vivencia de su naturaleza sexual[1], convertida en sujeto neutro, indefinido y ambiguo, así deviene en no-persona sino trabajadora pura, mano de obra en un mercado de esclavitud disfrazada, tropa para los ejércitos del sistema, obediente y cumplidora súbdita.

Los actuales espacios de mujeres se convierten fácilmente en ámbitos para la victimización, el resentimiento y la androfobia, lugares en los que la magnanimidad, el respeto de sí mismas y de la feminidad que exigen la consideración de la virilidad natural como un bien, tan excelente como nuestra propia condición sexuada, están excluidos. Son por ello espacios para la desfeminización, para el desarraigo de nuestra idiosincrasia auténtica, para la liquidación de nuestra originalidad y la exaltación de la condición de oprimidas, subordinadas y no-sujetos.

La necesidad de regenerar lo femenino, y por ende lo viril o masculino, en nuestra época es tarea que debemos asumir cada sexo de forma propia, pero no enfrentada, sino unidos en la tarea de encontrar caminos a la recuperación del tejido social de la convivencia, al respeto y dignificación de nuestras diferencias como un bien inapreciable para el desarrollo y creatividad de la comunidad.

Lo femenino de nuestra época habrá de construirse haciendo frente a los conflictos que este tiempo y esta sociedad nos han legado, es decir, desde el compromiso con el mundo, con el aquí y ahora de la humanidad, a ello debemos entregarnos con determinación  y bravura de mujeres y hombres de virtud.





[1] Entiendo que la mujer comparte con el varón la mayor parte de los problemas que se derivan de un sistema perverso y desquiciado pero que cada sexo tiene, como añadidos, aquellos que provienen de la manipulación de la idiosincrasia  sexuada y de la intimidad. De ello es de lo que hablo en este caso, sin pretender que aquellos otros problemas no tengan entidad e importancia, pero, cuando la nadificación del sujeto es hoy el principal escollo a la regeneración de la sociedad horizontal la cuestión sexual se ha convertido en un asunto de la mayor trascendencia porque permite operaciones de gran envergadura en el interior del individuo.

La palabra del hombre. Una reflexión sobre el machismo en el 8 de marzo


La palabra del hombre
Una reflexión sobre el machismo
en el 8 de marzo


“El poder es, en esencia, violencia”
Wrigth Mills


Miguel Lorente, el nuevo Malleus  Maleficarum (martillo de las brujas), vuelve a la carga esta semana. El que fue delegado del gobierno para la violencia de género en las dos legislaturas del PSOE, acusa a Inma Ocaña, mujer, doy fe porque soy su amiga, de mentir; y no solo acusa a Inma Ocaña de mentir, sino a los cientos de miles de mujeres que sabemos y decimos que existen las denuncias falsas, que la Ley de Violencia de Género no solo no resuelve el problema real del aumento de la violencia machista en nuestros días, sino que la atiza, fomenta todas las formas de violencia (pues existen otras violencias además de la machista) a la vez que condena a un gran número de varones inocentes y los maltrata institucionalmente (y de paso maltrata también a las mujeres vinculadas con ellos por lazos de amor).

Miguel Lorente (del PSOE más corrupto del Estado español, el andaluz), el diario el País (el de los anuncios de prostitución a toda plana), el parlamento en pleno (el de los políticos profesionales, peritos en corrupción y en mangoneo), el gobierno (de la derecha española venida directamente del franquismo), los funcionarios  y paniaguados del Estado (cobrando cada mes del negocio de la violencia de género), la industria de los servicios vinculados a este asunto (que nadie se llame a engaño, no son ONGs, los terapeutas y profesionales cobran por sus servicios, y cuantos más servicios prestan, más cobran), las antiguas ministras (mujeres detentadoras del poder ilegítimo del Estado sobre el pueblo) como la señora Alborch y las nuevas (de otro color político pero  la misma catadura), todos ellos,  humillan y maltratan a Inma Ocaña y a las innumerables mujeres que pensamos como ella. Dirige el linchamiento un hombre, Lorente, experto en amedrentar, amenazar y perseguir a las mujeres que no se sometan incondicionalmente a las órdenes de la jefatura feminista, que él, hombre, ha ostentado durante muchos años, y a las que no hablen al dictado de los funcionarios y funcionarias de la ortodoxia de los poderes del Estado. Supongo que Lorente, como casi todos los machistas, piensa que está justificada la agresión porque lo hace por nuestro bien, y que su palabra, de hombre, vale más que la de Inma Ocaña y todas las que deploramos la existencia de esa ley inicua y malvada que es la LOVG.

Se ha desatado una auténtica caza de brujas con el diario “El País” a la cabeza, el periódico de los anuncios de prostitución, el que usa el doble rasero para llamar a las asociaciones críticas con la ley de violencia de género “ruidosas asociaciones machistas”, mientras se financia con los anuncios de la compra-venta del sexo de las mujeres (los anuncios de dicho periódico son mayoritariamente de prostitución femenina), el órgano de los intereses de las corporaciones más poderosas del planeta, el verdadero asesino de la libertad de conciencia de innúmeras generaciones de féminas, cuya praxis le permite también practicar el linchamiento de mujeres, de todas aquellas díscolas con el discurso obligatorio del poder.

El País representa a la prensa que habla en nombre de las grandes corporaciones mundiales (los grandes bancos y fundaciones norteamericanas) que han diseñado una cárcel para la mujer que supere todas las limitaciones que tenía el patriarcado clásico, especialmente el occidental.

Lorente personaliza al partido que en el año 1931 votó en contra del sufragio femenino por considerar a las mujeres una fuerza reaccionaria, algo que era una mentira repugnante pues las mujeres no estaban en las iglesias rezando como decían, estaban y siguieron estando, en la primera fila de las luchas populares contra el poder[1], pero, eso sí, no se acercaban al PSOE que era, y lo sigue siendo, un partido de machos (que no de hombres) que solo consideraba a las mujeres, y las sigue considerando, en tanto que seres (votantes o trabajadoras, no mujeres) objeto de manipulación política y de explotación laboral.

El PP, fundado por el franquista Manuel Fraga, acompaña al coro, aunque no tienen el empuje y la vehemencia de los otros. Silenciosamente ha vuelto a resucitar el Ministerio de Igualdad, que tenía rango de Secretaría de Estado cuando llegó al gobierno. La derecha hoy es quien representa el feminismo de Estado, quien realiza las políticas de género que en nada han cambiado su orientación respecto a los anteriores gobiernos; es el que alimenta las campañas de “sensibilización” (adoctrinamiento) sobre la violencia de género y quien ha preparado un protocolo para su aplicación en el ámbito sanitario que es una auténtica estrategia para convertir a cientos de miles de trabajadores de la sanidad en policías y adoctrinadores de la mujer.

Se suman algunas feministas de rancio abolengo como Lidia Falcón, la fundadora del Partido Feminista y colaboradora del franquismo que trabajó codo con codo con la que fue Secretaria General de la Sección Femenina, Marichu de la Mora[2], con la que le unía, entre otras cosas, la loa de “El Segundo Sexo” de Simone de Beauvoir. Y Carmen Alborch, que se unió como ministra de cultura al PSOE más podrido y corrupto[3], el de la época de los GAL y el escándalo de los fondos reservados, vinculada al partido del terrorismo de Estado, reivindicado con la desvergüenza de quien cabalga sobre los lomos del pueblo como auténticos déspotas orientales.

La violencia con que se han desatado los poderes del Estado a través de la clase política y sus perros guardianes tiene por objeto crear el terror, asustar e intimidar a las disidentes de la “verdad” oficial, imponer la obediencia ciega de las mujeres a sus consignas y a sus proyectos. Es una estrategia para someter a la mujer apoyándose en esas relaciones de poder ilegítimas que les vienen dadas por ser detentadores y detentadoras de la autoridad del Estado, un poder históricamente constituido a través de la violencia (ellos tienen un ejército y muchas policías para defenderlo) y el control sobre la cultura (a través de numerosos sistemas de adoctrinamiento y manipulación de los que el sistema educativo es central) y es, por lo tanto, terrorismo machista.

Inauguran una etapa inquietante en la que puede hacerse realidad la profecía de Valerie Solanas en su manifiesto SCUM, de tener grupos de choque, al estilo de las SS nazis, que practiquen el terrorismo contra los hombres díscolos con el poder y las mujeres-macho. El Manifiesto SCUM ha tenido tres ediciones en castellano: la primera, de 1977, como referente en la creación del Partido Feminista que fue quien lo avaló, y las dos siguientes, de 2002 y 2008, que se pueden situar en relación con la LOVG, de la que son en realidad inspiración.

Para quien no conozca este texto, escrito en 1968 por Valerie Solanas, cuya androfobia militante la llevó a disparar sobre Andy Warhol, hay que señalar en primer lugar lo expresivo de su título, “Sociedad para el Exterminio del Hombre” ¿Cómo podría pensarse en ver en las estanterías de nuestras librerías un texto llamado “Sociedad para el exterminio de la mujer”?, imposible; sin embargo este repugnante libelo es considerado una obra de gran valor por un nutrido grupo de feministas subvencionadas, algunas durante más de medio siglo (como las prologuistas de dos de las ediciones, que son parte de las fundadoras del Partido Feminista, junto a Lidia Falcón) y otras catedráticas y profesoras, funcionarias del mayor aparato de destrucción de la libertad de conciencia conocido, muy por encima de la religión, la Universidad (pública y privada, por cierto).

Todas ellas, como nueva casta sacerdotal que aspira a dominar por completo la conciencia de las mujeres, presentan este inmundo alegato sexista y nazi como “un grito desesperado, un canto profético, la cólera retenida desde siempre por media humanidad”[4], y nos muestran a la autora como una “mujer visionaria” y símbolo de las que se revuelven contra la injusticia (los fascismos también se presentaron así). Así, ellas mismas, sus continuadoras, se invisten del poder de decidir los que caerán bajo sus acciones violentas, los hombres y mujeres-macho. Y, ¿quién señalará los individuos que representen estas categorías?, ellas y ellos por supuesto, aupados en lo más alto de la pirámide del poder.
Este feminismo de extrema derecha no es una broma o una locura sin consecuencias. En primer lugar, ¿qué panfleto ridículo escrito por una desequilibrada con impulsos asesinos habría conseguido la significación histórica de este libelo? Si SCUM se ha convertido en un referente para un movimiento feminista vinculado a los Organismos Internacionales, los gobiernos, las grandes instituciones de la política y las Fundaciones de las señeras corporaciones del capitalismo mundial es porque forma parte de las estrategias de esas instituciones, si no fuera así, no hubiera pasado de ser un papelucho mecanografiado por una chiflada.

Los objetivos de semejantes operaciones son, en primer lugar, formar escuadrones para manejar y dominar a las masas (masas o vulgo, que no pueblo). En segundo lugar, crear el modelo de mujer apta para nutrir los ejércitos y las policías, cuestión ésta esencial para poder pensar en el mantenimiento del poder imperial de las potencias occidentales frente al ascenso de los nuevos imperios económicos y políticos. En tercer lugar, separar definitivamente a las mujeres de los hombres y generar movimientos de destrucción de toda vida horizontal que colaboren al ascenso y crecimiento del Estado, teniendo siempre en la manga la opción de desatar movimientos exterminacionistas o genocidas como instrumento de control y de poder.

Son motivos estratégicos y vitales para el sistema que se encuentra atravesando la peor crisis de los últimos quinientos años y que necesita construir definitivamente el Estado-Total sobre las ruinas de la sociedad civil y los despojos humanos de lo que antes fue el pueblo, para erigir un imponente aparato de dominación sobre unas masas bestializadas y obedientes. No se permitirá, por ello, ninguna disidencia, la persecución será implacable.

En primer lugar se acusa a Inma y a todas las que pensamos como ella de no usar datos contrastados, se nos exige usar únicamente los datos creados por ellos, los oficiales, de modo que estamos obligados a creer en lo que nos dice un organismo que no es  independiente, sino que forma parte del aparato que implementa y defiende la LOVG. En este asunto, como en el caso de la tortura, los datos que maneja el Estado no coinciden con los de, por ejemplo, Amnistía Internacional, que sí es una asociación independiente del gobierno.

Por otro lado, los propios datos del gobierno son muy difíciles de contrastar, pues afirma el Ministerio de Sanidad que las denuncias solo representan “entre el 5 al 10% de los casos que se producen”; la pregunta que surge es: ¿cómo han llegado a estos datos? ¿Tienen una cámara en cada dormitorio y en cada casa?  Lidia Falcón se permitía la licencia de afirmar, en su texto “Violencia contra la mujer” de 1991, que en el Estado español había entre 200.000 y 2.000.000 de maltratadas sistemáticamente... ¡qué horquilla tan amplia para ir imponiendo datos no verificables! Y en 2011 decía que existían dos millones de “apaleadas sistemáticamente”; ¿dónde ha contrastado Lidia Falcón esos datos?, ¿por qué se dan por ciertos cuando no pueden ser comprobados de forma alguna?

Lo comprobable es que la versión oficial contiene algunas mentiras confirmadas como por ejemplo la afirmación que se hace en el preámbulo de la ley de que “en la realidad española, las agresiones sobre las mujeres tienen una especial incidencia”, porque, en los hechos, no solo no es así, sino que incluso con el crecimiento actual, seguimos teniendo una de las tasas más bajas de Europa y del mundo, que se situaba en 2006 (desde entonces no nos ofrecen datos sobre ello) en 2,8 muertas por millón de mujeres, mientras en la próspera, moderna y feminista Finlandia se producen 9,35 muertas por millón de mujeres, en EEUU son un 8,36, en Inglaterra un 4,20. Es más, si se hace un desglose la tasa de víctimas extranjeras en nuestro país es de 12,44 mujeres muertas por millón de mujeres extranjeras, mientras que la de españolas es de 1,98 por millón.

Y, si su principal argumento es una mentira, ¿por qué hemos de creer que los datos que dan son verdad?

Lo cierto es que el auténtico maltrato, que existe, no es el objeto de esta ley, por eso ese maltrato, cargado de evidencias y manifestaciones reales es bastante ignorado mientras se dirige mucho más a crear nuevas figuras delictivas como la “violencia simbólica” y, la más asombrosa aún, “violencia invisible”, para que cualquier cosa pueda ser calificada de maltrato aplicándole el principio de la invisibilidad y confundiéndolo todo.

Así los datos no han de ser verificables pues dependen de elementos subjetivos y misteriosos no perceptibles. Se desea adecuar la mentalidad de la mujer a un subjetivismo delirante, a un estado de ofuscación y aturdimiento permanente que le impida comprender y percibir su realidad, una adecuación de la conciencia que se corresponde más con esos estados de credulidad extrema que se nutre de milagros, apariciones y prodigios similares. El maltrato entra así en el dominio de lo esotérico y lo hermético y necesita de sus mediadores o brujos que ejercen de traductores de lo real.

Se supone además, que las mujeres no sabemos reconocer el maltrato, que necesitamos  profesionales y expertos que nos lo muestren, nos lleven de la mano, nos interpreten nuestras propias experiencias, por eso en el “Protocolo para la actuación sanitaria ante la violencia de género” redactada por el PP se dice que “existen múltiples dificultades para reconocer la violencia de género, tanto por las mujeres que la sufren, como por parte de los profesionales del sistema sanitario”. En conclusión, solo el Estado conoce la realidad y sólo él puede dirigir nuestras vidas. Y ¿si existen tantas dificultades para reconocerlo? ¿Cómo sabemos que las 135.000 denuncias anuales son verdaderas y no falsos reconocimientos? Pero, con su maquiavélico argumento se nos impone que las mujeres que no nos sentimos maltratadas mentimos y solo dicen la verdad la totalidad de las que denuncian a sus parejas, es decir, las que obedecen el mandato estatal de enfrentarse con sus pares.

La sociedad de Orwell está servida, el Ministerio de la Verdad es el encargado de esclarecer las tinieblas en que vivimos. ¿Es que no es evidente el deplorable machismo de semejante argumento? ¿Por qué las mujeres tenemos que renunciar a nuestra propia reflexión sobre la experiencia para sumarnos a una teoría sobre lo que nuestra vida es dictada por una institución que, de momento, sigue siendo mayoritariamente masculina?

Pero si no nos sometemos al gobierno y fiscalización institucional de todos nuestros actos vitales entonces somos acusadas de connivencia con la violencia machista. Así, en agosto de 2011, casi toda la prensa señala que 240.000 mujeres justifican la violencia machista. Y ¿dónde se han contrastado estos datos? ¿Por qué 240.000 y no 2.000.000? ¿Cómo de una muestra de 2000 personas, que además está falseada[5], pueden sacarse tantas conclusiones?  Vemos de nuevo que los datos de la realidad son fabricados directamente en los despachos de los ministerios.

No obstante me agrada ver la virulencia con que se han lanzado contra nosotras, creo que en ello hay un rasgo de debilidad y miedo, la conciencia de que, hoy por hoy, no han conseguido dominar a toda la sociedad, el sexismo no ha adquirido carta de naturaleza en amplios sectores sociales.

El sexismo es hoy atizado por el Estado a través de la falsificación de la historia y de la realidad presente que hacen las instituciones y de los privilegios que se otorgan a la mujer que incluyen los que se derivan de LOVG (por ejemplo que su palabra sea prueba fehaciente en un juicio y no necesiten de otra evidencia) hasta privilegios económicos en diversos campos. Tal situación podría haber dado origen a un movimiento de hombres en contra de las prerrogativas de las mujeres (objetivo auténtico de tales operaciones) PERO ESTO NO HA SUCEDIDO (solo una ínfima minoría de hombres esgrimen argumentos verdaderamente sexistas contra estos hechos). Únicamente la Ley de Violencia de Género, por su especial brutalidad, ha sido contestada, pero no por los hombres, sino por los hombres y las mujeres unidos.

Sin embargo es necesario dar un paso más, necesitamos comprender que los privilegios sobre la mujer son la forma particular cómo somos sometidas, humilladas y destruidas. Mientras que para los varones se destina la represión, el insulto y la difamación, para las féminas el sistema utiliza la adulación (narcisismo) y el  desprecio (complejo y vergüenza de la feminidad) a partes alícuotas por un lado, y, por otro, la gracia y preferencia institucional, los derechos, como instrumentos para el quebranto de nuestras facultades y de nuestra autonomía.

Las mujeres no hemos ganado nada con  la victimización, por el contrario, somos hoy el espacio de la desolación, sujetos de un feminicidio real, espiritual y físico. El consumo de psicofármacos se dispara y ya el 10% de las mujeres consumen drogas para soportar la existencia, la enfermedad mental es la tercera causa de muerte entre nosotras y, lo que es más trágico, entre las mujeres en la edad más creativa y poderosa de la vida femenina, entre los 30 y los 34 años, el suicidio es ya la primera causa de muerte. La explicación interesada que los feministas del Estado dan a estos hechos es que son las secuelas del  machismo y del maltrato que sufrimos, pero, si justamente estamos en el momento de la historia en que esta lacra está, por fin, siendo corregida ¿no deberían las cifras de dolor y sufrimiento de las mujeres estar disminuyendo y no creciendo, como sucede?

Los privilegios de la mujer no son tales, las mujeres del pueblo no ganamos nada porque lo que recibimos no puede compensar, ni remotamente, lo que perdemos. Si una autónoma tiene ventajas económicas sobre el trabajador por cuenta propia varón, si la mujer es favorecida por las leyes del Estado ¿qué significa eso? Significa únicamente que tendremos beneficios en aquellos terrenos a los que nos dirige el poder que nos otorga esos derechos, que, como el conductismo clásico, usa el refuerzo positivo/negativo para hacer de nosotras el nuevo perro de Pavlov, seres manipulados completamente. ¿Qué son esas migajas cuando hemos perdido el control sobre la propia existencia, cuando se nos obliga a la soledad, se nos niega el uso de la propia inteligencia, se nos despoja de la voluntad y el albedrío, se nos prohíbe la maternidad y la vida erótica? ¿Cómo podría el dinero y el privilegio del odio que ofrece la LOVG compensar la pérdida de nuestra humanidad?

Bajo este sistema todos los privilegios tienen el rostro de la esclavitud, en el pasado las supuestas prebendas de que gozaban los varones iban acompañadas de obligaciones, algunas livianas aunque injustas, como hacerse responsables y proteger a las mujeres, y otras atroces y monstruosas, la de servir al Estado como soldados en las guerras. Los feministas, cuando hablan del patriarcado OCULTAN su realidad, la de los millones de hombres que morían en conflagraciones que no habían creado ellos sino las instituciones del poder, y, por lo tanto MIENTEN.

Casi nadie ha sabido ver la cara oculta en todas estas operaciones de “deferencia” hacia la mujer, el hecho de que estamos abocadas a participar en las próximas guerras, en los formidables e inevitables conflictos que se avecinan. En las próximas guerras las mujeres iremos en la primera línea a morir por la patria, por los intereses de los poderosos y poderosas de nuestros países. A ello sirven las políticas de género, las espurias prebendas, el adoctrinamiento en la violencia, el victimismo exterminacionista y la creación de una figura del enemigo en el varón, el fanatismo feminista, la implantación de los disvalores del odio, el egoísmo, la desconfianza, la asocialidad, la miseria moral y espiritual que son la destrucción del ser humano de la mujer para su reconversión en ser para la guerra.

Por eso sería un error considerar que estas leyes inicuas son leyes contra el hombre, no es así, están pensadas contra los hombres y las mujeres del pueblo, para destruir todo rastro de vida horizontal, de comunidad y vínculos de amor y de concordia entre los pares. Por eso, los perros guardianes del sistema se han lanzado con auténtica ferocidad contra Inma Ocaña y todas las que no nos sometemos a la obligación de actuar al dictado de los Lorente y a arrodillarnos ante su palabra, la palabra del poder o, como dicen ellos, del hombre.

Pues bien, en este 8 de marzo tal vez haya llegado el momento de que las mujeres nos pongamos de pie frente al repugnante machismo de los que se han erigido como nuestra conciencia y nuestra guía, tal vez sea el momento de recoger nuestros deberes como auténtico tesoro espiritual que nos conduce por el intrincado y comprometido camino de la libertad y nos acerca a la vida auténtica, a la vida humana.

Tal vez es el momento de que estos movimientos anti-femeninos y anti-populares se encuentren con las mujeres dispuestas a hacerles frente, a no callar, a no agachar la cerviz ante este feminismo de machitos y señoronas que desea cerrarnos la boca, doblegarnos para poder luego utilizarnos en su provecho.

En este 8 de marzo tenemos que hacer retroceder al machismo institucional y prepararnos para las difíciles tareas que tenemos enfrente y en las que debemos aspirar a ocupar la primera línea: la regeneración del pueblo como sujeto de una revolución integral.




[1] En “Feminicidio o auto-construcción de la mujer. Volumen 1. Recuperando la historia”, Félix Rodrigo y yo hemos demostrado que los argumentos sobre la historia en que se sustenta el feminismo de Estado y la LOVG son mentira, y lo demostramos con una avalancha de datos. Ellos, en cambio, se limitan a repetir como un mantra sus consignas, y a imponerlas por la fuerza y la agresión.

[2] En su biografía de Pilar Primo de Rivera, María Antonia Fernández dedica bastante espacio a éste asunto, señalando que en sus “Memorias Políticas (1959-1999) la fundadora del Partido Feminista ofrece una imagen desvaída y velada de sus relaciones con la Sección Femenina, relaciones que fueron públicas pues ella fue llamada a colaborar en el diario Informaciones por Marichu de la Mora.

[3] Alborch asumió la cartera de Cultura en el año 1993, cuando se acababan de destapar dos de los escándalos de corrupción y abuso de poder más graves del postfranquismo, no tuvo escrúpulos morales para unirse al partido de la perfidia maquiavélica, el terror y el crimen como vocación política.

[4] De la edición de Herstory, 2008.

[5] De la encuesta se infiere que todos los que no concuerden con que el único origen de la violencia de la pareja es el machismo de los hombres y apunten otros factores como la drogadicción, el alcoholismo etc, justifican y aprueban la violencia de género.

Audio: "El planeta militarizado: grandes ejércitos y situación geoestratégica mundial"



Audio charla en Salamanca: “El planeta militarizado: grandes ejércitos y situación geoestratégica mundial”
4 de mayo de 2012.

Tengo que hacer una corrección a lo dicho en Salamanca, cuando he mencionado la fecha de edición del libro de Paul Kennedy “Auge y caída de las grandes potencias” dije, erróneamente que era 1998, no es así, sino que fue publicado en 1988. Es pertinente la corrección porque su análisis sobre China se refiere a los años ochenta y no a finales de los noventa.
Por lo demás trato en esta ocasión de temas de enorme trascendencia de los que apenas he arañado la superficie, mi compromiso es seguir comprendiendo y analizando las enseñanzas de los procesos históricos y de los de la actualidad para comprender el mundo y participar en su transformación.

Humanización y revolución


Siempre me he sentido enormemente fascinada por esta imagen que representa un mundo del que tenemos mucho que aprender si deseamos reconquistar nuestra condición humana. La imagen de la pareja que baila y el contexto en que se presenta encarna la fusión de estados emocionales de gran valía e intensidad y valores y prácticas convivenciales de enorme significación. La pasión y arrebato erótico que muestra la pareja que nos mira y que intuimos en la que vemos de espaldas, La fuerza de comunicación corporal que expresan, de fusión con la música que casi aparece en la imagen, la potencia de la integración de la vida comunitaria, en la que mayores y pequeños, mujeres y hombres están unidos porque pertenecen al mismo mundo.

La foto está tomada en Albacete en 1900 y podría decirse que el autor captó el alma de la fiesta popular como experiencia excepcionalmente humanizadora.

COMPROMETERSE Y LUCHAR
PARA REHUMANIZARSE:
LAS MUJERES Y LA REVOLUCIÓN

“Solo en la adversidad se hallan las
grandes lecciones del heroísmo”
Lucio Anneo Séneca

Como cada 8 de marzo el bombardeo mediático-institucional entona, monótona y maquinal, la obsesiva letanía sobre la única y verdadera religión de las mujeres. Nadie cree ya en ella, pero nadie alza la voz contra la doctrina devenida en Confesión de Estado. Todas y todos cumplimos, ritual y mecánicamente, con la observancia de la liturgia sexista impuesta por las instituciones. Como el catolicismo durante el régimen de Franco, el sexismo político feminista se ha convertido en una pústula que emponzoña, por un lado, la vida social que se derrumba en la hipocresía y el guardar las apariencias y por otro, a cada uno de nosotros convertidos seres encogidos, pusilánimes y serviles.
Pero no se trata de reprobar la miseria moral y existencial de estos tiempos, escupir reproches y sarcasmos o exhibir una refinada misantropía, no hay nada de revolucionario en ese espíritu “crítico” y catastrofista, al contrario, como suele suceder con lo excesivo, el hipercriticismo es uno de los cimientos que sustentan el propio sistema. Si aspiramos a una acción transformadora, a la existencia de la revolución, al menos como proyecto, hay que aplicar la recomendación de Spinoza: “ante las cosas humanas, ni llorar, ni reír, ni indignarse, comprender”.
Es ese entender y penetrar lo real el meollo auténtico de la acción revolucionaria en el presente. Pues bien, los hechos son que las relaciones entre las mujeres y los hombres están gravemente dañadas por la política de género del Estado y que, con ello, toda la estructura de las relaciones sociales horizontales se está desmoronando. En ese contexto el sujeto medio, igual si es mujer o varón, se torna extremadamente débil e inseguro pues carece de redes y apoyos no sólo para relacionarse y socorrerse sino también para recibir los conocimientos socialmente construidos y aprehender lo real pues, dado lo limitado de la naturaleza humana, solo es posible acercarse a la multiplicidad y complejidad del mundo por la aportación de muchos.
Las mujeres, además, recibimos una cuota extra de ideas, conductas y formas de existencia dañinas a través del sexismo político, con ello se pretende que aprendamos a amar las cadenas y detestar la emancipación lo que explica que estemos desapareciendo de la brega por regenerar la sociedad y componer la oportunidad de una transformación revolucionaria.
Hemos perdido en primer lugar la más sagrada de las libertades, la de conciencia porque el permanente bombardeo de consignas está destruyendo en nosotras el pensamiento reflexivo. La imagen mental del mundo y el juicio sobre éste es sustituida por informaciones procesadas por la otra parte[1], vivimos así en la irrealidad y completamente manipulables.
Una de las más torcidas maniobras de desustanciación de la mujer es la reescritura de la historia que ha realizado el feminismo haciendo buena la profecía de Orwell, pues muy cierto que “quien controla el pasado controla el futuro, y quien controla el presente controla el pasado”. Legiones de reclutas teóricos han construido un mito sobre el patriarcado que ignora la realidad fáctica, concreta, temporal e histórica de éste, da origen a una fabulación sobre nuestro pasado que se presenta como una suma de horrores y sevicias, de ferocidad y encarnizamiento hacia la mujer llevada a cabo por los varones, ello tiene dos resultados de enorme destructividad, por un lado impone a las mujeres creer por fe una narración nunca demostrada, hecha de afirmaciones no verificables, datos descontextualizados o falsificados y consignas y órdenes, un relato que, en muchos casos, niega incluso su propia experiencia y exige a la mujer reinterpretar su biografía según el canon de la ortodoxia institucional. La obligación política de vivir en la mentira intoxica la psique, reprime de forma brutal e inmisericorde el juicio autónomo, nos aleja del mundo real y nos confina en un universo de ficciones y novelerías.
Por otro lado, puesto que todo lo que queda atrás es el mal, estamos forzadas a adherirnos al sistema presente que, al ser su negación, se justifica como el bien. Con ello se realiza un proceso de aculturación de masas al obligarnos a negar en bloque la tradición, es decir, la historia y la cultura de las clases preteridas, y acusar al pueblo de ser el reservorio del machismo y la violencia contra la mujer. Esto nos convierte en personas desarraigadas, compelidas a romper el vínculo con las generaciones pasadas, escupiendo sobre nuestros ancestros y vaciadas del sustrato cultural heredado, haciéndonos seres aislados de forma trascendental, sin raíces, desestructurados, sin sentido de pertenencia, avergonzados, débiles, desamparados y con una identidad tan frágil que es completamente maleable.
De este modo queda la mujer sumida en la confusión, la inseguridad y la parálisis; vaciada y preparada para ser reconstruida según los designios del poder. Se nos hace mucho más permeables a todas las formas de adoctrinamiento y manipulación mental que hoy son múltiples y de una eficacia aterradora, algunas diseñadas específicamente para nosotras[2].
Más este proceso no se impone únicamente a través de las armas metafísicas de las ideas, la modernidad ha hecho toda nuestra existencia regulada y dirigida desde fuera. La mujer vive entregada al trabajo asalariado con el sentimiento de que es el único camino a su liberación. Así, una actividad que Aristóteles consideró una forma peculiar de esclavitud, y de la que Simone Weil dice que es tan demoledora para la psique humana que solo se puede soportar si se renuncia al pensamiento, se legitima y se expande.
El trabajo a salario, prácticamente en su totalidad, es destructivo y cosificante, la mujer no solo no puede emanciparse por él, sino que es anulada y triturada en lo más esencial. La rutina laboral es una pedagogía para interiorizar el hábito de ser gobernadas desde fuera, dar carta de naturaleza a la jerarquía como forma más acabada del orden social, poner el dinero y lo monetario en el centro de la vida y renunciar a toda iniciativa personal en cualquier ámbito de la existencia. Frente a este sujeto encogido y dócil, la empresa cobra un poder inmoderado, las trabajadoras quedan en manos de sus jefes y jefas hasta en las cuestiones más íntimas y privadas.
Para encadenar a la mujer de forma más completa y permanente a ese nuevo estatuto de esclava feliz se promociona su estancia, lo más larga posible, en el sistema educativo, donde se la adoctrina y disciplina en lo intelectivo, matando la creatividad, la actividad reflexiva e incluso la curiosidad por el mundo real.
Todo aquello que conforma lo substancialmente humano es hoy tachado de opresivo. El amor ha sido demonizado tildándolo de “opio de la mujer”. Para las que no estén dispuestas a ignorar por completo la aspiración a un vínculo personal se ha elaborado un subproducto de consumo de masas al que llaman amor, que no pasa de ser una superficial adhesión al otro como objeto de consumo emocional o, algunas veces, un puro impulso narcisista que busca al otro como espejo de sí mismo. Además, la victimización femenina instigada por el poder envenena el diálogo amoroso; así, la fragilidad de las relaciones humanas en ese ámbito se convierte en otro desgarro en la ya debilitada red de la convivencia social.
La forma como se produce la existencia del sujeto medio de las sociedades de la modernidad tardía es también, propiamente, contraria al amor. El sustrato material de los afectos que son los cuidados, la interdependencia y la entrega desinteresada para cubrir las necesidades del otro ha sido arrasado por el crecimiento monstruoso del Estado del bienestar, la abundancia de derechos de los ciudadanos y ciudadanas y las llamadas conquistas obreras, son, en puridad, el camino a la degradación y deshumanización más completa. Las necesidades vitales, no pueden ser cubiertas por los servicios del Estado asistencial, es decir, convertidos en mercancías, sin generar un grado de frustración y vaciamiento afectivo severo, porque las necesidades físicas básicas están, en el sujeto humano, indisolublemente enraizadas en la vida afectiva. No es casual que en los países donde la asistencia institucionalizada es más eficaz, la violencia social se incremente, incluida la violencia contra la mujer.
El amor no puede existir si no es como obra, como hacer amoroso y no puede sustanciarse sino en las instituciones libres de la convivencia humana. El modelo de vida que ofrece el moderno Estado de Occidente es la negación más completa de ese principio, que fue el eje vertebrador de la cultura occidental en el pasado, de ahí que la aculturación, como liquidación de esa tradición, sea central para el poder en el presente. La desaparición de la familia corre pareja a la liquidación de la trama de la comunidad horizontal, la sustitución de los lazos comunitarios por la oferta de servicios profesionales dirigidos a las necesidades vitales es una abominación, porque vacía de contenido humano ese acto. Con todo ello el ideal de estar vitalmente con el otro, del compromiso sublime con nuestros semejantes de forma personal y singular en el amor sexuado, y de modo convivencial y comunitario en el amor social, experiencias que son intrínsecamente civilizadas, están desapareciendo ante nuestros ojos.
El vaciamiento interior de mujeres y hombres tiene otro hito fundamental en la intervención estatal sobre la vida sexual. El sexo, especialmente el heterosexual es hoy perseguido con saña por las instituciones, el uso del término heteropatriarcal es un ejemplo de la acometida contra la pulsión venérea que se dirige al sexo contrario. El constreñimiento y represión del ímpetu libidinoso en lo que tiene de espontáneo, natural y autoconstruido es la esencia del nuevo orden erótico que aspira a deshacer completamente el sujeto hasta sus raíces rompiendo las últimas fronteras del alma humana para colonizar absolutamente a unos seres que no podrán volver a ser llamados, cabalmente, personas.
El sexo es el paradigma de la unidad esencial que en el ser humano tienen el sustrato biológico y el psíquico y espiritual. En esa experiencia confluyen, cuando no está desustanciada, la brama del cuerpo, el apetito genésico, la socialidad básica, la pasión y, en su forma más soberbia, los afectos y los sentimientos más puros de amor; una integralidad en la que las necesidades más físicas se arraigan orgánicamente en las más espirituales. Hoy la ubicuidad del poder ha llegado a todos los rincones del alma y a los impulsos más radicales de las personas, con ello se produce una rotura fundamental en el sujeto, que queda desgarrado y dividido, es decir, deshumanizado.
El feminismo ha sido el vehículo privilegiado para imponer el nuevo orden sexual, fiscalizando de forma permanente la vida erótica de las mujeres y, a través de ello, la de los hombres, impidiendo la libertad sexual básica que implica que tal quehacer humano permanezca en el espacio de la vida no regulado, salvo por los principios más elementales de la voluntariedad, es decir la ausencia de coacción y de mercantilización. Así, el sexo libre está en trance de desaparecer, lo hará para reaparecer en forma de mercancía, es decir, vinculado a la prostitución y el mercadeo de objetos y utensilios para el placer solitario.
La unión carnal entre mujeres y hombres es aún más atropellada cuando se dirige a la reproducción. La libertad reproductiva de la mujer (y del hombre, por lógica) no existe en el presente. La maternidad ha sido, de facto, prohibida y sólo en condiciones precarias y conflictivas accede la mujer a este proyecto vital. De todos los lazos interhumanos el vínculo más complejo, profundo, humanizador, sublime y trascendente es el genésico, hay pocos actos más integrales y que anuden con más potencia la plenitud de lo humano.
La limitación a la reproducción se impone hoy como ideología dominante, vertida desde todos los medios ilegítimos destinados a la ingeniería psíquica. El bombardeo mediático liquida, en un número creciente de mujeres, la libertad para decidir en esta cuestión decisiva. Más allá de las ideas, actúa la represión directa de la que se encargan principalmente las empresas y los funcionarios del Estado del bienestar, que controlan y vigilan la observancia de la norma. A esa destrucción colaboran, de manera decisiva, la pobreza afectiva de la sociedad actual, el desencuentro entre las mujeres y los hombres, que se temen o se ignoran, la represión estatal de las relaciones amorosas intersexuales (por la ley positiva en el caso de la LOVG), la ausencia de la infancia que ha sido recluida en espacios ajenos a lo común y por lo tanto apartada del entorno integrado de la comunidad, la presión económica sobre los sujetos (una vez que el dinero ha tomado una posición central en la vida es usado para dirigir a la sociedad en función de los proyectos de quienes lo controlan) y la coacción de los grupos organizados de influencia, como el feminismo.
La génesis, la gestación y la crianza representan la fusión más perfecta de todas las dimensiones humanas. El carácter personal de esta función es incuestionable, en primer lugar por su singularidad biológica, al ser exaltadamente corpórea a la par que espiritual e incluso mística, pues funde, de forma real y material, dos seres humanos distintos en otro nuevo plenamente único y original, acto que, vivido con conciencia, es absolutamente humanizador y creativo. Además, en la labor educadora, el sujeto se autoconstruye y mejora sustancialmente, de modo que el crecimiento de la personalidad y la arquitectura de la propia identidad avanzan. Ayudar a crecer y auto-crearse a una persona es una labor que nos pone en contacto con nuestro ser más profundo y nos invita al auto-conocimiento.
En la dimensión social aporta el vínculo más sublime que puede vivirse, la fusión personal físico-psíquica más perfecta, es el paradigma en el que se inscriben todas las demás relaciones sociales, por eso la idea de fraternidad, de origen común, volcado hacia la vida social es el ideal más anhelado por el ser humano.
El ser histórico de la persona está también presente en esta experiencia que estructura el tiempo, lo hace presente como continuidad esencial entre generaciones, como proceso que enlaza el pasado, el presente y el futuro y como arraigo en la tradición viva de la comunidad, la historia tiene entonces, en palabras de Zubiri la labor de la “transmisión de sentido”, es decir, da significado a la vida, aúna la multiplicidad de la acción humana en el mundo.
La deconstrucción de la mujer integra su desmantelamiento como ser humano y la alienación de su singularidad sexuada, es decir, de su feminidad. Lo femenino es reescrito hoy como patética sombra de lo que fue, dándole la forma y substancia que al poder interesa.
Pero no es la mujer la única víctima de estas operaciones de demolición planificada del sujeto, paralelamente el varón es sometido a procesos muy similares en el resultado, aunque de diferente manera. En primer lugar se le somete a una maniobra de culpabilización, haciéndole responsable del desmoronamiento de la mujer[3], no de forma personal sino colectiva y, por lo tanto, estructuralmente determinada. El sentimiento de vergüenza por la masculinidad se hace patente en un número cada vez mayor de hombres, mientras en otros el conflicto interior degenera en un rebrote del machismo, la violencia, la degradación personal y la misoginia. El machismo, como detritus del patriarcado coexiste hoy con el sexismo feminista con el que compite y a la vez coopera en la destrucción de lo femenino y lo masculino auto-creado libremente.
El proceso iniciado llevará, si no se revierte, a que la masculinidad sólo exista en sus formas patológicas, como humillación de lo varonil y auto-negación o como machismo obsesivo, ambos modos son muy aprovechables para el sistema de dominación, pues degradan y destruyen al hombre como ser humano y como varón.
Lo que subyace en esto es la realidad de una catástrofe histórica. La deshumanización en curso, cuyo proceso tiene dimensiones más amplias y complejas que las aquí expuestas, que tan solo se refieren a las operaciones vinculadas a la política de sexos, está modificando radicalmente la sociedad como la hemos conocido en Occidente, una sociedad que estuvo históricamente bipartida entre el Estado como órgano del poder político de las elites y el pueblo que mantuvo siempre algún nivel de autonomía (mayor o menor según épocas), pero que limitó la capacidad de expansión del despotismo de las clases altas.
En la fenomenología de la deshumanización, la intervención sobre el mundo femenino es un factor fundamental, de ahí la rabiosa acción del poder para imponer el credo feminista, o al menos su programa, a toda la sociedad. El sometimiento, aún cuando es no activo, a la ortodoxia institucional es otro de los agentes de envilecimiento y degradación personal del sujeto. La resignación y la sumisión con que hoy se aceptan las formas más perversas de despotismo y dominación es parte sustancial de nuestra destrucción como seres humanos.
Sin la mujer ningún cambio revolucionario es pensable. Si la mujer desaparece de la brega por la regeneración de la sociedad, de la lucha contra la iniquidad y el despotismo este pervivirá durante milenios. Nuestra responsabilidad es grande y no debemos ignorarla.
Tomar conciencia de la trágica realidad en que vivimos ya es, por sí, un elemento de regeneración, porque el entendimiento y el juicio son formas señeras del quehacer humano, y su uso es factor esencial de la libertad más primaria. Comprender la realidad y comprendernos en el mismo proceso, es la tarea más apremiante para las mujeres, la más urgente e inexcusable, pues sin recuperar la conciencia como imagen auto-construida del mundo no podremos recuperar nuestra dignidad como personas.
El restablecimiento de la amalgama indivisible del ser personal en todas sus dimensiones, física, intelectiva, moral, convivencial, afectiva, volitiva, social e histórica, es el fundamento de cualquier revolución, un basamento que es anterior a la acción política, pero primario e indispensable porque constituye al sujeto capaz de engendrar en sí mismo ese proceso. Para la mujer significa auto-regenerarnos como seres humanos sin ninguna tara por razón de sexo, restituirnos como seres completos en nuestra singularidad sexuada, rehacernos sin la carga del complejo femenino, inculcado antaño por el machismo, y hoy por el feminismo dominante, es decir, plenas y soberanas.
Pensar que tal tarea puede hacerse despreocupada y cómodamente es un disparate, lo más básico, lo más primordial y elemental es lo más difícil de recuperar, la reconquista de nuestra humanidad como camino auténtico a la liberación, que no podrá ser liberación de la mujer sino de toda la sociedad, pues es ilusoria una emancipación que no contenga la totalidad de sujeto que se emancipa, que no se refiera a seres humanos completos e integrales también en su singularidad.
Tan importante como construir es olvidar, en cuanto a ello hemos de disponernos a abandonar la letanía de los derechos de la mujer (siempre otorgados por el poder); de la deuda histórica que la sociedad tiene con nosotras y que impone la discriminación positiva, es decir, el privilegio; renunciar a cuotas, ventajas, gracias y dispensas porque todo ello nos roba la soberanía sobre nosotras mismas, es decir, nos esclaviza y nos somete y, además, anula nuestra capacidad para ocupar un lugar en el mundo por nuestros propios méritos. Para crecer tenemos que aferrarnos a los deberes, elegir las tareas más difíciles, las más comprometidas, las más desinteresadas, como esforzado camino de regreso a la humanidad.
Tenemos, igualmente, que aceptar el sufrimiento y la angustia de transitar un itinerario lleno de conflictos, de incertidumbres y dificultades. Admitir el desasosiego que implica poner en cuestión las “verdades” fáciles por conocidas y otorgadas, para internarse en las ignaras regiones del conocimiento de realidades complejas, veladas por el poder y disminuidas por los saberes académicos y tolerar la desazón de situar nuestra propia persona como objeto de crítica y auto-transformación.
En esas tareas habremos de encontrar las grandes lecciones del heroísmo de las que habla Séneca, pues sin virtudes heroicas no podrá la mujer recuperar la excelencia de la propia humanidad. El heroísmo es hoy muy necesario, porque si la mujer no participa íntegramente en el combate por la emancipación la revolución será imposible.



[1] Estos procedimientos son parte del bagaje de la estrategia militar que hoy apunta a ampliar el escenario de la guerra a todos los ámbitos de la vida social, especialmente a la modificación de la conciencia del enemigo. Puede consultarse, para este tema, “Entender la guerra en el siglo XXI”, escrito por el oficial de la Armada Federico Aznar Fernández-Montesinos y prologado por Carme Chacón (Editorial Complutense 2011), efectivamente, comprender la guerra ayuda a comprender nuestra situación y nuestra vida que en realidad se desarrolla en un contexto de guerra abierta, asimétrica, del Estado contra un enemigo difuso y ya prácticamente vencido, el pueblo.

[2] Lo fue, en tiempos no tan lejanos, la radio, cuya programación se dirigía sobre todo a un público femenino y que tuvo una importancia decisiva en la destrucción el mundo rural en los años cincuenta y sesenta del siglo XX. Esto es una constatación de que la influencia de la mujer en las decisiones familiares fue considerable en el mundo tradicional, hecho conocido por las elites, que utilizaron la autoridad de las féminas en provecho propio. Así lo reconoce Cristina Borderías en “Historia Social” nº 17 aseverando que “muchas mujeres rurales eran las que iniciaban, diseñaban y apoyaban las estrategias migratorias propias y de otros miembros de la familia”. Hoy, son medios volcados en la feminidad, casi toda la novela y gran parte del cine. Pero el principal instrumento para la creación y difusión de la mentira política y la modificación ilegítima de la conciencia es, sin duda, la universidad en la que la presencia de la mujer ya es mayoritaria.

[3] Estas operaciones de ingeniería social no son nuevas. Al final de la II Guerra Mundial se ensayó con gran éxito contra el pueblo alemán. Con el apoyo de intelectuales pagados por las grandes grupos empresariales americanos como T. Adorno, se intervino masivamente sobre la conciencia de las clases preteridas alemanas culpándolas del nazismo, acusando a la tradición y a toda la cultura popular de ser nazi y culpable del genocidio, los procesos de vergüenza colectiva prepararon el terreno para la transformación más radical de la sociedad que, vaciada de su propia tradición no sólo fue ocupada militarmente sino aniquilada en su identidad e historicidad.